La Argentina, nuestra patria supuestamente idolatrada, tiene como rasgo -a veces virtud, a veces defecto- su extraordinaria apertura a lo foráneo -a veces sed de novedad, a veces esnobismo-.
Desde hace décadas, Woody Allen es un personaje nuestro. Digamos una especie de hijo adoptivo, como pueden serlo Serrat o Bergman o Fellini. Una o dos veces al año, cuando se estrenan sus películas, el fenómeno Woody alza una adrenalina que cosquillea a un amplio arco, que va desde el espectador medio al espectador con paladar intelectual.
Comparto algo que me sucedió en el marzo de 1990. De manera insólita pude entrevistar por teléfono, extensamente, a Woody Allen. Guardo las cintas, guardo su voz. Aún hoy aquella conversación entra en la órbita de las cosas que a uno y a los demás les parecen mentira.
- ¿Qué pasó en usted cuando tuvo la evidencia de su primer hijo?
- Fui feliz hasta el éxtasis cuando vi la cara del niño y comprobé que no se parecía a mí.
- Y ahora ante ese milagro cotidiano de su hijo que crece, ¿qué siente?
- Estoy maravillado. El niño es bello, se parece a Mía. En la familia de Mia todos son muy bellos, sus padres, sus hermanos, todos? y, ¿sabe usted?, nuestro niño parece ser muy inteligente. Me temo que estoy repitiendo algo que dicen todos los padres.
- ¿Sabe cocinar, Woody?
- No, prefiero no hablar de comidas.
- ¿Por qué?
- Porque por no comer hay gente que se va al cielo, y por comer mucho hay gente tan gorda que tiene hasta los ojos gordos. Terrible, terrible.
- Pero no irremediable. Están las dietas.
- Sobre las dietas escribí mi teoría. Son dramáticas. Imagine usted: alguien pierde 20 kilos de peso. ¿Qué pasa si en esos 20 kilos que pierde estaba su cuota de talento y de honradez?
- Por lo que se ve en sus películas y por lo que se desprende de su respuesta, usted vive acosado por preguntas tremendas? ¿Su psicoanalista no le resuelve estos interrogantes?
- A mi psicoanalista (y esto ya es público) yo le oculto ciertas cosas. Le oculto mi nombre, mi nacionalidad, mi sexo. Retengo información estratétiga.
- ¿Por qué hace eso?
- Porque cualquiera puede ser psicoanalista de uno si conoce todos los hechos. Por eso yo escondo bastante. No es cuestión de regalarles el dinero.
- Cambiemos de asunto. ¿Quiénes son sus directores preferidos?
- Fellini, Kurosawa, Bergman, Renoir.
- ¿Y cuáles los escritores?
- Faulkner, Joyce, Kafka, pero sobre todo Dostoievski, Tolstoi, todos los novelistas rusos.
- ¿Qué le sugiere la Perestroika?
- Que hay que alentarla. La democracia y la libertad hacen más felices a los seres humanos.
- ¿Se animaría a filmar en tono de comedia una película cuyos personajes fueran Van Gogh, Poe y Kakka?
- No me animaría a eso. No conozco lo suficiente sobre esos muchachos.
-¿Por qué sus películas son tan urbanas?
- Será porque detesto la naturaleza. Prefiero morir antes que vivir en el campo.
-¿Sabe la razón de semejante rechazo?
- No lo he averiguado. Debería preguntárselo a boca de jarro a mi analista. Aunque tal vez sea porque lo asocio a campo de concentración. Confieso que muchas veces siento que la vida se parece a un campo de concentración. A uno lo arrojan a un campo de esos y una vez adentro no entiende porqué. Lo mismo pasa con la vida.
- Hablando de la vida, ¿qué va a hacer este fin de semana?
- Lo de siempre. Soy un adicto. Un adicto al trabajo. Trabajaré, tocaré el clarinete, iré un rato a conversar con mis padres, jugaré con los chicos, miraré básquet por tevé?
- Usted, como el viejo Bergman, parece obsesionado buscando pruebas de la existencia de Dios?
- Así es. Ando en eso.
- ¿Algunas conclusiones para compartir?
- Por el momento creo que Dios existe. Y aunque no soy un conservador sino un librepensador, estoy a favor de la religión en las escuelas. Porque en los tiempos de exámenes no hay ateos. Eso está comprobado.
- ¿Cuándo duda de la existencia de Dios?
- Es doloroso tocar ese tema, se me estruja el corazón? En fin, hay veces que me digo: si existe la pobreza y la calvicie, no puede ser que exista Dios.
- Después de tanto cavilar, ¿obtuvo o no alguna prueba tangible?
- No hasta el momento. Lamento darle esta respuesta con el costo de su llamada telefónica. No obtuve ninguna prueba de la existencia de Dios. Pero no se preocupe, en cuanto la tenga lo llamo.
- En la reencarnación, ¿cree o no cree?
- No. Y es más: no me gusta nada la idea misma de la reencarnación. Eso de ir y volver, ir y volver, me resulta desagradable, por lo menos para mi gusto. Esto de andar muriendo y naciendo, muriendo y naciendo, no se lo deseo a nadie. Creo que con una vez está bien. Además, ya le dije: ni para el Oscar me gusta viajar.
- ¿Tiene una idea aproximada acerca "de dónde venimos" y "hacia dónde vamos"?
- Como tener tengo una idea, pero no es muy placentera. Prefiero no decirla.
- Con la idea de la muerte, ¿cómo se lleva?
- No demasiado bien. Le temo, me obsesiona, me preocupa bastante esa señora.
- ¿Cuántos años piensa vivir?
- Con buena salud, todos los posibles.
- Epitafio... ¿tiene pensado?
- Probablemente me gustaría que dijera que siempre traté de ser un poco mejor. No el mejor, sino yo un poco mejor.