Por Cristiana Zanetto
Para LA GACETA - MILAN

Los nervios ceden definitivamente. Es la mañana del 25 de abril de 1911. Salgari sale de su casa. Deja sobre la mesa tres cartas. Tiene 49 años y lleva en el bolsillo una filosa navaja.
Las cartas están dirigidas a sus hijos (dos de ellos, después, se suicidarán, como lo había hecho el padre de Salgari), a los directores de periódicos y a sus editores.
A sus hijos, Omar, Nadir, Romero y Fátima escribe: "Soy un fracasado. No les dejo más que 150 liras". Les avisa también en donde encontrarán su cuerpo: en un zanjón del bosque Madonna del Pilone, en Turín. Lo hallará, sin embargo, una lavandera. Salgari tiene la garganta y el vientre abiertos. Su mano todavía aferra la navaja. Se suicidó como podría haberlo hecho uno de sus personajes: haciéndose un harakiri, con los ojos dirigidos al sol que se estaba alzando.
A su amigo, el pintor Gamba, escribe: "Esta profesión debería provocar satisfacciones morales y materiales. Yo, en cambio, estoy crucificado en mi escritorio por muchas horas. Tengo que escribir a todo vapor páginas y páginas y rápidamente enviárselas a mis editores sin tener tiempo para releerlas y corregirlas". En efecto, los contratos firmados lo obligaban a terminar tres libros al año. Para mantener este ritmo estaba obligado, al menos, a escribir tres páginas por día.

Un navegante anclado

Escribía sin descanso fumaba y bebía un vino siciliano por excelencia: el Marsala. Fue, entre el humo de mil cigarrillos y encerrado en su pieza, donde nacieron las historias fantásticas de Salgari, uno de los precursores de la ciencia ficción italiana. Y pensar que, de aquella pequeña casa, jamás había salido para viajar. Estudió en el Instituto Técnico y Náutico "Paolo Sarpi", en Venecia, pero nunca llegó a ser Capitán de Marina como deseaba, aunque durante toda su vida dijo que poseía este título. El único mar que vio fue el que lame las costas del Adriático y sólo por tres meses, cuando navegó a bordo del barco Italia Una.
Su primer trabajo editado fue el relato Los salvajes de la Papúa. A los 15 años, había ya publicado, en fascículos, su primera novela, La favorita del Mahdi. En 1833 logró un gran éxito con Los tigres de la Malasia. Sin embargo, ganó poquísimo dinero.
La popularidad de sus héroes se afianza, además, por la gran difusión de escritos apócrifos: más de un centenar que, editores sin escrúpulos, le atribuían. Es verdad que, a veces, el mismo Salgari publicaba usando seudónimos debido a la necesidad de eludir la cláusula contractual que lo ligaba con exclusividad al editor Donath.
La literatura de Salgari fue muy novedosa. No se sabe si él fue consciente de eso pero se puede afirmar con certeza que fue uno de los pocos escritores de aventuras que colocó a mujeres como protagonistas de sus obras y creó grandes personajes marginales del "tercer mundo", quienes luchaban contra el poder colonialista de entonces. Es, quizás, este último aspecto el que llevó al español Paco Ignacio Taibo II a escribir la continuación del libro más famoso del narrador veronés: Los tigres de la Malasia.
En su último mensaje escribe a sus editores: "A ustedes, que se han enriquecido a costa mía manteniendo a mi familia y a mí en una continua miseria les pido, en pago de las ganancias que les he dado, que se ocupen de mi funeral. Me despido rompiendo la lapicera. Emilio Salgari".
© LA GACETA

Cristiana Zanetto -
Periodista de medios gráficos y televisivos italianos.