"¿Qué es kitsch?", le pregunta Marta a su esposo mientras lee el folleto y espera que empiece la función de Los Amados: "Karabali, ensueño de Lecuona". "Es algo ostentoso, de mal gusto? no sé bien cómo explicarte?", responde él mientras empieza a abrirse el telón. Enfrente de ellos se observa un fondo floreado, similar a un viejo mantel de cocina, instrumentos musicales y a Analía Rosenberg, la pianista, que con un pomposo vestido rosa y una gran flor en el pelo da comienzo al show, y ayuda a que el marido de Marta pueda resumir: "eso es kitsch".

Luego del primer tema, un dúo entre Rosenberg y Alejandro Viola, protagonista y voz del grupo, él anticipa lo que le espera al público tucumano en la próxima hora y media de show: una noche romántica, un show internacional, formaciones y cambios de parejas durante el espectáculo, espasmos y hasta levitaciones.

Finalizada la ostentosa presentación, que combina perfectamente con el fastuoso vestuario de los artistas, aparecen en el escenario Lisandro Fiks, encargado del contrabajo y compañero de chistes de Viola, el percusionista Fernando Costa, Hernán Sánchez, responsable de la trompeta y Oscar Durán, siempre dispuesto a deleitar con los solos de su guitarra o de su requinto. Los músicos, que visten pantalones violetas con sacos rosas y peinados engominados, comienzan con su recorrido por la música latinoamericana.

El bolero "Tres palabras" hace de introducción a una historia que narra Viola a través de los temas. Amor, corazones rotos, engaños y celos -cantados y contados- se mezclan entre boleros, sones cubanos y salsas.

Mientras Viola, en el rol del personaje Alejo Chino Amado, explica cómo los errores forman parte de lo que se entiende como amor, David y Rubén Rodríguez se suman al grupo y entonan "Perdón", tema de Vicente Fernández que le agrega "azúcar" a ese empalagoso repertorio de música romántica.

En la mitad de la velada se recuerda al homenajeado de la noche: Ernesto Lecuona. Un cuadro gigante adornado con flores es llevado por Rosenberg al centro del escenario. Luego de las menciones correspondientes, comienza el tributo. "Siempre en mi corazón", rumba del autor cubano, es interpretado por Viola y Daniela Horovitz, la última en aparecer en escena que, como todo el grupo, sabe deslumbrar tanto con su talento, como con su despampanante vestuario. Es que, además de su capacidad para hacer reír, los artistas también dejan en claro que saben tocar.

Así, no es de extrañar que a lo largo del espectáculo se pase de una chacarera, con bombo en mano, a una rumba, en la misma canción.

Uno de los momentos más destacados de la noche se da cuando Los Amados se toman su tiempo para acercarse al público. Viola baja del escenario y no conforme con cantarle a algunas damas de la platea, se mete entre las butacas y arma un debate sobre qué son los celos. Las respuestas del público y los remates de los artistas terminan de convertir la noche en un gran chiste que incluye a todos.

La velada va terminando y en una de las entradas y salidas de los músicos, que se las ingenian para seguir sorprendiendo con sus vestuarios, aparecen con unas palmeras que nacen de sus espaldas e invitan al público a participar del cierre de la presentación, de la única manera que parecía posible: bailando.

Sin hacerse de rogar, el público del Teatro San Martín se para y, aunque pocos dan rienda suelta al baile, todos aplauden y vitorean a Los Amados, que terminan con toda la fiesta de una zamba brasileña y una conga cubana.

Así se cierra un show perfectamente armado que aunque no cumple con todo lo anticipado por Viola -no hubo levitaciones, por ejemplo-, sabe mezclar el romance con la comedia y el ridículo con la música tradicional de una manera que hasta el tema más empalagoso se vuelve digerible y, por qué no, "sabroso" al paladar de cualquiera.