MADRID.- En la resaca de la huelga general del miércoles, que dejó patente la fractura en la izquierda, sindicatos y gobierno mostraron ayer que saben que están condenados a entenderse.
Gran parte de quienes con sus votos y por dos veces condujeron a José Luis Rodríguez Zapatero a La Moncloa secundaron el paro contra la reforma laboral y las políticas económicas. La huelga protagonizada por la propia base social en la que el Partido Socialista (PSOE) tiene sus votos paralizó los principales centros industriales del país, pero en el resto de los sectores tuvo un seguimiento moderado. Ese balance permitió salvar la cara tanto al Gobierno como a los sindicatos, que en estos tiempos no gozan de gran reputación entre los españoles. Con una tasa de desempleo superior al 20% y 4,6 millones de desempleados, muchos consideran que no han hecho lo necesario para revertir tal situación.
El gobierno puede sentarse a negociar consciente de que no ha habido un clamor general contra sus políticas económicas y de que el coste político de la huelga no será muy grande. De hecho, la participación fue menor que en la de 2002 contra la reforma laboral de José María Aznar, que acabó rectificándola. El opositor Partido Popular ha dicho que fue una "huelga entre amigos". Y es que, además de que las dos partes pactaron antes del paro los servicios mínimos, algo nunca visto en la historia democrática de España, el día de la huelga evitaron entrar en el clásico enfrentamiento de descalificaciones y guerra de cifras. Los líderes sindicales instaron a Zapatero a rectificar en su política económica, pero evitaron atacar directamente al Ejecutivo. (DPA)