Santa Evita se publicó en julio de 1995 y poco después se lanzó la primicia de la película protagonizada por  Madonna. La coincidencia despertó la curiosidad de la prensa. Un domingo, la página 3 del cuerpo principal de The New York Times estuvo dedicada a la novela y generó su venta masiva. Una tarde de 2002 en su casa de San Telmo, tras haber obtenido el Premio Alfaguara por El vuelo de la reina, TEM me decía sonriendo que eso probaba que "salir en la tercera página del New York Times es mucho más importante que ganarse el Premio Alfaguara". Ninguno de estos éxitos ni de todos los que acumuló en 75 años le fue perdonado por la "intelligentzia" argentina.
Quienes lo encasillaron como periodista no le perdonaron ser el gran escritor de la Argentina contemporánea. Quienes lo encerraron en la literatura jamás le perdonaron ser un periodista advenedizo en la república de las letras. En la Argentina no entendieron que en TEM literatura y periodismo están inextricablemente ligados. Su único libro de crónicas, Lugar común la muerte (1979), suena premonitorio. No por la muerte sino por ese lugar común que condujo a Martínez a sufrir los males que nos siguen aquejando: no ser profeta en su tierra, ser la voz que clama en el desierto.
Tomás nunca renegó del país del cual lo re-negaron. Durante su residencia de una década en la universidad Rutgers de New Jersey, decía una y otra vez: "vivo en la Argentina y trabajo en Estados Unidos".
TEM era consciente del ninguneo y del ataque a él y su obra por parte de la "academia" nacional. En "El canon argentino" (1996) lamenta que "el centro de la literatura no está en quienes la hacen o la leen sino en los que vicariamente escriben sobre ella". Lo dice por medio del disimulo, en tanto sus reflexiones aluden a Harold Bloom, "un catedrático de Yale célebre por su megalomanía y sus arbitrariedades", pero reflejan la mezquindad y los intereses creados de los catedráticos argentinos.
Otro lugar común dice que en la Argentina no se perdona el éxito. En rigor, no se perdona  a un escritor traducido a 40 idiomas, nominado a los premios internacionales más prestigiosos, publicado por las editoriales más distinguidas y premiado por las naciones más cultas. Fuera de nuestro país, los artículos, ponencias y capítulos de libros que ponderan su obra se cuentan por centenares.
En la extinta Punto de Vista, Daniel Link se dedicó a demoler su novela El vuelo de la reina como mero producto comercial oponiéndola maniqueamente a Plata quemada de Ricardo Piglia, a la cual había denostado a su vez en un artículo de 1998. En 2002 lo que había sido cuatro años atrás una claudicación ética se convertía en un interés legítimo de Piglia por el "populismo estético", mientras El vuelo? devenía en un "estilo medio (bien fait, kitsch) que la cultura industrial reclama". El poder ubicaba a "Linkillo" como director del suplemento Radarlibros de Página/12, sucesor del Primer Plano que TEM había dirigido. No deja de resonar el aforismo acuñado por Mario Benedetti: "El vicediós siempre es ateo".
También es cierto el lugar común de que las excepciones confirman la regla. Existen sólo dos libros consagrados a la obra íntegra de Martínez y ambos son argentinos: Deseo, desencanto y memoria de Carolina Zelarayán y Demasiado real de Griselda Zuffi. La tucumana Carmen Perilli le editó El sueño argentino. La marplatense Elisa Calabrese es la precursora mundial en los estudios sobre su obra.
Ante su cáncer terminal, Martínez se radicó en Buenos Aires en 2007. TEM no regresó a su país a morir sino a vivir. Una vez más, reflejado en su obra, encarnó aquello que había escrito sobre Felicitas Alcántara y Evita misma en El cantor de tango: "Sólo en las novelas pudieron encontrar el lugar que les correspondía, como les ha sucedido siempre en la Argentina a las personas que tienen la arrogancia de existir demasiado".
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Juan Pablo Neyret - Finaliza este año su doctorado, con una tesis sobre Tomás Eloy Martínez, en The Pennsylvania State University.