"¿Qué hicieron con mi identidad?'" La pregunta, formulada al padre por el hijo, desnuda el gran conflicto de la obra que se representó anoche en el Teatro Alberdi. En "Por tu padre" suenan fuertes palabras como ironía, engaño, seducción y agresión, a veces en un tono tan grandilocuente que, merced a la actuación de Federico Luppi, no sobrecargan la puesta. Luppi interpreta al padre, al socio y al cura de la iglesia, en un templo en el que la misa no termina de oficiarse nunca y en la que el muerto ha cambiado. En definitiva, el funeral no termina de realizarse, y por lo tanto, el duelo no tiene lugar, ese momento clave en cualquier pérdida que, de algún modo, permite su superación.
La disquisición psicoanalítica no es menor si se tiene en cuenta que la identidad del hijo es la que está en cuestión; ese joven que vivió ilusionado con la consigna de la "familia unida". "¿Cómo se puede vivir con la traición?", es otro de los interrogantes que quedan resonando por horas después de haber asistido a la obra. "Como hombre; hay que aprender a perdonar", responde tranquilo y seguro el padre, con el peso de la experiencia, que no pretende negar los problemas, sino asumirlos sin sufrimiento.
Algunos de los grandes conflictos humanos, como se advertirá, están planteados en el texto de Dib Carmeiro Neto. Y como queda escrito, Luppi se luce en sus distintos roles, sin siquiera necesitar cambiar el tono de voz: para resolver su composición escénica no le hace falta más que cambiar un bastón por un paraguas, y un saco por un piloto; su presencia domina con creces. En este dueto en el escenario Adrián Navarro no sale ileso: su tono reclamante, demandante, desde el inicio permanece casi incólume durante toda la obra con lo que, tal vez, el personaje pierde alguna riqueza. El enojo, el dolor, la emoción o la frustración no registran los matices pertinentes, no al menos en la medida necesaria. De todos modos, está claro que el desafío de trabajar al lado de Luppi es muy grande.
Párrafo especial para el público: en la platea y en los palcos los espectadores siguen llegando tarde y no faltan los antipáticos ringtones de los celulares; el ruido externo (conversaciones y tránsito) obstaculiza la concentración necesaria. Es hora de modificar estos hábitos por respeto al espectáculo.
La disquisición psicoanalítica no es menor si se tiene en cuenta que la identidad del hijo es la que está en cuestión; ese joven que vivió ilusionado con la consigna de la "familia unida". "¿Cómo se puede vivir con la traición?", es otro de los interrogantes que quedan resonando por horas después de haber asistido a la obra. "Como hombre; hay que aprender a perdonar", responde tranquilo y seguro el padre, con el peso de la experiencia, que no pretende negar los problemas, sino asumirlos sin sufrimiento.
Algunos de los grandes conflictos humanos, como se advertirá, están planteados en el texto de Dib Carmeiro Neto. Y como queda escrito, Luppi se luce en sus distintos roles, sin siquiera necesitar cambiar el tono de voz: para resolver su composición escénica no le hace falta más que cambiar un bastón por un paraguas, y un saco por un piloto; su presencia domina con creces. En este dueto en el escenario Adrián Navarro no sale ileso: su tono reclamante, demandante, desde el inicio permanece casi incólume durante toda la obra con lo que, tal vez, el personaje pierde alguna riqueza. El enojo, el dolor, la emoción o la frustración no registran los matices pertinentes, no al menos en la medida necesaria. De todos modos, está claro que el desafío de trabajar al lado de Luppi es muy grande.
Párrafo especial para el público: en la platea y en los palcos los espectadores siguen llegando tarde y no faltan los antipáticos ringtones de los celulares; el ruido externo (conversaciones y tránsito) obstaculiza la concentración necesaria. Es hora de modificar estos hábitos por respeto al espectáculo.