Por Facundo Pereyra
Para LA GACETA - Tucumán
La palabra escrita entra en otra dimensión al ser enunciada, cambia su orientación, se enriquece o se diluye, según el caso. Cuando la emisión está acompañada por una melodía, vuelve a viajar por desconocidos senderos. Así, la canción conjuga sonido y sentido. Se convierte en otra entidad, surgida del acuerdo explícito entre las dos partes, dándole forma a lo que para muchos configura un género en sí mismo.
"No siempre lo cantado es poético y no siempre lo poético es cantado o cantable", señala el poeta tucumano Pablo Dumit, que suele trabajar con músicos en la composición de canciones y tiene varios poemas musicalizados por otros. La canción, en muchos casos, busca más la efectividad que la poética, y ahí está Andrés Calamaro para confirmarlo. "Se que nada es absoluto y me lo demostraron algunos músicos que compusieron sobre poemas de verso libre... Lo importante siempre fue la sustancia poética que quería cantarse de cada obra elegida", argumenta Dumit.
La música es libertad, juegos, diversión y sentimientos, dice Lisandro Aristimuño, uno de los estandartes de la nueva generación de cantautores. Siguiendo esa línea argumental, parece innecesaria la discusión sobre la condición de género o no de la canción. Son elementos indivisibles, un lenguaje en sí mismo que puede hasta prescindir de una de las partes. Bob Dylan o Leonard Cohen pueden argumentar a favor de esta tesis y demostrar que también es posible leer la letra de una canción sobre el papel y sentir satisfacción.
Más cerca, Luis Alberto Spinetta o Javier Martínez asumieron hace cuatro décadas el desafío de medirse con el alto vuelo del tango como tutor histórico. Para ello tuvieron que sortear o convertir las estrictas métricas y cadencias musicales, trauma que la poesía dejó de tener en el modernismo.
El momento histórico y el contexto son también elementos a tener en cuenta. No es casual que el tango, tan "under" en sus inicios, haya tenido que esperar al menos un traspaso generacional para ser reconocido como música, y un poco más para tener certificado de calidad literaria, algo que hoy parece absurdo de plantear. O como en el caso del rock, en el que la poesía sirvió para denunciar sin exponerse. Fue la alegoría lo que salvó a canciones como "Como la cigarra" (María Elena Walsh), "Tema de los mosquitos" (León Gieco) y especialmente "Canción de Alicia en el país" (Charly García) de los censores, y a sus autores de finales trágicos, aunque varios hayan tenido que exiliarse.
Mucho tiene que ver, además del entorno social, político o económico, el avance de la industria del entretenimiento, que en los últimos años se encargó de definir gustos y tendencias según sus propios criterios, generalmente sin tener en cuenta el aspecto artístico del producto ofrecido. El rock argentino puede dar fe de esta debacle de estilo (sonoro y poético), que se contrapuso a su pico de masividad.
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Facundo Pereyra - Periodista de LA GACETA