Cuando analiza la historia argentina, Roberto Cortés Conde explica los avatares de la Nación a la luz de dos factores que se retroalimentan: la política y la economía. Y - alberdiano y sarmientino al fin- enfatiza que no hay desarrollo posible sin educación y modernización tecnológica; y no teme que lo tilden de unitario cuando opina que, en la disputa "interior - Buenos Aires", la única culpa de la Reina del Plata fue "tener un puerto", justo cuando las posibilidades de comercio exterior que brindaba el barco a vapor, hacia el siglo XIX, opacaron el brillo que hasta entonces le había dado al Norte el oro que se derramaba desde las minas de Potosí.

Profesor emérito de la Universidad San Andrés, docente de Historia Económica y autor de "La economía política de la Argentina en el siglo XX" (entre otros numerosos títulos de su especialidad), Cortés Conde disertó anoche sobre la Argentina y el Bicentenario en el marco de la Expo Tucumán 2010.

Si bien opina que hay que mirar la geografía argentina para entender las causas del crecimiento de Buenos Aires, también enumera otras causas menos naturales, y más culturales, para explicar por qué la Argentina del siglo XXI no cumplió lo que prometía ser. "Desde la Segunda Guerra mundial -afirma- este país vivió con déficit continuo; y es imposible vivir así ".

- ¿Por qué llegamos a este punto?

- Vivimos una inflación, que es la enfermedad argentina; esta enfermedad que consiste en creer que se puede vivir sin pagar lo que uno gasta.

-¿Cómo se retroalimentan política y economía?

- La política da el marco para poder trabajar; la economía es, simplemente, usar más eficientemente los recursos. Pero una característica de la Argentina es que en momentos en que la economía anda bien, los partidos en el gobierno tienen mayores posibilidades de ganar. Yo lo grafico con la imagen de aquel que toma un vasito de vino, y que termina tomándose la botella. Hay un momento de euforia inicial, que la "ayuda" a la política. Pero después termina como en el 89 con la hiperinflación. Y nadie puede decir exactamente cuál es ese momento. Hay otra cosa, que tiene que ver con la naturaleza humana, que es la capacidad de la gente de olvidarse. Yo crecí cuando todavía había estabilidad de precios. Después empezó esta larga historia que pensé iba a terminar en el 89, con la "hiper". Y no terminó, sigue.

-¿Por qué sigue?

-Porque con esto el gobierno consigue recursos; no es inocente; ahora, si viene la inflación fuerte, como le pasó a Alfonsín, pierde. ¿Y qué es lo peor de la economía para la política? Lo que le pasó a De la Rúa, una recesión con desempleo. La gente le teme más a la recesión con desocupación que a la inflación. Nadie hoy se da cuenta de que en los primeros momentos de inflación - el primer vaso de vino- todo el mundo está bien. Pero cuando toma varios vasos, y se endeuda, hay que pagar; alguien tendrá que pagar, y usted no se da cuenta de que le estamos haciendo perder a otro. Y esa es la cosa perversa de la Argentina; eso de que para ganar, le tengo que hacer perder a otro; que gastemos para que un chico que se va a jubilar dentro de 30 años, no tenga entonces ni un centavo.

- ¿Eso está en el ADN del argentino?

-Creo que es el ADN de la cultura populista que apareció en la Segunda Guerra Mundial. No es el ADN del argentino que yo conocí cuando iba a la escuela Normal de Paraná, en 1938, cuando teníamos dos cosas importantes: la bandera y la caja de ahorros.

-¿Lo culpa al peronismo?

- Yo lo culpo a Perón.

- Pero Yrigoyen también tuvo rasgos populistas...

- Sí, pero no manejó la parte monetaria. Perón se financió con el Banco Central, que presidía Miranda. Evita siempre decía: "qué bueno este Miranda, siempre que le pedimos plata, nos la da". Ahora, eso no significa que el peronismo no haya tenido otros rasgos positivos, como el de hacer subir los ingresos de los trabajadores, en su primera etapa.