En la noche del viernes, en el San Martín, Jorge Fontenla tomó la batuta de la Sinfónica y encaró un concierto de título un tanto amplio -"Los compositores y el amor"- entronizado en Leonard Bernstein, a 20 años de su muerte.

La platea llena vio cómo el telón descubría una orquesta numerosa, amparada en nuevo fondo de escenario de color tabaco, que se lleva muy bien con las luces. Por primera vez en Tucumán se pudo escuchar parte de lo que le costó a Alejandro Dolina el amor de Laura, en la obertura de la opereta criolla de 1998. Bajo la apariencia de comedia, en el relato trágico Manuel debía buscar una llave en el Barrio del Dolor para entregársela a Laura a cambio de su amor, y esa búsqueda lo conducía al olvido y la muerte.

En segundo lugar, la orquesta fue por un Piotr Tchaikovsky profundamente inspirado en la obra homónima de William Shakespeare. Bajo la forma de obertura-fantasía "Romeo y Julieta" (1869), el popular compositor ruso reivindicó su acendrado romanticismo, que ganó públicos gracias a su inagotable generación de melodía con grandes dosis de emotividad. La ascética camisa de seda negra de Fontenla alzó vuelo en el misterio de la géstica y la percusión retumbó, potente, contrapuesta a la sutileza del arpa en respuesta a los vientos. Los chelos y contrabajos eran un bloque compacto, en tanto violines y violas ofrecían nuevamente el entrañable desarrollo del tema, ese que permanece en el recuerdo y que aflora después en el tarareo o en el silbido.

Más de la mitad de la orquesta se retiraba por la escalera de artistas cuando dieron sala a una agrupación reducida. Entonces el director pidió aire -acondicionado-, lo que se acató de inmediato, y reconoció que hubiese faltado -faltó- un subtitulado. Habló del musical más exitoso de todos los tiempos, "West Side Story", con música de Bernstein, estrenado en 1957 que, tras 20 años en cartelera se expandió al mundo. Luego fue película, aquí con el dudoso título de "Amor sin barreras".

Romeo y Julieta se instalaron esta vez en el Bronx, en medio del enfrentamiento entre los Jets (estadounidenses de origen irlandés) y los Sharks (inmigrantes puertorriqueños). Allí surge el amor entre María y Tony, en medio de la ilusión por la libertad, la modernidad y el consumismo, así como el desengaño ante la marginación racial y la pobreza.

El innovador paseo musical de la partitura empezó bien Bernstein, por el blues, y siguió por el chachachá (el encuentro) y el más puro jazz. "María" clamó el tenor Carlos Vittori, y con "One hand, one heart", María -la expresiva soprano Julieta Schena- y Tony se juraron amor eterno. La mezzo Roxana Deviggiano pintó la tristeza con su voz grave en "Somewhere". "A boy like that" planteó un vigoroso dúo de mezzo y soprano. Y todo terminó otra vez en la escena del balcón, donde María y Tony desearon: "Good night, good night. Sleep well and when you dream, dream of me. Tonight".