CATAMARCA.(De nuestra enviada especial Irene Benito).- Por la salud mental de los seis hijos que le quedaron -que ya son adultos hechos y derechos-, Ada Morales decidió guardar en su habitación los objetos que dejó María Soledad. En el umbral de su vivienda de toda la vida, en el departamento catamarqueño de Valle Viejo, la madre de la estudiante fallecida el 8 de septiembre de 1990 reconoce que, durante un número impreciso de años (que a lo mejor fueron muchos), esas pertenencias estuvieron a la vista de todos. Pero, con el tiempo, dicha exposición se hizo insostenible. La ama de casa baja la cabeza y afirma atribulada: "la psicóloga me pidió que quitase sus cosas para bien de la gente de esta casa. Pero yo me encargué de atesorar todo lo que dejó: sus casetes, libros, papeles...".
Las situaciones límites están más allá de los bienes materiales con los que quedaron asociadas. El drama de los Morales moja el aire de Valle Viejo, como da fe Juana Figueroa, peluquera, vecina y amiga de la familia. Ella estuvo en el principio de la leyenda, veinte años atrás: "unos muchachos que pasaban por aquí me contaron que habían encontrado el cuerpo de la chica Morales. ?¿De quién??, pregunté con escepticismo y salí disparando a lo de Ada y Elías".
Cuando abrió la puerta, encontró a su vecina hecha una sola lágrima. "Me acerqué y le pregunté qué había pasado. Me miró y me dijo: ?mataron a Sole?. Elías se fue a reconocer los restos", relata la señora. Para ella y sus deudos, aquel lunes abominable sigue siendo ayer.
En la pequeña peluquería de Figueroa hay un perro pekinés que olfatea a las visitas -que osan interrumpir su riguroso letargo- y una computadora de escritorio conectada a internet; la dueña de casa estaba en una teleconferencia por Messenger con su hija Natalia Judith, que vive en Finlandia, cuando LA GACETA llegó para remover sus recuerdos. La mujer de 52 años dejó el micrófono sobre la mesa y se hundió en la narración con la mirada clavada en la modesta morada de los Morales, que queda diez metros más allá. La cámara siguió encendida y Natalia, desde su otro mundo escandinavo, vio y escuchó toda la conversación.
"No puedo creer que haya pasado tanto tiempo. ¡Parece un segundo! Todavía pienso cómo sería la vida de María Soledad, si se hubiese casado, si tendría hijos...", reflexiona la vecina con la mente extraviada en una divagación lúgubre.
Recompensa histórica
Figueroa la conocía de chica. "Era una muchacha muy dispuesta; me acuerdo que solía acompañar a mi suegra al médico cuando alguien de mi familia no podía ir. Fijesé qué solidaria", expone con cariño. Y sus ojos oscuros comienzan a empaparse. "Perdone, es que en este barrio todos hemos sufrido muchísimo por Soledad, por esa noche desgraciada que se fue al baile y no volvió. Esas cosas aquí no pasaban jamás", dice y se larga a llorar con todas las ganas.
La muerte de María Soledad rompió la quietud pueblerina de Valle Viejo, localidad de 25.000 habitantes próxima a la capital. ¿Cómo no iba a cambiar la vida de los Figueroa? "Este pueblo se convirtió en un loquero. Los vecinos nos ocupábamos de los otros hijos de Ada y Elías mientras ellos reclamaban justicia y atendían al periodismo. ¡Una muchedumbre desfilaba a diario por su casa!", describe más sosegada y enciende un cigarrillo. La lucha contra la impunidad se improvisó sobre la marcha. La historia, según su opinión, recompensó esa espontaneidad: "los crímenes posteriores no tuvieron la misma repercusión".
Pero aquel futuro de juicios y reparaciones morales llegó después de años de paranoia y terror. Desde su hogar finlandés, Natalia Judith, que tiene 30 años, evoca una niñez atormentada por la crueldad de los verdugos de María Soledad. "Mis padres se angustiaban cada vez que salía a la calle. Fue todo muy fuerte, pese a que conocimos los detalles tiempo después", afirma desolada. En la distribución de roles del frente interno, a esta inmigrante catamarqueña le tocó acompañar a las hermanas menores de la víctima, que no iban solas ni a la esquina.
Madre e hija conectadas por la banda ancha califican de "psicosis" a ese estado de conmoción general. "Me crié con un miedo espeluznante, pero entiendo que, en mayor o menor medida, el caso María Soledad golpeó a todo el país", define Natalia a modo de conclusión de su intervención virtual.
A diez kilómetros de Valle Viejo, en la Plaza 25 de Mayo, los adolescentes rematan la mañana del viernes (como es costumbre en la capital de Catamarca). Micaela Reales, del Colegio Cristo Rey,tiene la misma edad de la muchacha Morales (17 años) y, al igual que ella ese 7 de septiembre de 1990, esta noche asistirá a la fiesta del estudiante. "El caso traumó a la gente mayor. Nuestra generación creció con el problema de la inseguridad, pero, por suerte, ahora tenemos celular. ¡Imaginate si ella hubiese podido enviar un mensajito de texto!", observa blandiendo el teléfono omnipotente que no tuvo María Soledad.