Bebidas de las mejores y ninguna cosa extraña.- El camarín de Sabina, alfombrado y con un enorme espejo sobre la pared, no tuvo ninguna excentricidad: tabla de fiambres y quesos, agua, ginebra Llave (es la más seca) y un Johnnie Walker añejado (de $ 1.000). Un chef, además, le preparó una tortilla de papas y brochettes.

Un gran despliegue de vestuario.- Sólo el característico bombín permaneció siempre en el vestuario de Sabina. Se cambió de camisa, de remera y saco cuatro veces. Terminó y empezó con el frac de cola.

El extraño vientista que usa un casco de aviador.- Josemi Sagaste, el vientista, tuvo su propio show. Con bufanda blanca y casquete de aviador del siglo XIX, acompañó una performance perfecta con el saxo, el clarinete o la flauta, según el tema que sonaba.

Todos músicos multifunción.- Cada músico, con excepción del preciso baterista Pedro Barceló, cambiaron permanentemente de instrumentos, jugaron, cantaron y se movieron sin cesar por el escenario.