La política tucumana aún hace esfuerzos por despabilarse después de la modorra de un enero aplacado por la lluvia. En rigor, este año electoral que da sus primeros pasos en nada se distingue del aquel 2007, en el que el alperovichismo consolidó las bases de un poder omnímodo.
Podrá decirse que gran parte de la responsabilidad de que a siete meses de la elección nadie avizore sorpresas -a nivel local- recae en el singular aggionarmiento de la ley de lemas que hizo el oficialismo. A decir verdad, el acople acabó por convertirse en una burbuja más en el ideario de picardías electorales, porque si hay algo que el peronismo logró a partir de ese menjunje es monopolizar la oferta electoral. Y se sabe que, aunque la mona se vista de seda, mona queda.
Si el acople vino a reordenar un cuarto oscuro saturado por los sublemas, habrá que concluir que no lo consiguió en 2007 y que, según se vislumbra, mucho menos lo logrará en agosto. Aunque peor aún puede ser la respuesta a una pregunta elemental: ¿cómo se financian los centenares de partidos unipersonales? Porque la ley local, a diferencia de la nacional, no estipula ninguna asistencia económica estatal para las agrupaciones políticas. Ni por los sufragios obtenidos, ni para el funcionamiento institucional ni para la campaña electoral.
Canibalismo
El gobernador, José Alperovich, perdió el bigote pero no las mañas. Por eso fogonea a cada ministro, secretario, legislador, concejal e intendente para que solventen acoples. Y aquí un paréntesis: demás está decir que, a diferencia de los sublemas, este sistema catapulta los votos en favor del propio Alperovich.
El mandatario es consciente de que con su prédica desencadena una suerte de canibalismo entre los dirigentes aliados, que se desangran entre sí por un puñado de sufragios, pero también de que esos mismos dirigentes necesitan de su guiño para tener aspiraciones de ocupar algún espacio electivo. Literalmente, el gobernador no está dispuesto a que los dirigentes le jueguen "al quedo" en esta contienda. Por eso pretende que la mayor parte de los oficialistas salga al ruedo. El razonamiento es tan rústico como simplista, pero es el que hay.
A sabiendas de que luego de ocho años de ejercicio del poder el desgaste es natural, son pocos los optimistas del Palacio Gubernamental que sueñan con perforar el techo de los 520.000 votos obtenido hace cuatro años. En realidad, hasta el propio gobernador tira los tejos más cerca de un bochín que marque los 400.000 sufragios, como ocurrió en los comicios legislativos nacionales de 2009.
Otro elemento que el oficialismo sopesa a la hora de hacer pronósticos más prudentes es el impacto negativo que su alineamiento con el cada vez más devaluado kirchnerismo puede tener en los sectores medios de la sociedad. Principalmente, por una inflación que corre como caballo desbocado por las praderas.
De ahí que en Casa de Gobierno no seduzca la idea de que el cristinismo adelante los comicios nacionales, de octubre a agosto.
Ilusiones
Si el oficialismo se reconoce más cerca de los 400.000 votos de 2009 que de los 520.000 de 2007, el dilema que se abre es hacia dónde irá a parar esa diferencia de sufragios. El radicalismo, como fuerza central del Acuerdo Cívico y Social, se interpreta como el receptor natural de los descontentos. El problema es que los mensajes que salen de ese partido poco hacen por encolumnar a la dirigencia. Por caso, la visita del precandidato a Presidente, Ernesto Sanz, sacó a relucir internillas de una bajeza que no son propias de un partido con real vocación de poder.
De hecho, entre los radicales más optimistas anhelan con acaparar un 30% del electorado. El problema es que ese porcentaje perderá sentido si los votos se dispersan entre los acoples. De ahí que los colaboradores más cercanos al candidato a gobernador, José Cano, pugnen por reducir las listas colectoras a los peronistas disidentes y a los sectores de centroderecha que integran ese espacio político.
Aunque parezca extraño, la Casa de Gobierno no es ajena a ese debate en el radicalismo. Quizá por ello el gobernador, desde hace días, menciona a opositores que no integran el Acuerdo Cívico: Gumersindo Parajón, Esteban Jerez o los hermanos Bussi. Si ellos suben en las encuestas, los que bajan son otros.
En realidad, ni el más consagrado ilusionista podría imaginar un Alperovich derrotado en agosto. Pero si podría orquestar una gestión en la que el oficialismo pierda la mayoría automática en la Legislatura: hoy, el alperovichismo suma 43 sobre 49 votos en el recinto. Ese número, por ejemplo, hoy es más que suficiente para que los legisladores alperovichistas den el acuerdo necesario para la designación del próximo defensor del Pueblo. En esa pulseada, el bendecido es el concejal capitalino Hugo Cabral.
Camino a agosto, repetir una elección como la de 2007 parece lejano para el oficialismo. No en vano Alperovich apuesta un pleno al 33: es el número de bancas que le garantizará transcurrir un eventual próximo mandato sin depender de ningún acuerdo con la oposición.