El piano lo desafía con una invitación: "tocame". Samuel Cabanchik (Ciudad de Buenos Aires, 1958) acaricia la tapa y en seguida deposita las manos sobre el teclado. Las primeras notas tienen un pretexto: evaluar cuán afinado está el instrumento musical que decora la recepción del Hotel Metropol. Las que siguen expresan el goce de una partitura retenida en un rincón privilegiado de la memoria. Son cinco minutos de corcheas y semifusas que abren una grieta de ficción en la realidad, el estado de cosas que el senador nacional Cabanchik se propone cambiar mediante la política.
El pianista ausente del mundo controvierte el estereotipo de parlamentario con agenda corta y mucho apuro. Él actúa como si estuviese solo; su rostro expresa la plenitud del disfrute hallado imprevistamente. LA GACETA lo observa con curiosidad y lo deja seguir hasta que no queda más remedio que interrumpir el concierto para hacer la entrevista. El filósofo, docente universitario e investigador -agente activo de la intelectualidad porteña- cierra el piano y se encamina al sofá. Dispuesto a compartir los hilos de la cavilación que ha tejido durante cuatro años de frecuentar la Cámara Alta, Cabanchik aborda un temario de incuestionable actualidad: la disyuntiva entre la vida académica y la política, la crisis de la oposición, la precariedad de la convivencia social, el kirchnerismo atenazado por el sindicalismo de Hugo Moyano y el autoritarismo ínsito en la iniciativa de impedir que Mario Vargas Llosa diserte en la apertura de la Feria del Libro.
"Somos un pueblo históricamente dócil con el poder", revela el senador y discípulo del maestro Coriolano Fernández, que viajó a Tucumán para asistir al acto de defensa de tesis de Santiago Garmendia, a quien dirigió en sus estudios sobre el pensamiento del primer Ludwig J. J. Wittgenstein. Con sus bemoles, la hora de conversación discurre apacible y velozmente: el legislador de Proyecto Buenos Aires Federal (y ex aliado de Elisa Carrió) se expresa con sencillez y sentido común, devuelve interrogantes y piensa antes de responder. El recreo en el piano le ha sentado estupendamente. Cabanchik razona como si acabase de comer la manzana newtoniana.
-Siempre y en todo lugar se ha discutido sobre si la academia y la política son ámbitos compatibles...
-Es un tema complejo. Hay tensión entre la vida contemplativa y la acción sobre la realidad. La primera es muy propia de ciertas disciplinas humanísticas como la Filosofía, que se precia de una actitud crítica. El intelectual hace honor a aquel chiste de Groucho Marx, que dijo que no podía ser miembro del club que lo tenga como miembro. Es una paradoja. Woody Allen la planteó en otro contexto y formuló la dificultad de ser miembro de la pareja de uno. Siempre hay una tensión entre estar completamente adentro o estar completamente afuera. Lo mismo pasa con el intelectual y colectivos como un partido político y una institución. El pensador se introduce en esos ambientes pero su identidad e independencia de criterio lo llevan, en general, a ser díscolo, a practicar una discrepancia que lo aleja del club. Es decir, le cuesta alinearse plenamente. Es un debate permanente desde el postmarxismo: el intelectual que tiene un compromiso activo se pregunta "¿hasta dónde debo ser orgánico y hasta dónde debo ser crítico?".
-¿A cuál de esos dos campos pertenece usted?
-Soy más bien crítico que orgánico. O sea, tengo dificultades para participar en las instituciones.
-¿Horacio González, el director de la Biblioteca Nacional que se opuso a que Vargas Llosa dé una conferencia en la Feria del Libro, ejemplifica la condición opuesta?
-Respeto a González, pero en este caso se equivocó de cabo a rabo. ¿Cómo alguien con su riqueza intelectual puede aconsejar que no inviten a un excelente escritor de la importancia de Vargas Llosa? Pero, con independencia del juicio estético, ¿cómo se puede pedir que alguien no hable porque tiene ideas políticas distintas? Es ridículo. Hay una cultura de desprecio al que no piensa como uno que dificulta la convivencia democrática.
-Usted tenía poca militancia partidaria cuando llegó al Senado. ¿Se sorprendió de la política?
-Me sorprendí... podría decir que me decepcioné de lo difícil que es adecuar la eficacia de la política real con los ideales de la política. Entre ambas existe una distancia enorme. En los ideales de la política están las iniciativas igualitarias, justas y reparadoras; el crecimiento; el trabajo y un supuesto aplacamiento de los intereses individuales en beneficio de la comunidad. Todo ese ideario es casi imposible o muy difícil de llevar adelante. En el día a día uno se encuentra con la hipótesis contraria, con una política donde abunda el narcisismo, el personalismo, la mezquindad, el egoísmo y la mediocridad. Con eso hay que hacer el bien común. No digo, sin embargo, que todo el mundo sea así...
-¿Hay pocas excepciones?
-Así es. El problema de la Argentina es que a la política le cuesta alcanzar fuerza propia y que, en cambio, existe una política de la fuerza. Tuvimos dictaduras cuyas fuerzas fueron las botas: de manera muy primitiva, mandaba el que tenía las armas. Después, en democracia, evolucionamos hacia la fuerza de los votos. Pero si estos, con la ayuda del dinero, se convierten en una estructura no política donde no importa jugar bien sino ganar, aunque sea con un gol con la mano, entonces seguimos en un esquema donde es la fuerza la que hace la política.
-Hugo Moyano, el líder de la CGT, parece encajar en ese modelo que usted describe.
-¡Los camiones son tan primitivos como las botas! Moyano influye sobre el Gobierno porque puede cortar la calle y el suministro de bienes esenciales o porque puede bloquear la distribución de un medio de comunicación impreso. En esos hechos, la fuerza sustituye a la política. (Carl von) Clausewitz decía que la política es la continuación de la guerra por otros medios: acá es más o menos lo mismo.
-¿Cuál es la versión superadora de este estado de belicosidad?
-Hay que ser realistas. Si uno hace política en Argentina, debe contar con ese código social mayoritario. No llegaré lejos si quiero hacer política condenando desde una tribuna moralista la corrupción de todo el mundo o el primitivismo de la fuerza. Uno debe tomar parte de la realidad que intenta gobernar. En segundo lugar hay que poner la inteligencia y el contenido intelectual al servicio de un bien superador. Muchas veces el que está inmerso en la política de la fuerza no ha transitado otro camino porque no lo ha encontrado, porque nunca se le ocurrió. Puede haber un punto de convergencia entre un rumbo más ilustrado y otro más inmediato y cortoplacista. El momento alfonsinista de 1983 tuvo algo de aquello, pero se perdió. Cristina Fernández es una figura muy política, tiene discurso y argumento, pero es realista en relación con la fuerza. Hay que ver si, viniendo de allí, estando en ese lugar, tiene posibilidades de ser otra cosa.
-Usted es un actor emergente de la Coalición Cívica. ¿Qué le pasó a ese frente entre 2007 y el presente?
-Ha fracasado, lamentablemente. Las conductas temerosas y especulativas de los principales actores en beneficio propio hacen imposible la construcción política. Carrió llegó a hablar mal de todos sus socios naturales y a elogiar a sus adversarios. ¿Cómo se comprende esa lógica de que es más fácil congeniar con el que está en la vereda del frente que con el que está en tu misma cuadra? Es un razonamiento patológico.
-La oposición se frustra a sí misma la posibilidad de controlar al oficialismo.
-El problema argentino es el poder. Es la demanda de la mayor parte de nuestra sociedad. Hay una franja que pide otra cosa, pero es minoritaria y hay que ver hasta dónde es capaz de jugarse por un modelo alternativo. Estamos en un mal círculo que creo que debe cortarse a partir de transiciones lentas. Una manera es que quien esté legitimado en un campo, logre pasarse al otro. Tal vez un presidente con gran poder acumulado pueda transformar la política en una cuestión más vinculada a la administración de los recursos. Yo siento que hay una sensación de mayor previsibilidad con Fernández de Kirchner sin su marido que con él.
-Pero siguen pasando cosas ininteligibles, como la alianza del kirchnerismo con Saadi en Catamarca o con Menem en La Rioja.
-No me cabe duda de que el pacto entre Carlos Menem y Luis Beder Herrera responde a la necesidad de mantener los fueros legislativos. Hay que pensar si no cabe tratar al ex presidente de la misma forma que Diputados trató a (Luis) Patti. Lo mejor sería impedir que se presente, para evitar que, una vez electo, invoque la doctrina de los derechos adquiridos. Patti los tenía, pero la Cámara se negó a tomarle juramento. Menem, sin embargo, tiene la protección del kirchnerismo porque, sino, no iría en la lista oficial. Además, de 2009 para acá ha sido funcional al Gobierno en el Senado. Una sola vez votó en contra del oficialismo, cuando se debatió la conformación de las comisiones. Y, aún así, hizo cosas raras: se escondió, demoró las cosas, esquivó las definiciones. Después de eso, si el kirchnerismo lo necesitó, lo tuvo.
-¿Aceptaría sumarse al proyecto oficialista?
-Yo no soy anti Kirchner. Tengo disensos, deseo que la política sea más abierta, argumental y dialogada. Que haya aceptación de las críticas, que el oficialismo tenga contacto con la oposición y que no se vean recíprocamente como enemigos. Trato de ser un político prudente con la institucionalidad presidencial. Si yo veo que hay una especie de reacción desmedida del moyanismo que amenaza a la presidencia, si veo que existe una opinión pública bastante intolerante y, sobre todo, si veo que no hay una construcción de gobernabilidad homogénea bien constituida dentro del no oficialismo, haré lo necesario para cuidar lo que hay, porque no sé qué es lo otro.
-Aún cuando el precio a pagar sea la acusación de tibieza. Ya sabe: el término medio está en crisis.
-Mire, esa percepción es un estímulo doble para tratar de encontrar el punto de equilibrio. Porque si nuestro diagnóstico es que el problema de la Argentina consiste, justamente, en la identificación absoluta de la política con el poder, un entendimiento que implica eliminar al adversario o engullirlo, y si nosotros pensamos que ese diagnóstico nos muestra nuestro mal, ¿debemos adoptar esa lógica? ¿Debo ser un soldado oficialista o un soldado opositor? ¿O debo ejercer crítica y responsablemente mi función?
-En 2001 se hablaba mucho de cambiar la política. ¿En qué quedó ese impulso?
-Fue una oportunidad perdida. Había un "que se vayan todos" que no quería decir nada. Era necesario convertir ese eslogan en una acción productiva. Pero no dio para tanto. No se puede esperar de la ciudadanía que sea revolucionaria todo el tiempo. ¿Qué es lo que hay? Más bien, lo opuesto. Somos un pueblo históricamente dócil con el poder. Recordemos a Martín Fierro y su "hacete amigo del juez", a "Cambalache" y "el que no llora no mama y el que no mama es un gil". Necesitamos reforma cultural y educativa para que la política mejore un poco. Hoy tenemos un panorama muy débil tanto en el oficialismo como en la oposición. En el primer caso, todavía no hay candidato porque la presidenta no lo dijo explícitamente y porque, además, sólo está ella. Es una bala de plata. No hay recambio. Además, si es reelegida como dicen las encuestas, a partir del 11 de diciembre, ¿qué pasará? Si ya ocurre el fenómeno del "pato rengo" en Estados Unidos, donde a nadie se le ocurre lanzar un "Obama eterno", imagínese aquí. La lucha por la sucesión será tremenda.