Salvo algún caso aislado, las novelas de Dennis Lehane (publicó nueve) no se consiguen en las librerías argentinas. Cuando se pregunta por él, los vendedores nos piden repetir el apellido antes de cargarlo en la búsqueda de la computadora. A veces encuentran un ejemplar de "Desapareció una noche" (Gone, baby, gone), y raramente "Río místico" o "La isla siniestra". No hay rastro de las primeras ni de la última, "Cualquier otro día", que en España ya cosecha unánimes elogios de la crítica.
Aquí la obra de Lehane sólo se conoce a través de las magníficas versiones cinematográficas que hicieron Clint Eastwood, Ben Affleck y Martin Scorsese de los libros mencionados. Al nuevo dicen que lo filmará Sam Raimi.
Pero quienes piensen que ya conocen la obra de Lehane por haber visto las películas, se equivocan. Hay que leerlo para conocerlo. El escritor ambienta sus historias en barrios obreros de Estados Unidos -como aquel de Boston donde nació en 1965- y está considerado el nuevo maestro de la novela social norteamericana. Cultiva un arte narrativo que excede el género negro y cualquier versión cinematográfica. Es capaz de maravillar al lector más exigente.
Cuando llevó a la pantalla "Río místico", hoy convertida en obra de culto, Clint Eastwood dijo que lo conmovió el tratamiento que el autor le da al tema del abuso infantil. Ese tema aparece también en los otros dos libros mencionados, porque Lehane tiene una especial sensibilidad por él. En su época de estudiante trabajó varios años como monitor en un centro de contención para niños que habían sido víctimas de abusos sexuales.

"He visto destrucción a gran escala -comentó en una entrevista-. Vidas que son  irrecuperables sin haber llegado a la adolescencia, y en este asunto de los niños maltratados acabo sintonizando con la derecha más extrema. Entiéndame -explicó-, no pido la muerte para quienes violan a niños, pero sí la prisión para siempre. Que no les hagan daño, que tengan una vida cómoda, pero que no salgan nunca más a la calle. ¿Sabe lo que ocurre? Que el niño maltratado se convierte en un adulto maltratador y reproduce un círculo vicioso. Creo que si apartáramos de la sociedad a los maltratadores, en un par de generaciones se habría roto el círculo y el problema dejaría de ser tan espantoso como ahora. Hay mucho más de lo que vemos, se lo aseguro".

La escena inicial de "Río místico" muestra a los tres protagonistas cuando eran chicos y jugaban en la calle de su barrio, el día en que se comete el primero de los dos crímenes que son el motor de la historia.  Se ingresa allí en el clima opresivo, de tragedia y violencia no mostrada pero imaginada, de amargura existencial, que domina la película. No hay respiro, porque el formato fílmico exige una síntesis. En cambio, la novela permite degustar el lenguaje narrativo del autor, que no tiene desperdicio. Narra -por ejemplo- historias conexas que se resuelven en elipsis temporales breves, escenas de la vida de la comunidad que es telón de fondo y también actor del drama, transmite imágenes y sensaciones mediante metáforas que son un hallazgo. Más que describir, le gusta contar, invitar a cuestionar los ideales de una sociedad y mostrar su costado menos optimista. Por eso es tan apasionante de leer. Representa aquello que en el siglo pasado se denominaba “la contracara del sueño americano”, pero elige el policial en lugar de la novela clásica. Un registro poético que a la vez seduce con una trama de suspenso y nos desafía a desentrañar enigmas ocultos.
Propongo leer dos fragmentos de la novela que funcionan de modo paralelo, al relatar de modo parecido los momentos previos a dos crímenes, ocurridos en épocas y circunstancias diferentes, en la misma comunidad. Ambos dejarán huellas profundas en la vida del barrio y se relacionarán trágicamente. En la primera escena, dos niños ven cómo a su amigo se lo llevan en un auto y presienten que le espera algo terrible.

“Jimmy y Sean dieron un paso hacia atrás; el poli entró de un salto en el coche y se alejó. Observaron cómo llegaba hasta la esquina y doblaba a la derecha, mientras Dave volvía la cabeza, oscurecida por la distancia y las sombras, y los miraba. Entonces, la calle quedó otra vez vacía, como si hubiera enmudecido después del portazo del coche. Jimmy y Sean, de pie en el lugar donde había estado el coche, se miraban los zapatos y recorrían la calle arriba y abajo con la vista, miraban a cualquier sitio para evitar que sus ojos se encontrasen.
Sean notó otra vez aquella sacudida, pero esta vez acompañada por el sabor de peniques sucios en la boca. Tenía la sensación de que le habían vaciado el estómago con una cuchara”.

En la otra escena, dos amigas -Eve y Diane- se despiden de una tercera -Katie- después de una noche de bares y alcohol. La ven alejarse (también a bordo de un auto) y sienten que algo no está bien.

“Durante el resto de su vida, Diane deseó haberse quedado en aquel coche. En menos de un año tuvo un hijo; y cuando éste era joven (antes de ser padre, antes de volverse cruel, antes de conducir borracho y atropellar a una mujer que iba a cruzar la calle en la colina) solía decirle que ella creía que tenía que haberse quedado en aquel coche, y que cuando decidió salir, por capricho, sabía que había cambiado algo, que se había salvado por muy poco. Llevaría eso con ella, junto con una imperiosa sensación de que pasaba la vida como una observadora pasiva de los impulsos trágicos de otra gente, impulsos que ella nunca hizo lo suficiente por refrenar. Solía repetirle todas estas cosas a su hijo cuando iba a visitarle a la cárcel y él alzaba los hombros, cambiaba de postura y le preguntaba: ¿Me has traído los cigarrillos, mamá?”.

Esta es la potencia narrativa de Lehane. Los críticos la califican de “hipnótica”, por su capacidad para aferrar la atención del lector como lo haría el capitán de un barco que narra cuentos espeluznantes con la mayor naturalidad, mientras maniobra con el timón en medio de una tormenta.