BUENOS AIRES.- Fueron 20 las veces que Cristina lo nombró a "él". En la construcción de una nueva liturgia política, la Presidenta jugó el viernes en el acto que le organizaron los jóvenes de La Cámpora y las organizaciones sociales afines al kirchnerismo con la emoción y con el misterio a la vez y se dedicó a dar pistas cruzadas sobre su futuro, ambigüedades que no sucumbieron siquiera ante los gritos de la multitud que le pedía "la reelección". En ese sentido, frente al micrófono y hasta en su lenguaje corporal, la frialdad de la Cristina política, que usó un lenguaje elíptico para decir sin decir y mandar mensajes a propios y a extraños, contrastó notoriamente con la emotividad de la Cristina que invocaba a cada rato a su esposo para cimentar la leyenda. Pero más allá de la cáscara, estaría bastante mal quedarse en la letra y en la escena, ya que el discurso merece más de una lectura y pasarle el peine fino del análisis. Pese a que el morbo estaba puesto en la reelección, Cristina se despachó con una pieza oratoria que podría adquirir hacia el futuro una notable importancia política, ya que abordó un profundo cambio de paradigma institucional. Tal como le sucede demasiado seguido a los políticos argentinos, el propósito de cerrar una etapa y refundar la historia estuvo latente en todo momento, a partir de la confianza que ha adquirido el kirchnerismo en los últimos tiempos sobre el sesgo de su relato y sobre la instalación permanente de la agenda, ambos avances que coinciden con el máximo repliegue de la oposición y con la pasividad de la opinión pública en cuestiones como la inseguridad y la inflación. Nadie sabe si los números le dan a los K para seguir en diciembre, pero se comportan como si.
En cuanto a las ambigüedades que vistieron el discurso, habría que preguntarse a quiénes estaban dirigidas. En principio, no parece que hacia los asistentes, ya que si bien muchos fueron al estadio de Huracán el viernes para escucharle una definición, la gran mayoría entiende que sus razones para callarse la boca por ahora son estratégicas. Si ella ahora dice "sí" desde el corazón o desde su lógica ambición, le estaría regalando a los opositores el enemigo perfecto dos o tres meses antes de lo debido y si dice "no", se convertiría de inmediato en un "pato rengo" hasta el final de su mandato.
Por otra parte, si es verdad que su hija Florencia le ha pedido que se mude con ella a Nueva York o si la Presidenta considera que necesita conocer primero si le dan los números para ganar en primera vuelta, sin someterse a un balotaje que podría repetir en su contra el efecto Carlos Menem y deslucir su salida del gobierno, suena hasta casi lógico el mutismo, más allá de los chascarrillos efectistas del estilo "no se hagan los rulos" o "para Cristina... ya veremos", émulos del suspenso de aquel "pingüino o pingüina" que supo agitar su marido. Quizás su renuencia pueda tener que ver con un divertimento especial para embaucar a los analistas o probablemente también para sopapear a algunos miembros de la interna que creen que la pueden manejar y, en ese sentido, Cristina señaló un par de cosas que pueden sumar pistas para uno u otro lado. Decir que "quiero recordarlo (a NK) con el compromiso de que la lucha que él inició es la lucha mía por construir la Argentina que él tanto soñó", ¿es una referencia a la continuidad electoral o simplemente un homenaje? Plantear que "el gran desafío es la construcción política e institucional que no haga depender la transformación y el cambio de una o dos personas", ¿significa que el próximo turno del espacio será para otros?
Sin embargo, ante el cariz que tomó luego el discurso, la reelección y sus derivaciones parecen ser una pantalla. Todo comenzó con cierta autocrítica de la oradora en relación al proceder de los años 70 y a lo que ahora se espera de la generación K o del Bicentenario, como ella la llamó.
Cristina avanzó de lleno hacia la instauración definitiva del modelo político, social y económico del kirchnerismo con una frase bien controvertida que aún no ha dado que hablar: "el gran desafío es que el campo nacional y popular se pueda institucionalizar; pero no, eso no se hace a través de una Ley o de un Decreto. La institucionalización de un modelo de país es cuando se hace carne en el conjunto de la sociedad", arengó. En la misma línea de defensa de sus ideas, un par de días antes, en un discurso pronunciado en su carácter de Presidenta que de algún modo anuló hacia el futuro la posibilidad de buscar consensos con los demás sectores, la misma Cristina había casi clausurado el debate sobre el modelo económico, cuando pidió que no se volvieran a plantear "cuestiones ya superadas"; e insinuó que había que comprar los argumentos oficiales a libro cerrado. Sin embargo, Cristina fue más allá y aludió a la historia, para ella "falsificada desde 1810 a la fecha" y culpable de la "fuerte subordinación cultural" que nos ha sido impuesta a los argentinos.
Respecto de los tiros por elevación, el más notorio fue dirigido a quienes en el PJ y el sindicalismo se cierran a sumar nuevos estamentos, ya no al peronismo bajo cualquiera de sus formas conocidas, sino a un espacio abarcativo mayor, al que Cristina definió como "campo nacional y popular", entre ellos la reivindicada juventud o los movimientos sociales de izquierda. "Quiero decirles que cuando incorporen a otros argentinos no les pregunten de dónde vienen, no les pregunten cuál es su historia o su partido", pareció ser un concepto dirigido a quienes cuidan sus quintas en el peronismo, como son los intendentes del Conurbano o la CGT, quienes resisten a que les aparezca este tipo de competencia y recelan que se las impongan con el argumento persuasivo de que se necesita de todos para ganar en octubre. Ellos temen, en realidad, que se demuestre la teoría de los ultra K que ni la movilización de los intendentes ni la de los gremios es imprescindible ni para salir a la calle ni para sumar votos y entrevén para más adelante, si los más radicalizados se adueñan del gobierno, que haya un copamiento masivo de sus estructuras, a partir del ya famoso "vamos por todo".
Para estos sectores, el dato político más significativo del discurso ha sido que ya no se trata de trascendidos adjudicados a un grupito ideológico del entorno presidencial que, por ejemplo, ha impulsado la candidatura de Martín Sabatella en Buenos Aires o ha resuelto sostener a Hugo Yasky en la CTA paralela, sino que es ahora la propia Cristina quien públicamente hace suyos esos argumentos para aconsejarlos al respecto y meterles el zorro en el gallinero.
La impronta nacionalista de la oradora volvió a resurgir en nuevas referencias hacia su esposo, a quien recordó casi como un héroe cuando decidió pagarle de una vez y con reservas la deuda al FMI para terminar con la "dependencia" o como cuando "encabezó" en 2005 en Mar del Plata "el rechazo a aquel nuevo estatuto del coloniaje", la pretensión de los EEUU de avanzar hacia la integración económica regional, a partir del reconocimiento del ALCA. Entonces, debajo de dos gigantografías que decían "pueblo o corporaciones", la muchedumbre que asistió al acto que tenía como propósito recordar la figura del ex presidente Héctor Cámpora, a quien nunca mencionó Cristina, entonó una consigna reivindicativa de otras épocas, fuera de foco con la realidad del mundo actual y probablemente demodé hasta en el Brasil que dejó Lula de Silva o en el Uruguay del presidente "Pepe" Mujica, pero que cala a la perfección con el placer que sienten muchos argentinos de buscar siempre las culpas afuera: "Patria sí, colonia no".
Ese mismo propósito binario de mostrar hacia afuera que se trata de "nosotros o el caos" ha sido el sustento para acorralar en la semana al alcalde porteño, Mauricio Macri, a quien se le han cerrado desde el gobierno nacional las puertas legales para que pueda resolver un grave caso de usurpación de viviendas. Rival en octubre, el kirchnerismo se dio el lujo además de llevarlo de las narices a la votación para unificar las elecciones a Jefe de Gobierno y las comunas y a la hora de darle los votos, lo dejó pedaleando en el aire.
Sin fórmula eleccionaria a la vista, el acto en Huracán no fue un clásico acto proselitista, sino la recreación pública, corregida y potenciada por los discursos y la masividad, de una mística que se había desatado a pleno durante las horas de octubre que habían cobijado el velorio de Kirchner. Mística que ahora encontró su andamiaje en la ideología que acaba de explicitar Cristina. Al fin y al cabo, más allá de las teorizaciones, las corrientes de opinión necesitan siempre de ese folklore tan particular que apunta a teñir el cielo de un solo color y que impulsa a las mayorías a encolumnarse, en general con poca racionalidad y mucha emotividad. Algunos se sienten llamados por una inflamada y auténtica vocación, entre idealista y religiosa, otros se suman a la moda por qué sí, sin preguntar demasiado y hasta en el coro aparecen las miserias de muchos dirigentes que sienten el poder bajo sus pies y que, como han empezado a mojar el pancito de la buena vida, pelean a muerte por los cargos.
De esta forma es como se generan las corrientes de apoyo que consolidan liderazgos en cada época, algo que en la Argentina más cercana vivieron en carne propia los peronistas del 45, aquellos que se lavaban los pies en las fuentes de la Plaza de Mayo y los que siguieron al primer Perón; la "juventud maravillosa" que incineró sus ideales reformistas en los delirios de la lucha armada, después de haber ayudado a reponer al General; los inflamados seguidores rojiblancos de los vientos democráticos que supo sembrar Raúl Alfonsín; y hasta los cultores de buena fe de un menemismo que leyó bien el mundo de los años 90, pero que paredes para adentro confundió frívolamente modernidad con perennidad.
Ante la desgracia que vive Japón, todos estos temas pueden resultar francamente banales, pero la piedra con pretensiones de fundamental que colocó Cristina el viernes acaba de irrumpir también como un tsunami en la política argentina y no debería ser pasada por alto.