Ya no hay espacio para la duda o, siquiera, para la interpretación. En una intervención pletórica de peronismo explícito, José Alperovich confirmó con sus propias palabras lo que era evidente: el objetivo del plan de obras públicas del Estado es conseguir votos; es decir, ser re-reelecto.
Tan abundantes fueron sus afirmaciones que los comisionados rurales beneficiados con el anuncio de los $ 20 millones cedidos para obras tuvieron que esforzarse para bajar el tono y aclarar que los trabajos vienen realizándose desde hace tiempo y que no se rigen por la coyuntura electoral. Lejos estaban de desafiar o corregir a su conductor, pero se ubicaron más cerca de lo políticamente correcto para los oídos de los ciudadanos.
En otros tiempos, una aseveración como la que hizo ayer Alperovich (sin ruborizarse) en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno, le hubiese valido la crítica unánime tanto de la oposición como de los justicialistas de paladar negro. En fila, le hubieran recordado que los emprendimientos estatales son la respuesta institucional a los reclamos sociales; a los derechos no atendidos por mucho tiempo y anteriores gobiernos; a las necesidades de los sectores más relegados y, en definitiva, al objetivo de nivelar para arriba las condiciones de vida. A partir de estos conceptos, entonces, no habría nada que agradecer a una gestión que cumple con sus obligaciones, y menos aún en el cuarto oscuro.
Para algunos fue un sincericidio, neologismo surgido en el diccionario de los políticos cuando se refieren a una declaración de alto grado de sinceridad y de poco cuidado, al no medir las eventuales consecuencias. Para otros, en cambio, fue un Alperovich en estado puro, consciente de que nadie le puede hacer sombra en las urnas y de que, salvo un cataclismo bíblico, seguirá en su sillón hasta 2015. Hasta se dio el gusto de criticar a los periodistas y a los empresarios y de ponerlos en el mismo escalón que los políticos, cuando el rol de cada uno en la sociedad es muy distinto.