Eliseo Subiela, el director de geniales filmes como "El lado oscuro del corazón" y "No te mueras sin decirme a dónde vas", nos regala un drama plagado de diálogos sublimes y profundos, acompañado de escenas memorables por su belleza y precisión, y con una perfecta musicalización en manos de un maestro, Pedro Aznar.
La trama de "Hombre mirando al sudeste" es simple. Julio Denis es un médico psiquiatra y trabaja en un internado neuropsiquiátrico inserto en una zona rural, propicia para trabajar en un clima de relajación. Cierto día llega un extraño ser, Rantés, quién dice ser de otro planeta. Al principio, Julio trata a su nuevo paciente como un enfermo más, pero con el correr de los días, y a partir de diálogos y diversas manifestaciones de Rantés, ira planteándose dudas acerca de la locura, su profesión y hasta su propia cordura.
Durante toda la cinta, el doctor reflexiona, pero le cuesta encontrar un indicio certero de la locura del paciente, a pesar de que a priori el caso se plantee de forma sencilla: un hombre, que a primera impresión parece un tipo común y corriente, se presenta diciendo que es de otro planeta. Tan apasionado y dubitativo se encuentra Denis con la situación que en un momento dice para sí, no muy convencido: “yo podría haberlo inyectado, por alguna razón me negaba a recorrer ese camino. El delirio de Rantés era inofensivo y por el momento, perfecto. Solo había que esperar. En algún momento, estaba seguro, cometería un error.”
La película en partes no luce de una muy buena fotografía, pero el resultado final en su conjunto, más teniendo en cuenta el bajo presupuesto utilizado, es brillante. Es una obra que rompe el esquema de las clásicas películas del cine nacional, aportando una intelectualidad muy comprensible, sin perder su profundidad, en la que deja abierta al espectador una libre reflexión e interpretación de cada tema planteado.
En cuanto a la escena que me parece más sobresaliente, es la del concierto al aire libre con "El himno a la alegría" (la Sinfonía nº 9 Op. 125 de Beethoven). En esta, Rantés empieza a bailar y termina arrebatando al director de la orquesta su lugar, dirigiendo así tanto a la banda y a su público como a sus compañeros del hospital, quienes, por otro lado, empiezan a bailar exaltados mostrando una esencia humana naturalmente alegre, divertida y feliz.
Cada vez que recuerdo ese pasaje siento una profunda felicidad, es como si Subiela hubiese hablado con Beethoven y el maestro le hubiese explicado qué sentía al componer, ya sordo, esa magnífica sinfonía.
A modo de cierre, me gustaría dejarles, un extracto de uno de los diálogos más cautivantes:
- Rantés, ¿porqué no me habla un poco de su pasado?
-Usted es mi pasado, este momento, este mundo. El lugar al que usted me quiere llevar es el pasado del hombre. ¿Pero como podría usted entender eso? Pero, quédese tranquilo doctor. ¿Qué le preocupa? Si yo fuera el presidente de una potencia y tuviera bajo mi suelo unos ejércitos poderosos, entendería su preocupación. Pero no. Estoy en un manicomio. Todo el mundo sabe que estoy loco. Usted también, ¿no?
- Rantés, usted está enfermo. Yo soy un médico. Quiero curarlo, eso es todo.
- Yo no quiero que me curen. Quiero que me entiendan.
Gastón Bejas, estudiante