Por Gabriel Chaile, artista
Ya ha pasado mucho tiempo desde aquel día en que finalmente me atreví a hacerlo. Esto superaba mi vergüenza; era algo más que eso, tenía un poco de miedo. Sin embargo, cada vez que pasaba por allí me tentaba la idea. Antes había hecho algunos ridículos (yo como un barco de papel por San Miguel de Tucumán), pero intuía que esta vez no seria lo mismo. Conversé con Marcos Figueroa, Carlota Beltrame y Sonia Ruiz muchas veces este tema. Y un día, sin avisarle a nadie, solo a mi amiga de aventuras Lucía Ovejero, me atreví a hacerlo. Había llegado temprano a la facultad vestido con un pantalón de vestir azul, camisa blanca y una bolsa gigante. Nos subimos en su moto; yo detrás, claro, y avanzamos hacia la Casa Histórica. Era un 7 de julio creo, soleado y frío, especial para comer mandarinas bajo el sol. Nos sentamos en la placita y me puse la pechera y las botas, todo bajo una gran campera. Ahí me dio miedo; avancé con eso (el disfraz) escondido pero era imposible tapar algo que se veía: las botas de cartón me hacían caminar como un robot. Pero apenas fueron unos pasos bien extraños. Me saqué la campera y Lucía quedo de un lado de la vereda y yo de la fachada de la casa. Al lado de los granaderos, los tres teníamos la misma altura y casi el mismo traje.
Me puse serio y Lucía hizo clic con la cámara; ¡ya estaba registrada la acción! Mientras, la gente se paró delante de la casa y los policías de enfrente lo único que hacían era reírse. Fue como un espectáculo de unos cuantos minutos. Ya un poco menos nervioso, al terminar nos fuimos en moto y volvimos a la Facultad de Artes... Sabía que tenía una historia más que podía contar.