Dos hechos de gran relevancia tendrán lugar hoy y el martes en dos grandes países americanos. Ambos tienen significación especial para la Argentina porque puede tal vez implicar movimientos en la relación con ambos. Tras una reñida elección y ahora en balotaje, 135,8 millones de brasileños están habilitados para elegir hoy en las urnas al sucesor del presidente Luiz Inacio Lula da Silva. Los competidores son la oficialista Dilma Rousseff y José Serra. El martes, habrá comicios en los Estados Unidos, considerados clave, porque está en juego la mayoría demócrata en el Congreso. Se renovará toda la Cámara de Representantes -435 escaños- y un tercio del Senado (37 de los cien lugares) y se elegirán los gobernadores de 37 Estados.

Así como los sondeos previos dan por ganadora a la candidata oficialista en Brasil, en el país del norte, se especula con una derrota legislativa de Barack Obama, primer magistrado de esa nación. Algunos analistas sostienen que ayudados por un alto desempleo y el enojo de los votantes, los republicanos ganarán la batalla. Los demócratas, por su parte, recuerdan que la crisis se originó bajo la era Bush. Según nuestro enviado especial en Washington, la decepción de los estadounidenses con Obama que no pudo cumplir hasta ahora con sus promesas preelectorales, no lleva tanto a cambiar el voto de demócrata a republicano, sino simplemente a quedarse en casa y no ir a sufragar.

En el Brasil, la postulante oficialista anticipó que de ganar, mantendrá la política exterior de Lula, su mentor político, ampliando la presencia internacional de su país, mientras que el opositor critica que su nación se haya aliado con regímenes dictatoriales como el de Irán, y cuestiona el Mercosur, un dato que no debería ser menor para los argentinos.

En el país hermano, así como ocurrió antes en Chile, los distintos candidatos sostuvieron durante la campaña proselitista debates públicos y televisivos para presentar sus plataformas y discutir sobre ellas. Este tipo de experiencia que muestra la madurez política de una sociedad, permite a los electores conocer lo que piensan los postulantes sobre los diversos temas. Un debate implica diálogo, la posibilidad de discutir ideas, y si se desarrolla en un marco civilizado, más positivo aún. Si la carencia de argumentos conduce al insulto o a la descalificación personal del otro, no hay construcción ni interés de escuchar lo que piensan los demás. En los debates chilenos y brasileños, hubo, por cierto, situaciones ríspidas entre los contrincantes que no llegaron a empañar las mesas redondas.

Los argentinos tendremos elecciones en 2011 -en agosto, las provinciales; en octubre, las presidenciales-. Hasta ahora, la clase dirigente no ha podido realizar estos debates que son fundamentales para que la ciudadanía conozca cómo son y qué piensan los candidatos a la primera magistratura cuando están frente a otros y a una vasta teleaudiencia, y deben exponer sus programas y defenderlos. Es, sin duda, un sano ejercicio que practican algunas viejas democracias (EEUU) y otras recientes (Chile, Brasil) que aún no hemos podido poner en marcha. Seguramente, tiene que ver con nuestra idiosincrasia conflictiva que se refleja tal vez en un disconformismo constante, en lo que Arturo Jauretche definía como "autodenigración": o somos los mejores del mundo o los peores. Cada uno pareciera ser el dueño de la verdad y, por lo general, no admitimos que el prójimo pueda tener razón.

El diálogo, la comunicación, la discusión, el consenso, el desacuerdo, la conciliación, el ceder, el saber ganar y saber perder son una práctica constante que llevan a la maduración, a la adultez. Sería positivo que alguna vez lo entendiéramos y lo lográramos.