Teresa del Valle Jerez tiene 69 años y los huesos frágiles. Pero también una voluntad de hierro. Hace casi dos décadas, cuando quedó viuda, abandonó Buenos Aires y se instaló con sus hijas en Villa Mariano Moreno. Allí, comenzó a trabajar como modista, vio nacer a sus nietos y consolidó su vida.
Ya no trabaja. "Me lo impiden las cataratas y las manos -dice, mostrando cómo le tiembla el pulso-. Pero mis hijas hacen sábanas y yo les doy consejos todo el tiempo".
Eso sí: ni los achaques de los años la detienen. Por eso, el jueves se levantó al alba para bañarse y alistarse. "Tenía que ir a cobrar mi jubilación en un banco del centro. Una de mis hijas me iba a acompañar y debía pasar por mi casa. Como no daba señales de vida, me preocupé y decidí ir a buscarla", cuenta doña Teresa.
Hacía calor, dice. Tenía un pantalón blanco, una remera clara a rayas y, por si acaso refrescaba, un saquito de hilo azul. Bajo el brazo, en la cartera, llevaba el DNI, un carnet del PAMI, un par de billetes, un perfume y sus medicamentos.
Le habían advertido que no debía caminar sola por la calle. Tiene cataratas, tres bypass y sobrevive con el 40% de sus riñones. "Estoy esperando un marcapasos, porque tengo problemas cardíacos", aclara. Pero ella estaba intranquila por su hija y, dice, nunca le gustó quedarse quieta.
Salió a las 9.30 de su casa, que está en la esquina de calles 16 y 39. Caminó dos cuadras hasta una parada de colectivo, pero se dio cuenta de que otra línea la dejaba más cerca de donde vive su hija. "Me fui hasta la 33 y 16. Iba despacito, orando, porque una anda con miedo. Este barrio ya parece el Lejano Oeste; antes no era así, pero se puso tan feo... Quizás si no hubiese ido rezando no estaría contándole esto", dice doña Teresa. Ahora, mientras relata lo que vivió, tiene un increíble hematoma en la cara y una venda que le cubre la frente.
Como en una película
Doña Teresa llegó a la parada del 101. Como no alcanzaba a ver si el ómnibus traía un cartel celeste ("ese era el que me llevaba"), se bajó de la vereda y trató de agudizar la vista. Lo demás lo recuerda como si hubiese visto una película.
"Sentí un ruido muy fuerte detrás mío, y era una moto que estaba acelerando. Traté de darme vuelta, pero sentí un golpe espantoso atrás. No sé si me habrán pegado una patada o si me habrán golpeado con el manubrio, pero la cosa es que me arrancaron la cartera y me arrastraron por lo menos dos metros", narra.
Se acuerda de que la motocicleta era de color azul o celeste, de que iban dos muchachos a bordo y de nada más. "Me quedé como desconectada. No sé cuánto tiempo habré estado así, pero escuché que una vecina decía: ?doña Teresita, ¿es usted??, y la mente me hizo clack. Eso me hizo volver a este mundo".
Sentía que la cabeza se le iba a partir del dolor. La ayudaron a levantarse y vio que su ropa había quedado teñida de rojo. "Estaba bañada de barro y sangre", dice.
Su vecina corrió hasta la casa de doña Teresa y buscó a sus familiares. Y dos motoristas que pasaban por allí pidieron una ambulancia de urgencia. "Yo veo que la Policía se esfuerza, que se patrulla. Tengo dos sobrinos que trabajan ahí y sé lo que significa. Pero no alcanza con esos deseos para que la cosa cambie", razona la mujer.
Mientras la llevaban al Hospital Padilla, sus vecinos encontraron la pequeña cartera a pocas cuadras de allí. Estaba vacía, y las cosas de doña Teresa habían quedado desperdigadas por el camino. Los delincuentes, al final, no se llevaron nada. "Es que yo salgo con lo mínimo e indispensable", dice la mujer.
Le dieron el alta a las 19 del jueves. "Pero fue porque yo pedí volver a mi casa. En el hospital una ve tanta gente herida y tantos chocados que se termina afligiendo", comenta.
Pero todavía no está bien. "Me tienen que hacer una tomografía y me falta consultar con el oftalmólogo. Me iba a operar de la vista por las cataratas, pero ahora con semejante golpe ya no sé qué dirá el cardiólogo. Además, tengo todo lastimado: las rodillas, las manos, la cabeza..."
"Gracias al Señor"
Ya no quiere salir sola a la calle. Sabe que, si le ocurre algo parecido, quizás no tenga suerte. "Pienso que esos muchachos directamente fueron a matarme. Estoy viva gracias al Señor. Si estando en mi casa una vez me caí y me fracturé la cadera, con semejante porrazo que me dieron no sé cómo estoy viva. Ni siquiera se detuvieron a ver si había muerto", dice doña Teresa.
Así, al final, los arrebatadores consiguieron quebrar su voluntad de hierro.