La asunción de las autoridades del PJ fue sólo una excusa; la reunión se convocó al solo efecto de amonestar. Se organizó a las apuradas después de la balacera entre punteros de la capital, prueba de ello es que no se llegaron a entregar todos los telegramas de citación. Había que decir basta, sacar tarjetas "amarillas", y ese rol le cupo a la presidenta del PJ, la senadora Beatriz Rojkés quien recalcó para que entiendan: "somos una gran familia". E invitó a que las aguas se calmen y se piense en el día después de los comicios, deslizando que el Gobierno no dejará desprotegidos a los que pierdan. Todo un mensaje. Sin embargo, para los peronistas las amarillas son inocuas, ellos son incorregibles, como sentenció un notable de las letras. Los muchachos del PJ sólo entienden de tarjetas rojas, y cuando se embarra la cancha, y mientras ese color no aparezca en el horizonte, nada los detendrá, ni siquiera un discurso.

Los justicialistas de militancia e ideología, o sea con años en sus espaldas, saben que todo lo que daña puertas afuera se arregla puertas adentro. Allí, a los gritos, a las trompadas y con amenazas en la mesa se liman las asperezas. Claro que para eso hace falta un jefe indiscutible, cuyo pulgar tenga fuerza por sí mismo. Y ya no hay perones en el PJ. Por lo menos eso se desprende del caso omiso que hacen algunos a la "bajada de línea". De hecho, ayer, los principales destinatarios de la reprimenda pública, Armando Cortalezzi y Gerónimo Vargas Aignasse, se mantuvieron en sus trece.

En medio, hay un dato para tener en cuenta: el legislador integra el acople que se conoce como "el favorito" de Alperovich y el diputado nacional está más cerca de la primera dama por el trabajo político que desarrollan en la Cámara Baja. Ergo, la disputa -balas de por medio- no sólo perjudica al PJ -como lo apuntó Rojkés-, sino que las esquirlas dañan más arriba, porque ambos adversarios se mueven a la sombra de espacios de poder distintos; y sin tarjetas rojas a la vista.

¿Quién tiene que hacer de Castrilli en el PJ? La respuesta cae de madura, pero antes cabe una pequeña disquisición sobre los "grupos de choque" en el PJ. Existen y son necesarios. Pero, ¿qué hacen y para qué sirven? Respuesta: para vivar al dirigente, para defenderlo cuando lo acusan, para las pintadas callejeras, para acompañarlo a los mitines y gritar consignas favorables y para protegerlo de eventuales ataques externos. Pero nunca llegan a los tiros, según una máxima no escrita en las filas peronistas, porque eso ya es de mafiosos. Mafia y política son actividades que a veces andan de la mano, aunque lo hacen en las sombras, porque no es bueno para los que se benefician que sus efectos salgan a la luz. Afectan a la democracia, siembran dudas sobre las instituciones y, sobre todo, con cada bala, matan de a poco al sistema. Es una "comunidad organizada" que se arma sobre la falta de valores, carente de principios y sostenida en las ambiciones personales, sin fines de filantropía. Las actitudes mafiosas constituyen el límite de los grupos de choque.

En el círculo áulico de la Casa de Gobierno se habló de la balacera como un incidente "entre grupos de ladrones" y no de una pelea por los votos. Ahora bien, la tarjeta roja está en los bolsillos del gobernador, José Alperovich, que celebró con aplausos el discurso de su esposa en el PJ. ¿La sacará? Ha dicho que llamará con los que regalan excusas para que la oposición hable de patoteros y de matones a pocos meses de los comicios. Es decir, resolvería -o trataría de dar un corte al conflicto- puertas adentro, como aconseja el viejo manual peronista que deben arreglarse las disputas internas: entre cuatro paredes, a los gritos si es necesario, y con algo más que amarillas en la mesa. Luego dirán que no están peleando sino reproduciéndose.

Sólo Alperovich podría ponerle coto, aunque ayer, después de hablar en contra de las agresiones, a sus espaldas, simpatizantes de dos concejales capitalinos se pelearon por "cuestiones geográficas y de escenografía". Es evidente que si no saca la roja, el desmadre está a la vuelta de la esquina. El sistema de acople hoy está mostrando sus peores contraindicaciones.

Sin embargo, Alperovich, aprovechando la hora, podría hacer aún más si quisiera. En sus manos está mejorar la calidad institucional, y una manera de apuntalarla es separando -o por lo menos tratando- la actividad política de lo mafioso. Le haría inmenso favor al sistema. ¿Está en condiciones de hacerlo?, ¿puede y quiere desacoplar a los que ensombrecen la gestión? La respuesta la tiene sólo él, porque no se puede esperar -por ejemplo- que sea la junta de disciplina del Partido Justicialista la que llame a la orden a los que afectan al movimiento, más aun cuando la encabeza el padre de uno de los socios políticos del acople que integra Cortalezzi: el ministro Jorge Gassenbauer.