El llevó tranquilidad, no la ganó para sí. El aire libre del desierto pegó en su cuerpo para alivio de la raza humana que volvió a creer en su propia destreza, en su empeño, en su sabiduría, en su progreso, en su tecnología, en su amor, en su unidad, en su fe. Florencio Avalos recuperó su vida para todos, no para sí mismo. Salió entero, sobrio, lúcido, con la cabeza en alto, el rostro serio y la sonrisa leve. No soltó su angustia, ni su ansiedad, ni sus pesares de la vida bajo tierra. Por el contrario, su solvencia liberó el llanto de sus familiares, desarmó los nudos de las gargantas y dejó fluir el suspiro contenido de millones de personas que, en todo el planeta, fijaron sus ojos en lo que sucedía bajo tierra, como en algún momento lo hicieron hacia el cielo: antes, se conquistó la luna: ahora, el subsuelo.

Florencio salió primero por su condición de hábil. En la planificación del rescate, el primero en salir debía ser el hombre fuerte del grupo, el que esté preparado para controlar imponderables durante el ascenso, el que podría soportar la presión del "afuera". No fue errada la elección del capataz de 31 años, padre de dos hijos y el segundo al mando en el pozo de los 33. Cuando salió de la cápsula, en los cuatro minutos que transcurrieron entre su primera pisada en la superficie y su reposo en la camilla en la que lo trasladaron al centro de atención médica hizo lo que, quizás, pocos esperaban: no se desesperó ni se tambaleó ante el cambio de condición de hombre subterráneo a minero rescatado. Abrazo y consoló a Byron, su hijo de siete años que lloró de emoción y ansiedad durante 13 de los 16 minutos que la cápsula se demoró en salir a la superficie. Luego, hizo lo propio con su esposa Mónica Araya, a quien abrazó y beso durante varios segundos.

El agradecimiento de los mineros atrapados se traslució, quizás, en una imagen: la del tercer abrazo, largo y sentido, para el presidente de Chile Sebastián Piñera.

Mientras estuvo bajo tierra, Florencio dejó en claro que no le gustaba dejarse ver y encontró la excusa perfecta ejerciendo de camarógrafo. Valiéndose de su condición de capataz y de su antigüedad de más de tres años en la mina San José, colocó allí a su hermano Renán y a su cuñado, Osman Araya, que aún esperan ser rescatados. Florencio no sueña con ser un héroe. El capataz le dijo a su mamá, María Silvia, que una vez fuera del infierno le gustaría convertirse en camarógrafo.

Florencio transformó la esperanza en realidad. Fue el primero en salir, en reivindicar la fortaleza humana, en enseñar el camino a la cordura en momentos de locura. Florencio es un tipo normal. Ya está afuera y su tímido pulgar en alto, sobre la camilla, fue el símbolo de la grandeza que encierra la humildad.