BUENOS AIRES.- Más allá del agobio que produce la velocidad de los acontecimientos que se acumulan en el día a día, una constante que expone crudamente la decadencia de una Argentina que ha preferido divorciarse de lo estructural en nombre de vivir únicamente el presente, dos situaciones de fondo parecen ser esta vez las dos incógnitas centrales a despejar, en el año que se inicia y en materia política: cuánta permeabilidad tendrán los votantes en octubre para seguir aceptando la matriz kirchnerista del modelo y qué va a ocurrir con la libertad de prensa en la Argentina.

En lo que hace a la periferia de la primera de las cuestiones, y a casi 10 meses vista de ese día D, el mejor consejo que se le puede dar a los todos los ansiosos que hacen por estas horas cálculos en el aire tratando de imaginar candidatos es que respiren hondo y esperen con naturalidad que el tiempo decante, ya que resulta imposible hoy por hoy tener siquiera una mínima orientación sobre qué va a ocurrir en cuanto a esos nombres y a su verdadero calibre electoral. Mucho menos aún se puede siquiera intuir cuál será la orientación final de la fuerza que se hará cargo del Gobierno nacional desde diciembre, ya que los partidos o sus desprendimientos se están ocupando también más de mirar las formas que el fondo de la cuestión y falta hacer todavía alianzas que pueden torcer los planes de cualquiera. Quien a esta altura de los acontecimientos desee sacar alguna conclusión seria sobre estas dos cuestiones corre el riesgo de quedar, al menos, descolocado.

La referencia es de tono eminentemente práctico, ya que como la dinámica de la política de la Argentina no da respiro, cada vez se hace más difícil la posibilidad de entrever el desenlace.

Sin embargo, hay un tercer elemento de incógnita que convierte a la elección de octubre en crucial y que pasa por saber cómo va a reaccionar la conciencia de la sociedad después de ocho años de kirchnerismo activo, a partir de medir las secuelas de lo que el oficialismo llama "modelo progresista", algo que para los opositores es peyorativamente simple "populismo" destinado a generar clientes, antes que ciudadanos.

Igualmente, si se valora adecuadamente este criticado andamiaje de subsidios y planes sociales del Gobierno, que se mezcla con una inyección descomunal de fondos dedicados a apuntalar el consumo, se observa que el mismo está en una fase de declinación, ya que lo que comenzó siendo un acto de disciplinamiento hacia organizaciones sociales, intendentes y gobernadores, en estos días sin Néstor Kirchner al comando de tan delicada gestión, se lo percibe como algo que ha terminado por dejar al oficialismo muy vulnerable al chantaje.

Pero como los tiempos llegarán de modo inexorable, nadie va a poder hacerse el distraído sin plantear definiciones, ni los políticos ni la opinión pública. Si pese a los aditivos económicos y consumistas que generalmente guían su accionar, los ciudadanos se ponen firmes a la hora de exigir respuestas, la clase política deberá ajustar necesariamente sus discursos y dejar de lado buena parte de sus mentiras, eufemismos y ambigüedades.

Por su lado, el problema de los opositores no pasa por juntarse sin ton ni son, algo que sería percibido como un suicidio por los votantes, sino en mostrarse como fuerzas de conjunto que puedan asegurar la gobernabilidad. Hoy, su desorientación tiene dos vertientes de fondo y el punto de la primera gran duda no pasa tanto por saber cómo se van a estructurar las internas partidarias, donde hay precandidatos varios que irán apareciendo y desapareciendo, sino cómo esas mismas figuras, si salen ganadoras de las internas, van a cuajar con las fuerzas con las que pretenden unirse. Por poner un ejemplo, para los socialistas y el GEN no será lo mismo si el candidato radical es Ricardo Alfonsín, Julio Cobos o Ernesto Sanz.

Esta situación está necesariamente enlazada con otra, en donde empiezan a jugar los eventuales programas de gobierno, y es aquí donde la oposición tendrá que ponerse los pantalones largos para diferenciar su oferta del oficialismo. En general, como le pasa a todos los políticos locales, los opositores están sacando su dedo mojado por la ventana para saber desde dónde sopla el viento. Este seguidismo impide además a los ciudadanos calibrar la ideología o los planes de cada partido o candidato.

En tanto, el kirchnerismo también tiene las suyas y durante los últimos días ha dado suficientes ejemplos de una modalidad ya bastante trillada que se empeña en negar la realidad y construir un discurso idílico. La propia Presidenta, en su sentida alocución de fin de año donde, sin nombrarlo y referenciándolo siete veces como "él", buscó entronizar la figura de Kirchner, marcó solamente los ítems que cree que le han jugado a favor y no hizo ni la más mínima autocrítica en relación a ciertos temas tabú para la Casa Rosada, como la inflación o la inseguridad.

En primer término, el discurso K no menciona nunca aquello que no le conviene, como ha sido el caso de la falta de seguridad, un tema negado durante años y ni siquiera mencionado oficialmente. La problemática recién fue abordada hace unos pocos días con la creación del ministerio del ramo, cuando el agua le llegaba al cuello al Gobierno, no sólo porque las encuestas seguían marcando una honda preocupación ciudadana, sino porque en simultáneo le explotó en la cara la toma del Parque Indoamericano, efectuada por punteros propios.

Otro tanto pasó con los faltantes transitorios de nafta, una cuestión donde nadie oficialmente pió, pese a que la política energética está cuestionada.

También como algo recurrente, un segundo camino que utilizan las autoridades para evitar quedar manchadas es echarle la culpa a los demás, tal como ocurrió con la falta de billetes de 100 pesos que registró en ese sentido una referencia crítica del ministro de Economía, Amado Boudou, hacia un paro de actividades en el Banco Nación, que impidió la salida de los camiones de caudales para pagarle a jubilados, como si todo el problema se redujera a ese espacio que mostraba la televisión. Sin embargo, lo que no se admitió fue que el verdadero motivo del faltante es no haber querido convalidar por medio de la impresión de numerario de mayor denominación, el problema inflacionario. Por eso, se mandaron a fabricar billetes a Brasil y en paralelo se aprovechó la movida para intentar entre gallos y medianoche que la impresora Ciccone Calcográfica sea absorbida por el Estado para que imprima más dinero, en un procedimiento que involucró a la AFIP y que intentó dejar de lado a la empresa Boldt, que alquiló la planta de Ciccone con conformidad judicial.

Una tercera modalidad del barrido debajo de la alfombra que hace habitualmente el Gobierno es que si alguien habla de algún tema públicamente lo hace para negar la realidad, aún a riesgo de que la gente sienta que es tomada por estúpida o simplemente manipulada. El caso más emblemático es el de la inflación, una cuchillada trapera que cada uno de los consumidores soporta a diario en los bolsillos cada vez que hace su propio test en el supermercado, comprobación que desaira a los funcionarios quienes, cuando hablan, meten gravemente la pata.

Uno de ellos, el ministro Boudou, sigue poniendo la cara para decir alegremente que la inflación no le atañe a los pobres y que pedir por ellos significa ser un "gurú del enfriamiento". A la vez, casi como una burla, acaba de sentenciar que "la economía es como el amor, cuanto más caliente, mejor", ya que si se piensa en mecanismos que restrinjan la demanda sería volver, dice, a los años ?90. Boudou, a quien le vendría bien darse una vuelta por el vecindario latinoamericano, lugares donde los países crecen sin inflación, pretende ser, con el padrinazgo de Hugo Moyano y con esas teorías, Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Sin embargo, la llegada de Nilda Garré al nuevo ministerio de Seguridad ha generado un soplo de aire fresco en el discurso oficial, porque no se recuerda a ningún ministro que en menos de una semana haya encarado sin tapujos tres conferencias de prensa sucesivas. Desde un costado político, la inteligente decisión de la ministra de dar la cara y de contestar preguntas y afrontar algunas repreguntas es una muestra más del cambio de los tiempos en el Gobierno, ya que barre con muchos preconceptos sobre el periodismo que el propio Kirchner le había metido en la cabeza a sus colaboradores.

Esta modalidad, que en el mundo es una constante en favor de la mejor toma de decisiones, ya era ejercida por algunos de los más hábiles difusores gubernamentales, aunque nunca con tanta frecuencia como la que la realidad le impuso a Garré. La misma puede resultar ciertamente cuestionable si en las ruedas de prensa sólo se respondieran las preguntas servidas para el lucimiento del funcionario (que las hay), pero finalmente es un beneficio para los ciudadanos si se transforma en algo noticiable para los medios, lo que asegura, por una cuestión de competencia, que todos ellos se sientan con mayor obligación de difundirlo, publicarlo y comentarlo.

Quizás estos nuevos vientos permitan albergar la esperanza de que en este año que se inicia la prensa no vuelva a pasar por los ataques a que fue sometida desde el poder durante 2010. Pero para que ello sea posible, también deberá hacerse carne en la ciudadanía la comprensión de que la mayor o menor posibilidad de expresarse con independencia no es solamente un problema de los medios o de los periodistas y saber que, si se anula esa libertad, tal carencia va a impactar fatalmente en su vida diaria, hasta hacerle perder la propia.