El Bicentenario no es una fecha puntual. Es un período, un proceso. Que convoca a la reflexión, a la discusión, al debate público y franco. Es el momento de la puesta en claro de dos proyectos distintos. Si queremos ser o no ser un país capaz de contener a los cincuenta millones de hombres y mujeres que pronto poblarán nuestro extenso territorio.

La disyuntiva es clara. ¿Volveremos a un modelo de ajuste social, sujeto a los avatares del interés financiero y agroexportador de commodities sin que sus excedentes aporten al desarrollo y bienestar general? ¿Volveremos a ese proyecto que obliga a compensar con represión y mano dura los efectos sociales de la exclusión y la pobreza? ¿O, en cambio, profundizaremos el camino de las leyes de protección social, de la memoria y la justicia y de una economía de valor agregado y desarrollo, que ha puesto al trabajo en el centro de un circuito dinamizador de la producción y el consumo?

Atravesamos una encrucijada que se prolonga en el tiempo y que tendrá el año que viene, sin duda, un punto de inflexión. Hacia un lado, o hacia el otro.

¿Y qué rememoramos en estas fechas de Mayo y de Julio? Los doscientos años de lucha por la emancipación.

1810 y 1816, comienzo de la revolución e independencia formal del imperio español, constituyen los dos extremos de una unidad problemática. El debate por entonces fue cómo gobernar la revolución, es decir, definir quién era el heredero legítimo del poder vacante, asegurando un piso de orden bajo unos principios de legitimidad radicalmente nuevos, que consagraran de una vez y para siempre la igualdad y la libertad y el principio de soberanía popular en estas tierras. Si declarar la Independencia, si mantenerse dentro del marco de la autonomía esperando que los acontecimientos en España se desenvolvieran finalmente en forma favorable al Rey, si aceptar la sumisión a la metrópli y terminar de una vez por todas con estos experimentos republicanos. Esas fueron las alternativas desde Mayo hasta la Declaración definitiva. El dilema de la política revolucionaria giraba en torno a esas tres salidas posibles. Y no en un ambiente precisamente de consensos y diálogo, sino en el clima de desesperación y vértigo de las extenuante guerras de la independencia con las que los pueblos americanos empezaron a forjar sus propios destinos.

En 2010-2016 atravesamos otra unidad, también problemática. Aunque el periodo entre Bicentenarios que empezamos a transitar se organiza, por supuesto, bajo otros dilemas. Hoy el desafío pasa por decidirnos definitivamente a expandir los poderes democráticos por sobre los corporativos. como propone el modelo abierto en 2003 O si preferimos que sigan mandando los mismos de siempre, desde la impunidad que da el poder permanente, a espaldas de la voluntad popular.

Hoy, como ayer, la disputa por los sentidos, el conflicto de intereses, los dilemas de un país que desde hace siete años quiere darse un proyecto emancipador definitivo, en el marco de una región que insiste todavía en rebelarse a los poderosos del mundo para romper de una vez por todas las cadenas que traban su desarrollo. Hoy, como ayer, aunamos nuestro destino con el de la Patria Grande.

Aunque hoy, a diferencia de ayer, encaramos el desafío enmarcados en el pleno estado de derecho que los argentinos y argentinas supimos recuperar en 1983 para nunca más abandonar. Con el funcionamiento efectivo de las instituciones de la República como no se registran antecedentes. Pero con un debate claro y abierto acerca de los proyectos de país. Igual de intenso e igual de apasionante al que comenzamos hace 200 años.