El año pasado, mi amigo Carlos Páez de la Torre se entretuvo en relatar, en su columna  Apenas ayer de este diario, las tragicómicas circunstancias en que me fue entregado en Lima, en diciembre de 1960, el diploma de arquitecto. Lo recibí de  manos de Fernando Belaúnde Terry, entonces decano de la Facultad de Arquitectura y, al mismo tiempo, jefe de la oposición al gobierno del presidente Manuel Prado. Años después, como se conoce, Belaúnde sería electo presidente.
En estos días se cumplen 50 años de esos hechos y de la publicación de mi nota en LA GACETA sobre el conflicto peruano-ecuatoriano, nota que provocó mi expulsión del Perú. Fueron hechos que, además, precedieron por pocos días a mi primera boda en la Argentina y a mi consecutivo afincamiento, a lo largo de 35 años, en Italia. De modo que esas pocas semanas, como es fácil imaginar, quedaron esculpidas para siempre en mi memoria.
Por feliz coincidencia, este aniversario cae en los mismos días en que se entrega merecidamente el Premio Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa, tres de cuyas obras capitales  -la  consagratoria Conversación en La Catedral, la inolvidable La tía Julia y el escribidor, y la autobiográfica El pez en el agua- transcurren en Lima durante ese mismo periodo histórico.   
Aunque nunca tuve ocasión de conocer personalmente a Mario Vargas Llosa (había partido con la "tía Julia" para establecerse en Europa pocas semanas antes de mi arribo a Lima), en aquellos libros participan, con su propio nombre y apellido, personajes reales que he conocido y frecuentado durante mi estadía en Lima y luego en Italia. Lo que me da un buen pretexto para combatir la nostalgia por los tiempos perdidos evocando estos recuerdos personales, que acaso tengan interés para los lectores de LA GACETA Literaria.

Personajes y escenarios
En estas últimas semanas, he releído por tercera vez aquellos tres libros ambientados por mi ilustre coetáneo en la Lima de fines de los años 50, es decir, justo antes de mi llegada al Perú. Como en lecturas anteriores, la mágica prosa de Varguitas -como es aún conocido por los amigos comunes- me llevó a revivir intensamente, más que simplemente añorar, esos dos años en Lima. Y también en esta oportunidad, repasarlos fue como leer esos libros por primera vez, por lo que revelaban sobre el autor, sobre el Perú y sobre mí mismo como lector y como ser pensante.
Mi hábitat en Lima consistía en los mismos barrios, balnearios, restaurantes, cines y boliches que Vargas Llosa nombra casi obsesivamente en las páginas de esas obras. El pez en el agua está dedicado a tres amigos arquitectos que lo acompañaron en la fundación de su partido político y en la sucesiva campaña presidencial. Ellos eran Luis Miró Quesada, de la familia propietaria del diario El Comercio, de Lima, y que fue mi "padrino" de tesis de laurea; Freddy Cooper Llosa, primo de Varguitas y luego, por algún tiempo, mi conciudadano romano; y Miguel Cruchaga Belaúnde, sobrino de Fernando, poeta a ratos perdidos y compañero de curso en la Facultad, organizador y vocero de la campaña presidencial.
Un personaje importante tanto de La tía Julia y el escribidor como de El pez en el agua es Genaro Delgado, a cuyo nombre Vargas Llosa antepone cada vez que lo nombra en La tía Julia? el calificativo de "empresario progresista". Él era, junto con su padre, propietario de la real Radio Panamericana, desde cuyos micrófonos el ficticio Escribidor boliviano propagaba sus exitosos pero cada vez más surreales radioteatros; hasta que se pide intervenir al personaje Varguitas, mientras este, que en la vida real trabajaba realmente en esa emisora,  se encontraba (como también en la realidad) en el crítico momento de planear su fuga de Lima para casarse, a los 18 años, con su tía política de 32.
Poco después de estos desarrollos de la novela, yo llegaba a Lima con mis hermanos para pasar allá el verano con nuestros padres. Ellos residían entonces en la ciudad, por el trabajo de mi padre como consultor en un organismo internacional. Enseguida hice en Lima muchos amigos, sobre todo entre un grupo de estudiantes de arquitectura que habían formado un grupo teatral. En Tucumán, yo había seguido poco antes un curso en la UNT dictado por Luis Diego Pedreira, conocido escenógrafo porteño, co-responsable -junto con Cecilio Madanes- de la legendaria producción de Los chismes de las mujeres en la calle Caminito, y que más adelante recrearía en Buenos Aires los ambientes parisinos de El exilio de Gardel, de Fernando Solanas.
Justo cuando arribé a Lima, Delgado estaba buscando "talentos" para su Panamericana TV, de reciente creación, donde trabajaban algunos argentinos. Me presenté al "empresario progresista" armado de unos bocetos ejecutados durante el seminario con Pedreira, quien para mi suerte había pasado por Lima en esos días y había sido entrevistado por la prensa local, prestándome un poco de gloria refleja. Evidentemente impresionado por mis antecedentes profesionales, Delgado me ofreció de inmediato participar en la ambientación de un comercial de 15 segundos para una fábrica de camisas. Durante la quinta o sexta reunión propedéutica a la filmación de este comercial, con los otros "talentos" participantes -que se creían poco menos que en el set de El manto sagrado- me escabullí y no aparecí nunca más por ahí. Me contaron luego que el "empresario progresista", cuando alguien mencionaba mi nombre, se golpeaba repetidamente un dedo contra la sien.
Afortunadamente, en 1960 tuve una mejor oportunidad de poner a prueba mis dotes como escenógrafo, en la ópera de Chabuca Granda (autora de La flor de la canela), titulada Limeñísima, que debía representarse en la plaza de toros de la ciudad. Lamentablemente, se estrenó algunas semanas después de que yo dejara el país. Aun así esta experiencia me dejó dos grandes satisfacciones: haber trabajado para Chabuca, artista y personalidad fuera de lo común; y para Daniel Caminos Diez Canseco, el joven productor de la obra.
Este, sin que yo lo esperara, me hizo llegar después, a Roma, un cheque por honorarios y recortes de la prensa local con mi nombre en los títulos, no obstante mi ausencia en el momento álgido del armado de la escenografía y del estreno.
En 1963, en Roma, fue una pareja de ex compañeros de la facultad limeña, Franco Vella y Augusta Estremadoyro (hoy renombrados profesionales en Perú, pero que por entonces saltaban de trabajo en trabajo en Italia) quienes primero me hablaron de la fama que el amigo Varguitas estaba conquistando mundialmente  con  La ciudad y los perros. Recordando el chauvinismo de los peruanos, del cual la variante argentina es pálido remedo (cito como ejemplo un titular a caracteres cubitales, leído en un diario limeño en 1959: "¡MONA PERUANA LANZADA AL ESPACIO EN CABO CAÑAVERAL!"), no me dejé impresionar. Y no fue hasta 1977 que adquirí, en una librería romana gerenciada por religiosas españolas, el por entonces recientemente publicado La tía Julia y el escribidor (hasta hoy me pregunto si las monjitas pensaron que se trataba de un inocente libro de recuerdos familiares, o si ellas eran secretas cultoras de la Teología de la Liberación), libro que leí por la primera vez de un tirón durante un viaje a la Argentina.
La revelación fue tal que, una vez en Buenos Aires, me precipité a comprar todo lo que había publicado Vargas Llosa hasta ese momento. Y a mi regreso a Roma empecé a atormentar a mis amigos arquitectos y periodistas de L'Espresso, La Repubblica y el Corriere della Sera (tenía también en Roma la debilidad de frecuentar preferentemente gente de estas profesiones) para que compraran las traducciones italianas, advirtiéndoles al mismo tiempo que, por lo de traduttore traditore, iban a poder disfrutar estos libros sólo la mitad que yo. Tanto insistí sobre este punto, que uno de ellos empezó a tomar lecciones de castellano, a lo que -según él afirma- debe en buena parte su actual prosperidad como proyectista y constructor de mansiones para millonarios, en las playas de la República Dominicana.

Causas de una expulsión
A esta altura, muchos se estarán preguntando a dónde quiero llegar con divagaciones dignas del Escribidor boliviano, visto que de entrada advertí que nunca llegué a conocer a Vargas Llosa, aunque nadie me quita el privilegio de haber conocido y compartido su mundo. Bueno, lo voy a confesar.
La expulsión del Perú luego de mi artículo sobre el conflicto peruano-ecuatoriano, que LA GACETA tuvo a bien publicar en su primera página (como recordarán quienes hayan leído la amena crónica del amigo Páez de la Torre acerca del episodio), se originó en que el Consulado del Perú en Tucumán advirtió a su Cancillería sobre el contenido de ese texto, ignoro si directamente o a través de la Embajada en Buenos Aires.
No sé si existe hoy un Consulado peruano en mi ciudad. Pero abrigo la esperanza de que estas líneas lleguen de algún modo a las autoridades peruanas y sean correctamente interpretadas por lo que son:  1) un sincero pedido de disculpas a los peruanos que se sintieron ofendidos por mi nota en LA GACETA del 15 de diciembre de 1960; 2) un recordatorio de que la libertad de palabra, de la cual Vargas Llosa es una de las máximas encarnaciones vivientes, implica también tolerancia por las ironías, tal vez no muy felices, de un joven apenas salido de la adolescencia; 3) una manifestación de la esperanza de que tal vez 50 años sean considerados suficientes, por las autoridades del Perú, para considerar prescripta la falta cometida. Para que yo pueda un día volver a pisar el suelo peruano y visitar viejos amigos sin temor a inconvenientes como los que mi padre, con el cual compartíamos el mismo nombre, tuvo luego que sufrir pacientemente, durante  años, por mi culpa, en sus viajes hacia o desde el Perú.
© LA GACETA

Luis Silvetti - Arquitecto tucumano. Estudió en Perú y trabajó en Italia durante 35 años. Fundó tres empresas que exportaron tecnología italiana a distintas lugares del mundo.