¿Qué les pasará? ¿Les habrán comido la lengua los ratones? Para casi todo el mundo es algo automático decir "hola, qué tal, buen día", al llegar a cualquier lugar; "gracias, muy amable", al recibir lo que fuere de parte de otra persona. Pero no: a la inmensa mayoría de los usuarios de ómnibus parece habérsele olvidado esta regla de cortesía.
"¿Podés creer? Por día debemos recibir unas 500 personas y si una sola te saluda como corresponde, agradecé". Los compañeros de Roque Nieto lo miran de reojo. "¡Eh!, tampoco exageremos tanto", exclaman a coro, y rápidamente se enganchan en la charla con LA GACETA. "Pero es verdad, casi nadie nos saluda ni nos da las gracias. Hay mucha gente que no nos quiere", agrega Juan (no quiere dar a conocer su apellido), quien trabaja en una línea que recorre Banda del Río Salí, capital y Yerba Buena.
Hace 24 años que Nieto se dedica al transporte público de pasajeros y asegura que el suyo "es un trabajo de locos". Durante seis horas y media, y hasta siete u ocho, dependiendo de la empresa a la que pertenezcan, deben estar atentos al tráfico infernal, a cortar boletos, dar vueltos y, con bastante frecuencia, recibir los insultos de la gente.
"Uno de los motivos por los que más se enoja la gente es cuando paramos lejos de la vereda; seguro suben insultándonos. Pero parece que no se dan cuenta de que si lo hacemos es porque los autos, sobre todo los taxis, se estacionan en las paradas y nadie les dice nada. Y si no, andá y fijate lo que pasa en la Córdoba, en la puerta del súper", se justifica Nieto, y afirma que este es uno de los motivos por los que los usuarios no los quieren y suben mal predispuestos al ómnibus. De todos modos, el chofer es pura sonrisa y, al parecer, no se hace mala sangre.
"Lo que pasa es que si uno no se lo toma con soda termina mal. Muchos de nuestros compañeros acaban con ACV, o con diabetes nerviosa, por ejemplo, y la mayoría se termina retirando antes de la edad de jubilarse por los problemas nerviosos", apunta otro de los colectiveros.
"Pero la gente también opina que ustedes tienen cierta... mala predisposición también, y que tampoco saludan con cordialidad", desliza el cronista. "Es que los mismos pasajeros te hacen así. Te piden cosas que no podés hacer, como que los bajes o que los subas donde no hay parada, y se enojan cuando les decís que no", recalca Juan, quien está al volante del ómnibus hace unos seis años.
Otro de los temas que desata batallas campales arriba del colectivo es el tema del vuelto. "Las moneditas... sueño con las moneditas", dice Santiago, otro de los conductores que charló con LA GACETA. "En la línea tenemos boletos de $2, $2,20, $2,50 y $2,60. ¿Cómo hacés?, te volvés loco y la gente se enoja cuando no tenés las monedas. Lo peor de todo es que a veces tienen un quiosco o un vendedor de cospeles a dos metros de la parada y lo mismo suben, a veces con billetes de hasta $20 o $50", reniega.
Por supuesto que las generalizaciones nunca son justas y los choferes quisieron destacarlo. "No sé de qué dependerá, pero tiene que ver mucho con el recorrido que haga el servicio. La gente que sube al 102, por ejemplo, no es la misma que la que sube al 4 o al 130. Hay gente mucho más educada y que también colabora con el chofer, pagando justo o bajando por la puerta de atrás, por ejemplo, que parece una cosa menor y en realidad nos hace perder muchísimo tiempo", remarcó uno de los conductores.
La charla con el cronista dura más de una hora. En el galpón, todos los compañeros tienen un apodo (el "rompehogares", el que tiene una novia en cada barrio o los "importados", que son varios). El partido de fútbol que habían jugado hace pocos días en el club del gremio era el tema de conversación... y era cosa seria. Juan y Nieto ya tenían todo listo: el bolso, el agua, el peinado hacia atrás y los rollos de boletos cuando les llegó el turno. De buen ánimo se despidieron de sus compañeros. Con la cara ya seria, acomodaron el asiento y se largaron a la calle.