Novela
LA SANGRE Y LA INFAMIA
MIGUEL WIÑAZKI
(El Ateneo - Buenos Aires)

Cuando uno lee La sangre y la infamia, de Miguel Wiñazki (1956), no puede menos que registrar de forma nítida las enormes posibilidades de la investigación periodística, del relato literario, del lenguaje mismo y del pensamiento propiamente dicho. En ese orden hipotético y todo envasado al vacío. Al servicio de la conservación y la degustación. Para nutrir y paladear.  Para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero.
En efecto, por semejante cadena asociativa conduce un texto que, en todo caso, será redondo por beneficio de cuidado, de encastre, de fluidez, mas no porque su autor haya consumado algún tipo de alarde. Por el contrario. Macerado en las pacientes arenas del periodismo bien entendido (información contrastada, interpretación responsable, opinión intelectualmente honesta), Wiñazki tiende a un máximo de simplicidad con la legítima aspiración de propiciar un máximo de intensidad. Y al cabo, o mejor, desde la página bautismal, su producido se desliza sin obstáculos ni ataduras por un camino que aligera el equipaje del lector y al tiempo que lo libera de incordios le dispensa un rozagante bienestar.
La sangre y la infamia late y persevera en tres pilares: Alberto Barceló, Manuel Fresco y Juan Ruggiero, Ruggierito. Intendente de Avellaneda el primero, gobernador de la provincia de Buenos Aires el segundo y singular matón el tercero,  portador de una espesa mezcla de inescrupulosa crueldad y azarosa bondad. Un hombre de acción, Ruggierito. Aspero desde la cuna, pesado por vocación, proxeneta por elección y trágico por decantación. "Caminaba hacia las balas haciéndose querer", dice Wiñazki que dice el narrador de la historia, a propósito de Ruggierito, mano derecha de Barceló (buque insignia del fraude y la corrupción de la Avellaneda de comienzos del siglo XX) y multiplicador de panes entre los desposeídos que él, bajo la tutela de una consentida hermandad, arropaba y protegía.
En el medio, o más bien desde su pedestal (metálico, omnipresente, implacable), Fresco, caudillo conservador si los hubo, adorador de nenes de pecho del tipo de Benito Mussolini y Adolf Hitler.
Así, al modo de un policial que casi como al descuido abreva en las arenas del ensayo sociológico, aunque sin forzamientos, ni rebusques, ni efectismos, cabalgan personajes de tonos orientados con pericia e historias que no por conocidas serán presentadas con administrativa languidez. Qué va. Tan logrado es el registro, y tan perfilados los claroscuros de ese universo cifrado por la pendencia, la venalidad y la franca sordidez, que declinamos la posesión de toda referencia historiográfica y  simulamos no tener la menor idea de quién fue Barceló, de quién fue Fresco, de quién fue Ruggierito, y desde esa sintonía virginal nos abandonamos a la visita guiada.
Wiñazki (foto), minucioso, caudaloso y generoso, nos recompensa con una novela que, ajena a toda ínfula, invita a ser difundida con la fervorosa legitimidad de la buena noticia que se abre paso de boca en boca.

© LA GACETA

Walter Vargas