"Escribimos para dar luz, no oscuridad", dice Gilbert K. Chesterton en su ensayo ¿Cómo escribir una novela de detectives?, una máxima del autor inglés que parece coincidir, en general, con los objetivos de la colección Ciencia que ladra? de la editorial Siglo XXI. Y, en particular, con los del libro Viaje a las estrellas, de Guillermo Abramson, astrónomo, físico, escritor y dibujante que encara la difícil misión de contarnos, en un libro pequeño, cómo medir las enormes distancias que nos separan de las estrellas.
En sólo 127 páginas, escritas en lenguaje cotidiano, el autor dispara nuestro interés hacia la astronomía y la física, despertando también nuestro apetito por las pintorescas biografías de numerosos científicos, desde la época de los griegos hasta la actualidad. Por supuesto, además de preguntarse "cómo y (con qué) los hombres midieron el universo", el autor nos dice "por qué" el tema le parece relevante: "? la astronomía es algo más que una ciencia. Es una manera de comprender nuestro lugar en el universo". Faltaría agregar "para qué" el ser humano se involucra en el tema, pero quizás, Abramson nos diría, con mucha justicia, como lo hace con otras preguntas, "? ésa es otra historia".
A lo largo del tiempo, la duda ha sido el motor que permitió al pensamiento científico alcanzar una y otra verdad, sin detenerse jamás. Cada verdad científica fue alcanzada, en primer término, para establecer un nuevo conocimiento; y, en segundo término, para iniciar un nuevo cuestionamiento que, eventualmente, llevaría a superar el conocimiento recientemente alcanzado. Así, la duda científica corresponde a la pasión por saber más, por avanzar, a diferencia de la duda hamletiana, que sirve para congelar la acción o, peor aún, para desencadenar las acciones hacia la tragedia isabelina.
En Viaje a las estrellas el autor nos guía por el trayecto que inician Tales y Pitágoras; y por el que nos lleva, sin desviarnos de la meta  con una jerga epistemológica que nos supere, y sin dejar de acentuar el valor de la sencillez en las ideas, en los métodos y en los instrumentos. Valgan como ejemplos su mención de Eratóstenes, que "midió con razonable exactitud la circunferencia de nuestro planeta valiéndose de tres instrumentos sencillos: una vara de mimbre, una recua de camellos y la regla de tres simple"; de Herschel, que descubrió Urano, un planeta que ya "había sido observado por otros astrónomos al menos una veintena de veces"; de Fraunhofer, a quien "se le ocurrió acoplar un prisma (y más tarde, una red de difracción, de su invención) a uno de sus teodolitos de agrimensura" para inventar el espectroscopio; de Hubble, que debió estudiar leyes y literatura, practicar básquetbol, fútbol, salto en alto, enseñar en la escuela secundaria, combatir en las dos guerras mundiales para, finalmente, poder dedicarse a la astronomía y observar así, tanto las estrellas del cielo como las de Hollywood. 
Una de las grandes virtudes del libro consiste en su claridad para invitar al lector a leer y a estudiar otros libros por intermedio de una Bibliografía formal pero amigable.
Como todo lector siempre le pide algo más a sus libros, tal vez quisiéramos encontrarnos con algunos destacados nombres y episodios de la astronomía, como el del astrónomo real Flamsteed y sus logros en los comienzos del observatorio de Greenwich, el de Gamow y su humor astronómico con el Big Bang, el del filósofo Kant caminando metódicamente por Königsberg, la ciudad del heliómetro de Bessel y de la topología de Euler. Pero bien sabemos que todo buen texto, para serlo, debe hacer sacrificios y mantener su línea y su argumento dentro del limitado espacio de sus páginas.
En pocas palabras, Viaje a las estrellas es un libro pequeño, hermoso y muy recomendable. © LA GACETA