Por Walter Vargas
Para LA GACETA - Buenos Aires
¿Cómo nos vemos los argentinos? Entre otros modos, acaso antes que cualquier otro, como irreconciliables y gozosos devotos de una religión sin dios, de una feroz máquina de alienación, de un cazabobos mefistofélico o de un descomunal alud de opio de los pueblos, tal certificarían algunas de las más crudas etiquetas que ha padecido el deporte de la pelota número 5.
El fútbol, por qué no admitirlo, nos aleja de sí, y en ocasiones al punto de hacernos perder de vista lo primordial. Pero al mismo tiempo el fútbol nos reconstituye, nos reconcilia, nos agrupa y reagrupa, ergo, el fútbol deviene primordial. Y, por añadidura, nos coloca en el centro del escenario donde se cuecen las habas de la identidad.
Si la patria es la infancia, dicen, va de suyo que el fútbol es la patria por definición. Capital simbólico que, como nos recordaría el investigador Néstor García Canclini, poco o nada tiene que ver con optimizar o administrar recursos, porque lo que cuenta es otra operación social: la celebración de la memoria. Pues en este rincón del planeta el fútbol es eso, un rito que ha excedido hasta límites inimaginados las fronteras del pasatiempo eventual.
Examinemos, si no, la publicidad institucional que TyC Sports le dispensa al Mundial de Sudáfrica. Uno, dos, tres, cuatro argentinos refieren melancólicamente algunas de las delicias de civilidad que pulsan en los Estados Unidos y en Europa. "Es cultural", concluye uno. Pero no menos cultural, y admirable, y fascinante encuentran los europeos que en la Argentina los niños conviertan una media en la indispensable pelota que le da vida al noble picado del potrero, que Maradona haya sido capaz de jugar con el tobillo inflamado hasta lo inefable, que en los mejores equipos del mundo haya futbolistas criollos (que juegan "con el corazón"), que nuestras tribunas constituyan el paraíso de los papelitos al aire, que se cante cuando se gana y cuando se pierde, llueva o truene; pero si se pierde, eso sí, sea muy posible que hinchas y jugadores no vayan al cine, ni al teatro, ni nada los consuele.
En la Argentina el fútbol lleva la fe poética a una dimensión sideral: eso que parece silvestre, anecdótico, banal, se vuelve más serio que la misma seriedad. Podemos, entonces, mirar de reojo los hechizos futboleros, cuestionarlos, impugnarlos, pero lo que no podemos es ignorarlos, puesto que correríamos el riesgo de experimentar cierto tipo de autismo.
En el Mundial, desde luego, no estará en el tapete el destino de la patria pero sí estarán los valores de una representación del juego que mejor jugamos y más nos gusta. El fútbol, deporte contranatura (¡las destrezas se cultivan con los pies!), metáfora por excelencia de las gestas colectivas, dinámica de lo impensado (Dante Panzeri dixit), nos hará viajar en la alfombra mágica de una identificación poderosa como pocas, y eso, en principio, debería concebirse menos como una emboscada de toxicidad que como una expresión de vitalidad. ¿A guisa de qué negarse a imaginar y paladear las maravillas de Messi?
Adelante, sin reservas, sin rubores, sin nubarrones de culpa.
Por cierto. Sellada la certeza de que nuestro país está lejos de configurar el paraíso de la justa distribución de la riqueza y del pleno empleo, más de cuatro creerán ver en un gran Mundial de la Selección la suprema afirmación de la argentinidad. Como contraparte, naturalmente, tampoco faltarán quienes apuesten a una eliminación tan expeditiva que nos preserve de afanes manipuladores, epidemias de amnesia, cortinas de humos, jugarretas de esa índole. Urge, pues, reponer el pan pan: si en Sudáfrica el aire de gloria llega a devenir albiceleste, la Argentina seguirá siendo el mismo país que es hoy, pero con una Selección de fútbol encumbrada y millones de futboleros dichosos. Y si le fuera mal, sería francamente asombroso que por obra de una compensación celestial bajaran, por decir algo, los índices de desocupación.
Hasta donde se sabe, ni un gol convertido ni un gol perdido dan para tanto.
© LA GACETA
Walter Vargas - Periodista deportivo,
escritor y psicólogo. Es columnista del diario
"Olé", de la señal "ESPN" y de la agencia
"Télam". Su último libro sobre fútbol es
"Cambio de frente" (2009).