Por Eugenia Flores de Molinillo
Para LA GACETA - Tucumán

Nació en 1835, con la visita del cometa Halley. Solía decir que moriría al regreso del astro. Así fue: hace 100 años, en 1910, se extinguió la intensa, fructífera vida de Mark Twain, poeta en prosa del Mississippi y "padre" de Tom Sawyer y de Huck Finn.
Los tiempos de Samuel Clemens, tal su nombre real, marcan horas de fe en el valor de la civilización; y para los estadounidenses, además, en el poder de la democracia, quizás imperfecta, pero perfectible.
El joven Sam parte rumbo al Oeste. Periodista y escritor, no toma partido en la Guerra de la Secesión. A tono con su lugar, y también con su tiempo, desprecia al indio. En un escrito de 1870 lo llama "la escoria de la tierra" y el Indio Joe sería el villano de Las aventuras de Tom Sawyer (1877).
Siete años después, sin embargo, su tratamiento del "otro", de ese que es diferente del blanco, el Negro Jim esta vez, rezuma humanidad. Denuncia a la ya abolida esclavitud, así como a la codicia y la violencia de la sociedad blanca, a través de la mirada ingenua del héroe en Las aventuras de Hucklebberry Finn (1884).
De su viaje a Europa, en 1867, auspiciado por un periódico, surge Inocentes en el extranjero (1869). Twain ha conocido al Zar en Crimea, y no resiste incluir alguna ironía respecto a los autócratas no elegidos y vitalicios. Huck le explicaría a Jim: "Todos los reyes son más bien sinvergüenzas".
Tanto en su ficción como en sus libros de viajes y en sus cartas, declaraciones y opúsculos sobre temas de actualidad, Twain se va construyendo como un demócrata en estado de evolución. Su crítica a las autocracias se extiende a los movimientos imperialistas que agitan el fin de siglo. Crece su simpatía por los sojuzgados y, simultáneamente, ataca a los opresores.
Le interesa la historia, y su imaginación es sensible a las injusticias perpetradas en nombre de fetichismos religiosos o sustentos ideológicos que resultan ser meras máscaras de la codicia. Sus tres romances históricos -El príncipe y el mendigo (1881), Un yanqui en la corte del Rey Arturo (1889) y Juana de Arco (1896)- enfrentan al lector, con mayor o menor crudeza, con la maldad humana. Y, salvo en la atípica Juana de Arco, el toque de humor aligera y subraya, a un tiempo, lo amargo de la denuncia.

La empatía hacia "el otro"

Twain manifiesta su creciente posición libertaria. En Siguiendo al Ecuador (1897), uno de sus libros de viajes, dice: "Hay muchas cosas graciosas en este mundo; entre ellas, la idea del hombre blanco de que él es menos salvaje que otros salvajes". Su propio país no escapa: "los no-blancos no recibieron justicia en los EEUU", dice. Y agrega: "He visto cómo se abusa y se maltrata a los chinos en todas las formas cobardes que una naturaleza perversa y degradada es capaz de inventar?".
Esta empatía hacia "el otro" crece con la fiebre colonialista a nivel global. En 1898, EEUU entra en guerra con España por la independencia de Cuba, última colonia española en América, y el Almirante Dewey toma las Filipinas, reliquia hispánica de otra fiebre colonialista, la del siglo XVI, en tanto tropas británicas masacran a los Boers en Sudáfrica; varias regiones africanas son factorías de poderes europeos que, incitados por Leopoldo II de Bélgica en 1876, ocupan el "continente negro" con fines comerciales disfrazados de mesianismo: "llevar la civilización".
En el opúsculo A la persona sentada en la oscuridad, Twain dice: "Extender las bendiciones de la civilización a nuestro Hermano sentado en la oscuridad ha sido un buen negocio y, en general, ha dado buenos dividendos". El monólogo de Leopoldo II (1905), sátira política, muestra al rey belga, furioso, enumerando las acusaciones que le endilgan por la despiadada explotación del Congo.
Twain, defensor alguna vez de los intereses imperiales de EEUU, dice: "Me opongo a que el águila ponga sus garras en cualquier otro territorio". Vicepresidente de la Liga Anti-Imperialista, su experiencia le muestra que los que un siglo después serían llamados "daños colaterales" son, sin dudarlo, crímenes abominables que -usando una frase suya- nos hacen avergonzar de la raza humana.
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Eugenia Flores de Molinillo  - Profesora de Literatura Norteamericana de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán.