VENECIA.- "Demoledora", "muy buena". Estos fueron sólo algunos de los calificativos que se escucharon al término del estreno de la única película latinoamericana que concursa en el Festival de Venecia. Se trata de "Post Mortem", dirigida por el chileno Pablo Larraín.
Ambientada en septiembre de 1973, cuando el sueño de construir un país socialista con el presidente Salvador Allende fue destrozado por el golpe militar que lideró Augusto Pinochet, "Post Mortem" se centra en dos personajes solitarios: un gris funcionario (Alfredo Castro) empleado administrativo en una morgue y su vecina, una cabaretera (Antonia Zegers) de la está enmorado el protagonista. A pesar de vivir ajenos a la efervescencia política, sus vidas quedan irremediablemente trastocadas tras el 11 de septiembre.
"No quería dar una perspectiva panfletaria o superideológica. Pretendía indagar en el tema desde el punto de vista de alguien que no ha vivido los hechos", explicó Larraín, que nació tres años después del golpe de Estado y es hijo de un connotado político de la derecha chilena.
Castro, mentor y colaborador de Larraín, disintió con el director y destacó que no cree que existan personajes apolíticos. "Todos sabemos dónde estamos parados", afirmó.
El protagonista transita desde una posición marginal a lo que está ocurriendo hacia una suerte de compromiso con la nueva dictadura que se instala. Esta actitud se puede entender además como una metáfora sobre cómo parte de la población civil chilena miró a otra parte para no verse involucrada o simplemente por ese incontrolable sentimiento que es el miedo.
Uno de los momentos más escalofriantes, emocionantes y a la vez demoledores de la película es cuando se exhibe la autopsia del presidente Salvador Allende, una escena que sin duda causará controversia cuando "Post Mortem" llegue al circuito comercial.
Castro recordó que es la primera vez que se muestra el cadáver del mandatario tal como quedó tras el suicidio en el palacio de La Moneda. Larraín explicó que no pidió permiso a la familia de Allende para rodar la escena porque considera que se trata de una figura universal y porque se lo ha tratado con respeto. (DPA)
Ambientada en septiembre de 1973, cuando el sueño de construir un país socialista con el presidente Salvador Allende fue destrozado por el golpe militar que lideró Augusto Pinochet, "Post Mortem" se centra en dos personajes solitarios: un gris funcionario (Alfredo Castro) empleado administrativo en una morgue y su vecina, una cabaretera (Antonia Zegers) de la está enmorado el protagonista. A pesar de vivir ajenos a la efervescencia política, sus vidas quedan irremediablemente trastocadas tras el 11 de septiembre.
"No quería dar una perspectiva panfletaria o superideológica. Pretendía indagar en el tema desde el punto de vista de alguien que no ha vivido los hechos", explicó Larraín, que nació tres años después del golpe de Estado y es hijo de un connotado político de la derecha chilena.
Castro, mentor y colaborador de Larraín, disintió con el director y destacó que no cree que existan personajes apolíticos. "Todos sabemos dónde estamos parados", afirmó.
El protagonista transita desde una posición marginal a lo que está ocurriendo hacia una suerte de compromiso con la nueva dictadura que se instala. Esta actitud se puede entender además como una metáfora sobre cómo parte de la población civil chilena miró a otra parte para no verse involucrada o simplemente por ese incontrolable sentimiento que es el miedo.
Uno de los momentos más escalofriantes, emocionantes y a la vez demoledores de la película es cuando se exhibe la autopsia del presidente Salvador Allende, una escena que sin duda causará controversia cuando "Post Mortem" llegue al circuito comercial.
Castro recordó que es la primera vez que se muestra el cadáver del mandatario tal como quedó tras el suicidio en el palacio de La Moneda. Larraín explicó que no pidió permiso a la familia de Allende para rodar la escena porque considera que se trata de una figura universal y porque se lo ha tratado con respeto. (DPA)