La memoria es heterogénea. Evidentemente, está compuesta de vivencias personales, sobre todo, cuando se ha participado en tragedias. Además se adquiere a una edad en la que no se tiene conciencia de ello. La entrada de un niño en la sociedad, su socialización, depende del aprendizaje del pasado, tal como este se presenta en los relatos familiares y en los manuales escolares. Especialmente en Francia, donde la Historia está presente desde la enseñanza primaria. El joven inmigrante se hace francés tomando como ancestros a Juana de Arco y Napoleón. O más bien, se hacía: el peso de la "Historia de Francia" disminuyó, a la vez porque su enseñanza evolucionó y porque la escuela tiene ahora un poder limitado ante la presencia constante de los medios de comunicación audiovisuales. La televisión transmite un conocimiento que se manifiesta en el espacio y en el tiempo, por lo tanto, una memoria dislocada, pero esto no presenta solo inconvenientes: el joven telespectador está más disponible para visiones del pasado diferentes de las que le son transmitidas en los principales grupos de pertenencia: familia y nación. Es cierto, sin embargo, que las decisiones de los programadores y el trabajo de los realizadores dependen de sus memorias, y por lo tanto, de sus concepciones particulares del pasado y de sus prolongaciones en el presente.
Las emisiones corren el riesgo de ser demasiado respetuosas del poder. El poder de los poderosos de la política y del dinero, deseosos de que se presente o se silencie tal o cual perspectiva del pasado. El poder de los espectadores, porque, si se cuestiona su propia memoria, en la que basan sus convicciones, incluso sus emociones, se los puede perder. Lo mismo ocurre con los manuales: en Francia, en el período de entreguerras, gracias a la valentía de los autores de la famosa colección Malet-Isaac, se presentaba al final de los capítulos dedicados a las guerras de 1870 y de 1914, la traducción de los pasajes correspondientes de los manuales alemanes. Una cadena de televisión también debe ser valiente para poner en tela de juicio los recuerdos franceses, mostrando y dejando hablar a otras memorias.
En los regímenes políticos en los que la información -escolar y televisiva- es acaparada por la autoridad política, esta puede decidir los contenidos que se transmiten. En 1988, en la Unión Soviética de Mijail Gorbachov, los manuales de historia fueron retirados de las escuelas. No los reemplazaron inmediatamente, hecho que obligó a suprimir la materia en los exámenes finales. ¿Hasta dónde puede llegar una nueva política de la memoria sin que se quebranten las creencias indispensables para que los ciudadanos acepten el poder de la autoridad? Y si el libre análisis del pasado fuera autorizado en su totalidad, ¿cómo podría evitar la autoridad un análisis realmente independiente del presente?
En todos lados, existe un desfase entre el producto de la investigación histórica y el contenido de los manuales, incluso los de los cursos superiores. Un desfase en el tiempo: se necesita un plazo para que los descubrimientos y los ajustes sean "vulgarizados". Un desfase en la presentación: la incertidumbre surgida de conocimientos nuevos se encuentra mejor ubicada en la obra erudita que en un manual. Pero el historiador, a su vez, no es un espíritu puro separado de la sociedad. No adquiere ni presenta un saber puro. Está sometido a su propia memoria. Respira el aire de su tiempo. Por eso, corre el riesgo de desviar sus análisis para tornar anodino algún crimen, para exaltar el recuerdo de tal categoría de víctimas más que otra. No necesariamente en forma deliberada, al punto de que su visión de una determinada época pueda influir en su visión de otro período.
Alfred Grosser - Sociólogo y politólogo franco-alemán. Ex director de investigación de la Fudación Nacional de Ciencia Política de Francia.