Son las 16 de un miércoles y, lejos de rendirse al sopor de la siesta, San Isidro de Lules está en pleno movimiento: trabajadores municipales recortan el pasto de la rotonda de ingreso a la ciudad, jóvenes van y vienen en ruidosas motos y la plaza 9 de Julio está llena de gente. Según explican vecinos de la ciudad cabecera del departamento Lules, ubicada a 20 kilómetros de la capital, ese movimiento se debe al "progreso" por el que atraviesa ese municipio de 28.000 habitantes.
LA GACETA recorrió esa ciudad para conocer las inquietudes de los luleños y, de acuerdo con los testimonios, los problemas de esa ciudad están en la calle: piden más controles de tránsito, exigen que se prevenga el alcoholismo y la drogadicción en la vía pública y solicitan que se bauticen las calles de algunos barrios de la periferia.
Abusos diarios
"En Lules no hay controles. Los adolescentes están tomando y drogándose en la plaza a la luz del día y nadie hace nada", dispara Luciana, de 22 años. La joven estudiante evita dar su apellido porque allí "se conocen todos". La chica remarca que la ciudad está pujante y muy limpia pero que hay muchos aspectos a mejorar. "Esto de los abusos es cosa de todos los días", dice mientras señala a un grupo de jóvenes bebiendo alcohol en el paseo público. "Al intendente (César ?Kelo? Dip) se lo ve caminar por aquí y dar respuestas. Hizo cosas pero insisto en que el mayor problema que tenemos es el descontrol de los jóvenes", asevera.
Maximiliano, de 18 años, tampoco quiere dar su nombre completo y destapa otra problemática relacionada con ese descontrol y con la inseguridad vial. "Hay miles de motos y los adolescentes son imprudentes, más si están borrachos. Cada semana hay accidentes de tránsito y mueren chicos. Van rapidísimo, sin casco y de a dos o tres por vehículo", afirma indignado. Relata que un amigo suyo, que iba en moto, estuvo muy grave porque chocó de frente contra dos motocicletas que corrían una picada camino a la Quebrada, el principal atractivo turístico de la zona, ubicada a cuatro kilómetros. Precisamente, alerta que en las curvas de esa ruta dejan la vida decenas de personas. "Hace una semana murió otro joven. Realmente es alarmante y sólo con controles los fines de semana se podrían salvar muchas vidas, pero los hacen esporádicamente y, evidentemente, no dan resultados", asevera el alumno secundario.
Juan Albornoz, de 21 años, todavía reniega por la muerte de un amigo, que ocurrió hace dos años, tras un accidente de motos camino al río: "la Policía debería controlar a los jóvenes, pero sucede que en la plaza, a la noche, se drogan todos hasta frente a la comisaría".
Desconfianza
"Es grave la situación en la Quebrada: cuando comienza la temporada, comienzan las muertes", sentencia Cinthia Amaya, de 25 años. Sin embargo, no está de acuerdo con que se efectúen operativos de tránsito en todo el ejido: "desconfío de los agentes porque, cuando pueden te quitan la moto y te piden una coima".
"No hay muchos controles, pero cuando se hacen, son malos y alrededor de la plaza. Considero que, en cambio, deberían cuidar el ingreso al río", consigna la motociclista. Por otro lado, está muy contenta por su ciudad: "se ve mucho movimiento, hay cursos terciarios para los estudiantes y trabajo en las fábricas cercanas".
Carlos Carabajal, de 32 años, afirma que el municipio debe encontrar la manera de regular el consumo de alcohol. Es el encargado de un drugstore céntrico y reniega porque todos los días tiene que pelear con los menores de edad que quieren que les venda bebidas: "es muy incómodo negarse y no tener un apoyo de las autoridades; además, ese cliente después se pierde porque no vendrá a comprar otra cosa". También dice que la droga ganó a las nuevas generaciones. "Una amiga vino horrorizada hace pocos días: a las 17 se cruzó en la plaza con un grupo que fumaba porros", relata. Carabajal indica que ese el único reparo que tiene con la Municipalidad. "Se hicieron obras y eso es visible. Tienen impacto comercial y turístico, y viene gente de toda la provincia a pasear ", añade.
Matías Carrizo, de 18 años, está encantado con el aspecto de las calles luleñas. "La ciudad está linda. Cambió mucho, antes había yuyos y tierra por todos lados y ahora hay pavimento e iluminación. Hicieron la peatonal, uniendo la plaza con la iglesia y se puede caminar por allí. Además, pusieron mesas de bares sobre las veredas del paseo y está bueno", destaca.
Pese a que le gusta salir a bailar y divertirse, se queja de que los chicos de su edad se instalan en los alrededores del espacio verde a la salida de los boliches. "Vienen a seguir tomando y escuchando música a todo volumen. Vienes, sábados y domingos, ningún vecino del centro duerme. Llaman a la Policía, pero nada...", concluye.