Era viernes a la noche, había llovido y la ansiedad por concluir la jornada se transformó en adrenalina cuando un llamado a la Redacción de LA GACETA alertó sobre el asesinato de un juez, sin mayores precisiones. El diario estaba cerrando, restaba terminar una página, y aunque el dato era demasiado vago e impreciso, había que chequear la información. Una fuente policial mencionó a Héctor Agustín Aráoz. Había que demorar la salida de la edición e ir a Yerba Buena.  
La silueta de una camioneta azul estacionada en la puerta y un policía uniformado eran las únicas señales de que algo había ocurrido casi cinco horas antes en esa casa sumida en la oscuridad frente a la rotonda del pie del cerro.
Ema Gómez, que un mes antes había sido el filtro a la prensa en el despacho del juez, cuando ella misma había protagonizado un escándalo con empleados y funcionarios, lloraba sin contención. Estaba descalza, y cuando estuvo sentada en la camioneta (sin identificación policial), alguien le acercó las sandalias que estaban tiradas en el barroso jardín.
Todo estaba en su lugar, no había nada que indicara que hubo una pelea o violencia. Pero adentro un reguero de sangre mostraba saña y bronca, y el intento de la víctima por refugiarse en el baño.
"Fui la primera que lo vio... quiero hablar, decir todo", alcanzó a susurrar Gómez antes de que llegaran los funcionarios judiciales y policías que ordenaron aislarla.
Llegaron los hijos del juez. "¡Fue la mafia policial!", dijo Agustín, hijo del magistrado. Gómez, por la ventanilla del vehículo, le gritó a la hija de Aráoz: "¡yo a tu papá lo amo!".
Todo era demasiado confuso, extraño y sospechoso. Nada parecía simple y las sorpresas no tardaron en aparecer.