Washington no vota el martes. Por lo menos, eso se respira en las anchas calles de esta capital, donde todo el mundo hace su vida común y corriente, y no hay ninguna señal de campaña proselitista para renovar el Parlamento donde el Partido Demócrata se juega, nada más y nada menos, que su mayoría en las bancas, con pocas posibilidades (ninguna según las encuestas) de mantenerla.
No hay pasacalles, afiches, y ni siquiera se reparten los famosos pins norteamericanos. Menos que menos, boletas con los nombres de los candidatos al Congreso: no existen las papeletas en este Estado de la Nación.
No es que no haya política en esta enorme ciudad; por el contrario, está muy presente. Washington es el lugar de las oficinas públicas, y sea donde sea que uno levante la vista al cielo, verá una bandera rojiblanca con estrellas flameando. Esa es una declaración política por antonomasia, que acá dice presente constantemente.
Si la campaña electoral no está en las calles, se multiplica en los canales de televisión. El presidente Barack Obama participó frecuentemente en programas de distinto tenor (incluso de humor sarcástico, del que Roberto Pettinatto robó el formato) y hasta grabó un mensaje en castellano para los votantes de origen latino.
El mejor ejemplo de esta forma de movilizar al elector se evidenció con la concentración de hoy a doscientos metros del Capitolio, en el National Mall, un espacio verde que une la sede del Congreso con el Obelisco en honor a George Washington. Se esperaba a casi medio millón de personas, y por el despliegue y el nivel de ocupación de los hoteles de la ciudad (fue dificultoso conseguir alojamiento), la cifra estaba asegurada desde hace varios días.
No hubo candidatos como oradores, ni flamearon banderas demócratas. La consigna no era "vote a tal o a cual para defender y ayudar a Obama"; por el contrario, nada estaba expreso, sino que se sobreentendía y flotaba en el ambiente festivo.
Los protagonistas fueron Jon Stewart y Steve Colbert, actores estelares del canal Comedy Central, y la convocatoria respondió al llamado "Rally to restore sanity and/or fear". La traducción es "marcha para recuperar la cordura y/o para mantener el miedo".
En la frase se sumaron los dos irónicos humoristas con su cuestionamiento a toda energía de los discursos ultraconservadores que protagonizan los candidatos del Tea Party. Para ello recurren a llevar al extremo los discursos de los referentes republicanos hasta transformarlos en un absurdo de difícil aceptación.
Lo de recuperar la cordura apunta contra ciertas frases de opositores del Obama, como Glenn Beck, cuyo equilibrio emocional es puesto frecuentemente en duda desde los programas humorísticos (fue el principal referente que movilizó a cientos de miles de personas en agosto para "recuperar el honor", embrión de esta respuesta en las calles). Lo referido al miedo apunta a otro de los mensajes reiterados del sector conservador, centrado en la seguridad nacional en una sociedad altamante sensibilizada y que enfrenta alertas por presuntos intentos de ataque extremista cada vez que hay algún hecho político importante.
Paga el militante
A lo largo de casi un kilómetro, desde la tarde del viernes se instalaron 20 pantallas de leds de cuatro metros de alto por 10 metros de ancho; cientos de baños químicos; y puestos sanitarios y negocios de merchadising y de comida al paso. Nada es gratis: pocos dudan del contexto proselitisa del acto supuestamente artístico, pero todos pagan por lo suyo. Nada del sánguche y la gaseosa y mucho menos del ómnibus para el traslado. Todo sale del bolsillo del público-militante, los mismos que se anotaron como voluntarios para organizar a los que llegaron simplemente para reírse. Y el montaje y la organización, de los productores de los programas, que insisten en que sólo buscan hacer reir y no le hacen campaña a nadie.
Los que no se acercaron a este paseo, lo vieron en directo por televisión. El gran -enorme- desafío de los demócratas es que los que prendieron su TV en las casas vayan hasta el lugar de votación el martes, para definir los 435 asientos de la Cámara de Representantes (es la totalidad de los Diputados); 36 de los 100 escaños en el Senado y 37 gobernaciones.
La situación social y económica en los Estados Unidos empeoró durante la gestión Obama, que no pudo cumplir muchas de sus promesas. La decepción no lleva tanto a cambiar el voto de demócrata a republicano, sino simplemente a quedarse en su hogar y no ir a sufragar, aunque se esté empadronado para hacerlo (sólo la mitad de los norteamericanos está anotado, en un país donde el derecho al voto es voluntario y no impuesto).
Esa puja salta a la vista constantemente. El episodio de la sitcom "Will & Grace" tiene dos años, pero fue reiterado recientemente por el canal Sony Television. Desparramados en un sillón, conversan desapasionadamente los dos protagonistas; recuerdan años de activismo, compromiso y liderazgo. Ahora están desmotivados, desaprensivos, sin nada que los impulse a una reacción. De pronto entra su amigo Jim y, voz en cuello, les pregunta si ya fueron a votar, con una respuesta negativa a coro. El recién llegado les informa que él ya lo hizo y especifica: "por el muchacho negro". "¡¡¡Cómo!!! ¿Hay un negro de candidato?", pregunta Grace y sale corriendo con Will sin esperar la obvia respuesta.
Ese cambio de actitud era el distintivo cuando Obama empujó la ilusión de amplios sectores de la sociedad norteamericana de recuperar el protagonismo personal en la toma de decisiones. De recuperar esa chispa depende el futuro de los demócratas en el Parlamento. Por el momento, el entusiasmo frente a las pantallas de televisión, acomodados en el lugar más cómodo de cada vivienda.
De pronto, por las razones del destino, de preguntador uno se transforma en preguntado. El sorpresivo deceso de Néstor Kirchner motiva al interlocutor, cuando se entera de que el recién llegado es de la Argentina y, más informado y activo que el común en los Estados Unidos, a miles de kilómetros de Rosario, Tucumán o Neuquén, expresa el mismo interrogante que se repite en cada mesa de café del país de origen: ¿qué pasará ahora?
No es que la Argentina ocupe un lugar destacado en el pensamiento o sentir norteamericano, sino que el inesperado deceso despertó la curiosidad propia de la incertidumbre que despierta un país de nuevo incipiente en el panorama internacional. La duda sobre el futuro no se puede develar ni allá ni acá.
El castellano es la segunda lengua en Washington y, si bien el fallecimiento de Kirchner sólo fue tapa (aunque nada más y nada menos) que en The New York Times, The Washington Post y The Boston Globe, tuvo un amplísimo despliegue en los dos diarios gratuitos en español que circulan en la capital estadounidense: Washinton Hispanic (con la foto de la Presidenta caminando alrededor del féretro a un tercio de tapa) y El Tiempo Latino (el nombre es en castellano), con la imagen del traslaso del poder de Kirchner a su esposa en 2007. Pero los trabajadores latinos están hoy más preocupados por su presente y por su propio porvenir en un país que endurece las leyes inmigratorias (con fuertes persecusiones) antes que en Buenos Aires. Los que demuestran interés son estadounidenses de lectura amplia y funcionarios desarraigados de distintos países.
La inquietud no busca una respuesta precisa, sino un contexto de información sobre qué está pasando en la política argentina y qué puede pasar; quién es realmente y qué poder tiene Cristina Fernández y qué rol podrá jugar el hijo del ex Presidente, ese muchachote del que quieren saber si el relativo parecido físico con el desaparecido líder se repite también en sus condiciones políticas. Otra vez, pronto para contestar.
Son tantas las incertidumbres ante el destino inexorable de la muerte.