Desconcertados. Descontrolados. Las dos D se aplican perfectamente a los hombres de la Policía, fuerza que exhibe por estos días una oscura faceta: la del aprendiz de brujo que ha perdido el dominio sobre su propio poder. Así lo muestran el escándalo de la comisaría de El Manantial (donde un preso que tenía tratamiento VIP fue filmado mientras negociaba con un adolescente en la puerta de la comisaría), la denuncia por robos, venta de drogas y accidentes en Simoca y varios hechos traumáticos que demuelen la escasa sensación de seguridad de la ciudadanía.
Duros complementos
Dividamos la larga serie de problemas en dos partes: la de la inseguridad y la del descontrol. Ambas son igualmente inquietantes y, según se ve en los tristes sucesos de Simoca, se complementan.
La inseguridad es la que más preocupa a la comunidad. El asalto de ayer al distribuidor de Aguilares; el ataque al jubilado de Tafí Viejo hace dos semanas; la "salidera" a un médico hace una semana en la esquina de San Juan y 25 de Mayo; los sustos por robos, asaltos y amenazas que denunciaron los intendentes de Simoca (esta semana) y de Tafí Viejo (la semana pasada).
La respuesta de los funcionarios parece la de personas despertadas de una larga siesta: opinan que son exageraciones de la prensa o niegan que exista lo que se denuncia. "Aquí no hay ?salideras? ni asaltos de magnitud. Se dan con frecuencia escaramuzas de poca gravedad. Por estos lugares la seguridad está controlada", dijo el comisario Félix Romano, jefe de zona en Simoca. "Veo que generalmente la mayoría de las opiniones hablan mal antes que bien", opinó el ministro de Seguridad Ciudadana, Mario López Herrera, quien explicó que no se percibía ninguna sensación de inseguridad en Simoca, "sino al revés".
En ese despertar brusco, la Policía está aprendiendo que se cayó uno de los mitos de Tucumán, que decía que en nuestra provincia no había "salideras" bancarias, tema que vuelve locos a los porteños. Duramente hemos aprendido que acá ahora también hay este tipo de ataques.
La faz oscura
La segunda parte de los problemas es el descontrol. La fuerza de seguridad ha sumado tal cantidad de denuncias por irregularidades, desmanejos y delitos que asusta: desde la "zona liberada" en Alberdi en enero, pasando por los casos de policías tucumanos acusados de asaltos detenidos en Salta, del oficial acusado de dirigir bandas delictivas en el interior de la provincia y las denuncias de las madres de adictos a policías de la seccional 11a de proteger a los vendedores de drogas, hasta los sucesos de El Manantial. Este último caso incluye las denuncias de feriantes de que los agentes les cobraban coimas para montar sus puestos en la plaza de El Manantial.
Dos posibilidades
¿Son todos ejemplos de "manzanas podridas", como dijo el gobernador José Alperovich? ¿O son producto de un tipo de concepción del oficio policial como el modelo del policía que se embarra con el lado oscuro de la sociedad y se maneja con métodos propios, al margen de la ley? El cine ha retratado esa imagen en cientos de películas, a partir de la encarnación de Orson Welles del policía corrupto Hank Quinlan en "Sed de mal". Si no fueran manzanas podridas y sí exponentes de un modelo estructural desviado, de nada habría valido la incorporación de más de 4.000 nuevos hombres y mujeres a la fuerza en los últimos siete años: el sistema terminará invariablemente fagocitándolos. Será como el cajón que pudre las manzanas.
Tras haberse refugiado en el silencio desde que estalló el escándalo de El Manantial, el ministro López Herrera ayer se distanció del estallido de Simoca y, al estilo Poncio Pilatos, dijo que el problema de las drogas y las adicciones no es estrictamente policial y puso énfasis en sugerir que hay una campaña para desacreditar a la fuerza de seguridad.
Pero ahora está en un problema. No bastó la separación de 23 hombres de sus cargos (destituciones, puestas en disponibilidad y traslados). Ahora hay malestar y los jefes y los funcionarios civiles se aprestan a soportar el cimbronazo, porque en momentos en que la tropa está disconfome se sospecha que se hace la vista gorda o se trabaja "a reglamento". Las extrañas circunstancias que llevaron al suicidio del comisario Carlos Páez, de Simoca, un "duro" en la fuerza, contribuyeron al malestar. Esto inquieta no sólo al gobernador sino a los legisladores que, dicho sea de paso, no hicieron ningún debate sobre política de seguridad en los últimos años.
El ministro defiende la fuerza; pero los hechos llevan a la desconfianza. La cuestión fundamental es debatir cómo se controla a una institución que se maneja sobre la base de normas obsoletas, que no ha cambiado en nada desde que llegó la democracia y cuya conducción civil se ha policializado, ha propiciado la autogestión de los comisarios y no parece tener ningún tipo de poder de decisión sobre la maquinaria policial.