CARTAGENA DE INDIAS (De nuestro enviado especial, Miguel Velárdez).- Lejos del glamour del hotel Santa Clara y de la solemnidad del teatro Adolfo Mejía, esta ciudad, que es la perla del caribe, también tiene su propio casco de pobreza, como cualquier otra de Latinoamérica. Ayer fuimos a un barrio llamado "Loma fresca", que hace honor a su nombre con la brisa que trae el mar. Es un suburbio de casas precarias, pegadas una al lado de la otra como en las favelas de Río de Janeiro, pero sin tanto colorido.
Las calles se entrecruzan con senderos sin salida y para llegar hace falta estar acompañado por un guía lugareño.
Como un modo de llevar el Hay Festival a los rincones más populares, la corporación española organizó un conversatorio de literatura en el corazón de Loma Fresca. Pero no fue una tarea sencilla. El escritor y cronista "chileno argentino" Cristian Alarcón y su colega colombiano Oscar Collazos fueron los invitados de gala. Ambos iban a bordo de un taxi amarillo hasta la entrada del barrio, en la zona baja. De pronto, el taxista frenó y dijo: "hasta aquí llego, compadre". Augusto Otero, representante del grupo organizador, me llevaba en su auto junto a José Luis Novoa, que después iba a oficiar de moderador.
Alarcón bajó del taxi para avisar que el chofer no estaba dispuesto a poner en riesgo su seguridad al entrar a Loma Fresca. "No, no -interrumpió Otero-. Dile que nos acompañará un móvil policial, que se esté tranquilo".
Mientras esperábamos a los policías, revisaba mi celular sin señal de conexión, y a la vista de todos. Otero me dio un sano consejo en voz baja. "Oye Mígue, mejor guárdate esa cosa", afirmó señalando el blackberry. Y todavía no habíamos entrado al corazón de Loma Fresca.
Cuesta arriba
Con esta actividad, los organizadores y representantes de la "Fundación Centro de Cultura Afrocaribe" buscaron acercar el Hay Festival hacia aquellos vecinos que no tienen posibilidades de llegar al teatro.
Los policías locales, vestidos de uniforme verde, con armas visibles y cascos blancos, encabezaron el trayecto en motocicleta. La cuesta era cada vez más empinada y, a medida que avanzábamos, las casas eran más endebles todavía. Tras haber andado unos minutos llegamos a la sede, donde un grupo de niños jugaba al sol a pesar del abrazante calor de media mañana. Otros, iban y venían con los pies descalzos y el torso desnudo.
La pobreza se veía hasta en los ojos de la gente, mientras los niños jugaban y cantaban con la típica inocencia de su edad. Es tan alto Loma Fresca que desde el barrio puede verse el mar caribe y, a lo lejos, los modernos edificios en altura de Bocagrande, en el otro extremo de Cartagena. Es como subir al cerro San Javier para ver la ciudad, sólo que aquí lo que se observa es el mar.
Muchos de estos niños nunca fueron al casco histórico del "corralito de piedra". Y algunos de sus padres ni siquiera pasaron por la vereda del Hotel Santa Clara. Tal vez por eso, al llegar la comitiva, un grupo de mujeres salió a recibir con entusiasmo a los visitantes. Ellas estaban esperando y tenían listo un salón para la charla literaria.
Cumbia al uso nostro
Alarcón es autor del libro "Cuando muera quiero que suene cumbia" en el que retrata a un joven delincuente de la villa 25 de San Fernando (Buenos Aires), que muere en una redada de la policía.
El protagonista de esta historia real asaltaba y robaba, pero no llevaba el botín a su casa, porque su madre le había prohibido entrar con objetos ajenos. Entonces, el joven reunía a sus amigos y vecinos y compartía las ganancias del asalto. Era considerado una suerte de Robbin Hood en su territorio.
Después de su muerte, en la villa 25 se lo consideró un santo que regala milagros tan extravagantes como hacer desviar las balas de la policía durante los enfrentamientos con la policía en las calles de Buenos Aires. Alarcón relató la trama de su libro, ante unas 50 personas que se congregaron en la planta alta del edificio. A su lado, estaba Collazos, que recordó su novela "Rencor" en la que describe el tránsito de una adolescente de 15 años desde un barrio pobre hacia un barrio rico.
Desde el balcón del edificio podían verse las casas salpicadas de desechos y, al fondo distante, el mar, como si fuese inalcanzable. Dentro del edificio hay una biblioteca repleta de ejemplares viejos y nuevos que pretenden acercar a los niños y jóvenes a la literatura como un modo de alejarlos de la violencia y la marginalidad. También se brinda contención a las víctimas de la violencia social y doméstica.
En las paredes de la planta baja hay afiches que promueven la lectura y la participación ciudadana.
En el conversatorio también participó Wilger Sotelo, un joven artista que retrató a adolescentes y mayores que fabrican sus propias armas caseras con maderas, tubos galvanizados, abrazaderas de cañerías y un mecanismo que sirve de percutor, con resorte, para golpear al proyectil calibre 38.
Libros amigos
La policía esperaba afuera hasta el final de la reunión para acompañar a la delegación de regreso a sus lugares de hospedajes. En cambio, el taxista que había llevado a los escritores se volvió a la zona céntrica de la ciudad, apenas se bajaron los pasajeros.
La mitad de los efectivos de seguridad acompañó al chofer del auto amarillo con vidrios polarizados. "En un acto de demagogia peronista -dijo sonriente Alarcón-, aquí les traje unos ejemplares de mi libro".
Collazos, por su parte, también obsequió su obra para reforzar la biblioteca de la fundación.
Para el cierre, los organizadores presentaron a un grupo de música, que se integró con jóvenes de la zona. La banda cantó la canción "Negro tenía que ser", que suena como himno para los vecinos de Loma Fresca, un estandarte de orgullo de la raza afro y un canto de esperanza por el deseo de vivir mejor.
Unas 50 personas, en su mayoría mujeres, siguieron con atención y entusiasmo la exposición de los autores. Entre el público estaba Alberto Salcedo Ramos, un reconocido cronista colombiano que aguardaba su turno para entrevistar a los protagonistas para un documental de televisión.
Al final, satisfecho por la experiencia vivida, Alarcón expresó su gratitud por esta iniciativa. "Esto es una apuesta política a la despolitización de la cultura", dijo. Además, resaltó la fusión del "Hay Festival" con la ciudad.
Entre taxistas
Al momento de partir, la policía ordenó que se giraran los vehículos, porque la calle no tenía salida. Era una pendiente pronunciada en la que algunos niños se lanzaban en derruidos y ruidosos triciclos cuesta abajo, mientras seguía el conversatorio. Uno de los autos quedó atascado en medio del camino empedrado hasta que varios vecinos ayudaron a moverlo. El incidente no pasó a mayores, pero Otero, el propietario, se llevó un susto grande. Luego todos regresaron en conjunto, cada uno con quien había llegado, pero siempre con la escolta policial hasta la zona baja.
Por la tarde, subí a un taxi camino a la sala de prensa del Hay Festival. Al comentarle que, por la mañana, había estado en Loma Fresca, y que el conductor no quería entrar al barrio por temor, este chofer dijo: "ah sí, man, es que ahí como mínimo te atracan, como mínimo", repitió llevándose el índice de la mano a la sien como si fuese un revólver.