La humanidad ha sido testigo de tres revoluciones que cambiaron su destino para siempre. La revolución neolítica (aparición de la agricultura, la vida sedentaria y la comunidad), la industrial (madre de clases sociales, de un cambio de costumbres sin precedentes y de una nueva organización del trabajo y la renta). Nos toca ser testigos de la tercera revolución: la tecnológica, cuya huella es imborrable para la humanidad. La política no es ajena a esta revolución. Dan cuenta de ello la primacía del candidato sobre el partido, la proliferación de frentes electorales, el crecimiento del poder de la sociedad civil a través de las redes sociales y el rol clave de la opinión pública.

En cuanto a gobierno hay cambios a nivel global en la planificación de gobierno, la gestión por resultados y la reingeniería del estado. Las campañas políticas no pueden estar ajenas a estos cambios. A través de las redes sociales las propuestas pueden darse a conocer en detalle y permitir al ciudadano interactuar con los candidatos, facilitando cumplir con el deber y derecho cívico de informarnos, achicando distancias y haciendo así mas participativo el proceso democrático. El uso de la tecnología supone una mayor austeridad en el gasto, algo necesario, largamente reclamado y que la mayoría de los partidos desoye. La austeridad es un deber político en cuanto referentes sociales, y la tecnología ofrece posibilidades inéditas de cumplir con ese deber.

En cuanto al espacio público, las redes permiten menos utilización de espacios públicos no autorizados, mayor duración en las obras de mantenimiento, y sobre un entorno mas cálido y amigable. Vaya un dato final, casi el 34% de los próximos votantes son nativos digitales, nacidos en la década del 80. La tecnología se puede lograr atraerlos e interesarlos en la política, hablar su lenguaje para abrir nuevos caminos de militancia y participación. La democracia lo necesita.