SAN PABLO.- La extensión de la campaña dará a los partidos de la oposición y a los medios de comunicación la oportunidad para desenterrar nuevos episodios de corrupción dentro del Partido de los Trabajadores (PT) de Dilma Rousseff. Sería aún peor que el develado por la revista Veja hace cuatro semanas sobre Erenice Guerra, la sucesora de Rousseff como jefe de Gabinete, acusada de tráfico de influencia para obtener contratos de obras públicas para firmas ligadas a su hijo. Guerra renunció.

El estallido de un escándalo de gran magnitud que salpique directamente a Rousseff sería eventualmente el único escenario en el cual perdería frente a José Serra. Y si se trata de un hecho de menor escala puede causarle problemas de imagen y tensiones internas dentro un partido que ha sido repetidamente acusado de tácticas sucias desde que asumió el poder en 2003. Un escándalo de compra de votos obligó a varios líderes del PT a dimitir en 2005 y casi llevó a un juicio político en contra de Lula.

Por otra parte, otras cuatro semanas de campaña pesarán sobre las cuentas fiscales, ya deficitarias debido a que el Gobierno pasó la mayor parte de este año usando fondos públicos para la campaña. Pese a que es improbable una crisis fiscal importante debido a la relativamente baja deuda de Brasil y al fuerte flujo de inversión, las tasas de interés -entre las más altas del mundo- podrían seguir en ese nivel mientras el despilfarro del gasto público absorbe el crédito destinado al sector privado.