Vinieron de Brno, República Checa. Desde 1987 Ivan Matyas dirige la Czech Chamber Soloists, fundada por su padre hace más de tres décadas. Y todo ese tiempo ha afianzado la solidez musical del conjunto que tocó en el Teatro San Martín, en el marco del 50º Septiembre Musical.

A la sencillez de sus atuendos negros los 12 intérpretes sumaron el detalle de ubicarse de pie ante sus atriles. Esa escasez era pura apariencia, porque al influjo de los arcos sonó la abundancia de una técnica excelente, así como una homogeneidad en ritmos y dinámicas en un amplio espectro de posibilidades expresivas. Con esos argumentos atacaron por el barroco, con el contrapunto que compuso en Moravia Franticek XaverRichter en su Adagio y fuga en Sol menor. El desenfado y la alegría eterna de Wolfgang Amadeus Mozart están en el Divertimento en Fa mayor KV 138. Los primeros violines se volvieron protagonistas de esta música que en el siglo XVIII servía para aliviar la espera del público entre actos de óperas o ballets. Luego los solistas ascendieron a la cumbre del barroco -y de la cultura universal- al abordar el Concierto en Re Menor BWV 1059 para oboe y cuerdas de Johann Sebastian Bach. Entonces entró en escena el histriónico -y virtuoso- oboísta Vilém Veverka.

En la segunda parte seguiría reinando el oboe, en el bello Concierto en Mi menor de Georg Philip Telemann. Y luego, ya en el siglo XX, el prolífico bohemio Bohustav Martinu proveyó su único Sexteto para cuerdas, que planteó decididamente una enconada tensión entre violines-violas versus chelos-contrabajo. Por último Benjamin Britten trajo la pedagógica Sinfonía Simple, con el obstinado del pizzicato picaresco del segundo movimiento.

A la salida, un nostalgioso dijo que el concierto le recordó el Septiembre Musical de otras épocas...