Hacía calor al entrar en la sala del teatro San Martín el sábado a la noche, y el aire acondicionado fue bienvenido. El programa del 50° Septiembre Musical convocaba a "Ballet clásico y contemporáneo", y el solo nombre de los intérpretes bastó para que las butacas fueran ocupadas hasta el cielito.
Al abrirse el telón, el piso lustroso y una cargada arquitectura en el fondo de escena configuraron un salón de baile en la Viena del siglo XIX. Allí, las señoritas de un internado esperaban que llegaran los cadetes para su "Baile de graduados".
Desde el comienzo se sintió el aire de opereta que a David Lichine le sirvió para diseñar un ballet brillante y al que la música de Johann Strauss le aportó la alegría. Poco a poco la rigidez  militar fue doblegada por las niñas de gasa, volados y puntillas. Fue a fuerza de sucesivos divertissements y a la intervención de una corpulenta institutriz -Juan Manuel Flores-, que con el aleteo del abanico sobrellevaba el constante cortejo de un pétit general, Claudio Aprile.
Pronto la pompa vienesa trocó en el ascetismo de la oscuridad y de un humo envolvente: era la "Bella noche" del Ballet Contemporáneo. Uno a uno, chicas en coloridos vestidos cortos y muchachos de pantalón y camisa grises fueron rompiendo las tinieblas. Se trataba del ritual social del baile con la sensualidad como patrón, en la coreografía de Gerardo Litvak y bajo la batuta de Patricia Sabbag.
Ritmos caribeños, blues, cumbia, chachachá y mambo de Pink Martini, Los Lobos y Henry Cramer con espectaculares juegos de luz -de azul a rojo y al final, verde- bañaban a los afiebrados bailarines.

Zapatitos de taco

Un locutor anunció que, en homenaje al Septiembre Musical se ofrecería "El día que me quieras". Mercedes de Chazal, directora del Ballet Clásico, cambió las zapatillas de punta por zapatos de taco color piel. En íntima entrega, una luz fría resaltaba los pocos brillos plateados del etéreo vestido blanco. Y en sutiles cortes y quebradas, con Guillermo Rodríguez dibujaron a Gardel por todo el escenario.
Acertado fue el cambio de orden del programa que permitió que Maurice Ravel y su potente"Bolero" cerraran la velada con el Ballet Clásico. Súbitamente, en la negrura, dos chorros de luz cenital blanca recortaron dramáticamente las figuras de Carolina D'Urso -rojo sangre en la falda flamenca y en la flor en el pelo- y Ricardo Contreras -de negro austero y cordón rojo a la cintura-. Ambos irrumpieron en contrapunto de taconeo del varón y las elipses de las manos de la mujer que toman y dejan la falda. El coreógrafo José Zartmann usó cada efecto orquestal para que, paulatinamente, grupos de parejas se fueran integrando en ritmo y tempo invariables. La melodía obsesiva, repetida una y otra vez, crecía y con ello, en la noche oscura del escenario las faldas en vuelo se encendían con los destellos de las luces rojas y el zapateo obstinado golpeaba el corazón. Al punto de inducir el efecto que Ravel urdió: el temor de que el crescendo no tuviera límite. Pero, se sabe, la coda estrepitosa anticipa el alivio que se producirá tras la explosión final. Y el aplauso también explota y libera.