Por Alvaro José Aurane
Para LA GACETA - Cartagena de Indias (Colombia)
Juan Rulfo, Augusto Monterroso, Alejandro Rossi, Roberto Arlt, Sergio Pitol, Ramón María del Valle-Inclán, Arthur Schnitzler, Vladimir Nabokov, Robert Louis Stevenson, Italo Calvino, William Seward Burroughs, Thomas Bernhard? El mexicano Juan Villoro no sólo ha leído sobre la vida sino que también ha escrito sobre la obra -ya no sólo leída sino verdaderamente estudiada- de todos ellos, y reunió en 2000 los correspondientes ensayos literarios en el premiado volumen Efectos personales, donde hay mucho más que escritores porque también hay un verdadero tratado sobre Francisco de Goya y Lucientes.
Villoro atesora un bagaje cultural envidiable. Como le quedaba resto, y de sobra, en 2008 acometió De eso se trata, donde sus ensayos refirieron a Shakespeare, Cervantes, Goethe, Rousseau, Bioy Casares, Juan José Saer, Cortázar, Hemingway, D. H. Lawrence, Malcolm Lowry, W. B. Yeats, Klaus Mann, Juan Carlos Onetti, Chéjov? y siguen los nombres.
Narrador admirable, también ha escrito novela, cuento y crónica. Generoso a la hora de repartir conocimientos, desprovisto del síndrome de egolatría y soberbia adquiridas, él tiene, además de la lectura y la escritura, una debilidad que desestructura el arquetipo del intelectual y, por ello mismo, lo torna completamente legítimo. A Villoro le encanta el fútbol.
No es una postura impostada para tratar de lucir nacional y popular. A Villoro le apasiona la balona de manera auténtica. "Hay muchos motivos para desconfiar del fútbol y también para celebrarlo", le dice a LA GACETA Literaria en la entrevista que concede en Cartagena de Indias, en la sede de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano. La institución que preside Gabriel García Márquez le encomendó el dictado de su Taller de Periodismo Narrativo, que en años anteriores estuvo a cargo del tucumano Tomás Eloy Martínez.
"En el origen, el fútbol era considerado como una diversión primitiva, fundamentalmente por parte de los intelectuales. El fútbol era cosa del populacho, donde se dirimían pasiones bajas. Después, fue rehén de comerciantes y de políticos inescrupulosos, así como de infatuaciones exageradamente regionalistas. Hasta el 50 imperaba la visión de que si el fútbol te gustaba era por lo bárbaro que había en ti. Pero en 1954 (Umberto) Eco escribe Apocalípticos e integrados; y surgen los estudios de (Marshall) McLuhan sobre la cultura comunicacional, lo que anticipa la contracultura", describe, mientras sus manos van dibujando parcelas de tiempo.
"Grandes cronistas surgen entonces, como el caso, en la revista El Gráfico, de Borocotó (seudónimo del extinto periodista deportivo y escritor uruguayo Ricardo Lorenzo Rodríguez). Y, por supuesto, como el caso de (Osvaldo) Soriano, (Roberto) "El Negro" Fontanarrosa, Manuel Vázquez Montalbán... Ellos empiezan a familiarizar el trato con el fútbol, y en esto también va a tener un papel preponderante tanto la radio como la televisión. El fútbol sale del potrero y se ha convertido en el mayor entretenimiento mundial de pasión repartida. De hecho, la FIFA tiene más socios que la ONU. Y lo que es tan importante como lo anterior: los países asociados sí le hacen caso a la FIFA. Es decir, nos organizamos mejor para entretenernos, para divertirnos, que para convivir", contrasta. A Villoro le gustan las ironías tanto como el café colombiano.
"Esto, en buena medida, explica el auge de la crónica sobre el fútbol. Particularmente, me defino como un aficionado de la afición. En verdad, lo que me interesa es lo que el fútbol despierta: la ilusión, la superstición, la vendetta, el anhelo de reparación... Todo esto es espectáculo en estado puro. Y hoy, así como escriben sobre fútbol (Jorge) Valdano y (Eric) Cantoná, también hay muchos escritores que incursionan en el tema sin jamás haber pateado una pelota", dispara el que siendo un adolescente jugó varios partidos y militó en las inferiores de los Pumas de la Universidad.
Los favoritos
A la hora de las preguntas, Villoro junta el índice y el pulgar de la mano derecha bajo la nariz y los separa para recorrer el bigote hasta cinco veces. Luego, reúne los dedos otra vez en la barbilla y cuando ese círculo se ha completado viene la respuesta, que es acompañada por sus brazos largos y delgados que se mueven acompasadamente al ritmo de su alocución. Si habla con tanto convencimiento sobre la historia del fútbol, es porque él mismo tiene una historia con el balompié.
"Mi padre nació en Barcelona y salió de ahí a los diez años convencido de que el fútbol depende de los pases oblicuos porque La Diagonal conduce al Camp Nou. Mi primer regalo fue un llavero del Barça. En 1962, a los seis años, pude ver a 'mi' equipo en su gira por México. Hay algo entrañable en apoyar una escuadra invisible. Sin embargo, de vez en cuando, la pasión necesita comprobaciones", escribió en ese deleite de libro titulado Dios es redondo.
Además del Barcelona, Villoro quería un club que definiera de modo concreto sus domingos. En la calle donde vivía, que tenía apenas una cuadra de extensión, todos "le iban" al Necaxa, el equipo de los electricistas, sin que él supiera por qué. Pero hincha del Necaxa se hizo, aunque nunca visitó ese poblado que fue anegado para construir una presa hidroeléctrica y donde, según el mito, en las temporadas de sequía se puede ver el campanario de una iglesia sumergida. El equipo no salió campeón de la liga durante 57 años y desapareció en tres oportunidades de la primera división. "Y sin embargo, esa es la escuadra que una noche le ganó al Santos con todo y Pelé; donde el Fu Manchú Reynoso conquistó su apodo de mago al desaparecer un balón en la cancha, donde Alex Aguinaga, un gladiador cansado que respiraba con la boca abierta, arrastró a los suyos a un título en el que ya nadie creía. Los necaxistas no hemos necesitado ver la iglesia sumergida en la presa para creer en ella. En los días de milagro, ahí suenan las campanas", escribió, casi gambeteando.
"Hay elementos muy misteriosos en el fútbol", le advierte a nuestro diario. "Hay siempre dos clases de favoritos: los que juegan bien y han tenido un gran desempeño durante las eliminatorias; y los que son favoritos por tradición. Curiosamente, triunfan los segundos. Y digo curiosamente porque en otros deportes importan los estados de gracia y las condiciones técnicas. En las selecciones, en cambio, la cosa es irracional en términos deportivos: si los abuelos fueron buenos en el fútbol, los nietos tienen más éxito que los favoritos ocasionales. Por ejemplo, Italia sobre Dinamarca, sobre Holanda o sobre España, que llegó como favorita después de haber ganado la Eurocopa. Justamente, la Argentina viene sin bulla pero con serias expectativas de estar a la altura de su tradición", argumenta. A Villoro, lo cortés no le quita lo valiente.
"Es como si los fantasmas y los antepasados también definieran en la cancha", agrega el autor de Funerales preventivos y, a renglón seguido, aclara que lo dice por las tradiciones de su país en materia, precisamente, de fantasmas y de antepasados. Después se pone pensativo y, finalmente, lo confiesa. "Para los mexicanos, el fútbol sería mejor sin resultado: no nos marcaron los grandes resultados", sonríe.
"Por eso mismo, la gran Colombia apuesta en los 90 a un fútbol vistoso y riesgoso antes que al resultado. El resultado es intangible. Tal vez el triunfo es, en realidad, el cómo se llega: el qué pasaba cuándo (René) Higuita salía a la cancha. Estas glorias poco aquilatadas son triunfos secretos que no van al marcador, pero que nos hacen seguir acompañando. Si todo fuera resultadismo, los estadios mexicanos estarían vacíos. Pero no es así porque cada pueblo tiene sus resultados. Digo esto porque hay naciones a las que les falta tragedia futbolística. Es el caso de Holanda: perder para Holanda nunca fue tan doloroso como para Brasil, para Italia o para Alemania y eso les quita temple. Los holandeses se divierten sanamente, sin el sentido asesino del campeón", remata. Sin necesidad de tomar carrera.
De local
Sudáfrica 2010, manifiesta en tono sincero, va a ser muy interesante. Porque, asegura, hubo torneos "del tedio", entre los que ubica a Italia 1990 y a Corea / Japón 2002, aunque le reserva el primer lugar del podio a Estados Unidos 1994. "Fue un Mundial que, podemos decir, se jugó en secreto para el país organizador", cabecea. "Este año, en cambio, debutamos en Africa, que es el futuro del fútbol. Hay notables protagonistas posibles para este torneo, como Alemania, Brasil, Holanda, Inglaterra y Argentina, entre los que llegan en buena forma. Estados Unidos e Italia, mientras tanto, pueden incomodar: pueden ganar y perder contra cualquiera. Y Portugal puede dar un salto. Además, Messi, Cristiano Ronaldo, Drogba y Casillas pueden darnos un mundial formidable", se entusiasma.
Pero a todo esto, Villoro va a mirarlo en la pantalla chica. Revela que tuvo una oferta de la televisión para ir a Sudáfrica, pero confiesa que no le interesa el formato. "Y los diarios están en crisis frente a un Mundial que es caro". Así que hará los comentarios a la distancia, lo cual en nada lo desanima: en las web de Soho (Colombia) y Letras Libres (México) mantendrá un blog junto con el argentino Martín Caparrós.
"Escribo desde México como devoto de la imaginación. Allá siempre fue más emocionante imaginar lo que iba a ocurrir antes que ver lo que pasaba en la cancha. En México, por esto mismo, el hincha siempre hace más esfuerzo que el jugador", la coloca. Y se sirve otro café.
El gran truco
"Distingo entre la Argentina de Maradona y el Brasil de Pelé", advierte Villoro, y no demora en explicarse.
"El Brasil de los 70 es un verosímil campeón aún sin Pelé. Era un equipo balanceado. Pierre Paolo Pasolini distinguía entre el Fútbol de prosa y el de poesía. Este último era el caso del Brasil del 70: ahí rimaban todos sus jugadores. La Argentina del 86, en cambio, es un equipo que tuvo al mayor líder de la historia de las canchas: él podía transfigurar a un equipo entero", enfrenta.
"México, en cambio, tiene a la selección del país sin figuras porque es una sociedad que desconfía del que se destaca. Allá es una responsabilidad más incómoda anotar el penal que fallarlo. Acertar desentona, mientras que fracasar se asemeja a lo que se ha sido siempre. Hugo Sánchez nunca fue un líder querido: su éxito era una afrentosa forma de ser distinto", autocritica.
Y describe que la "nivelada" España de este año se asemeja a la sociedad de clase media, de vecinos de condominio, que superó con igualdad las diferencias regionalistas de la península. Y agrega el caso del equipo de Francia que salió campeón en el 98, "verificable pero no deseable, con una integración racial y multicultural, apuntando a la Francia que existe en las proclamas pero no en las calles". Porque en definitiva, sintetiza, la forma de un país se relaciona con su selección, y cambia mucho de Mundial en Mundial.
Pero no es este laberinto de espejos lo que atrapa del fútbol. Lo verdaderamente cautivante es, por complejo que parezca, más simple: la magia. Villoro evoca a Walter Benjamín porque él recordaba que los niños no definen a los adultos por su poder sino "por su incapacidad para la magia"; rescata él lema de los hermanos Grimm, "Entonces, cuando desear todavía era útil?"; y luego, casi de rabona, sostiene que el aficionado al fútbol, en perpetuo estado de infancia, busca capacidad para la magia.
"De acuerdo con Giorgio Agamben, la gracia del mago deriva de que no es necesario hacer méritos para contemplarla: sus dones llegan con la arbitrariedad de la fortuna -escribió en Dios es redondo-. Los grandes intercesores -Pelé, Didí, Maradona, Di Stéfano, Zidane, Ronaldo, Ronaldinho- no han anotado para premiar la buena conducta de sus seguidores. Con ellos, la magia llegó porque sí, el regalo que culmina la fábula".
© LA GACETA
Alvaro José Aurane - Editor de Política
de LA GACETA. Recientemente fue becado
por la Fundación Nuevo Periodismo
Iberoamericano, que preside Gabriel García
Márquez, para realizar un taller con Juan
Villoro en Cartagena de Indias.
Fragmento de Dios es redondo (*)
"Escribir de fútbol es una de las muchas reparaciones que permite la literatura. Cada cierto tiempo, algún crítico se pregunta por qué no hay grandes novelas de fútbol en un planeta que contiene el aliento para ver el Mundial. La respuesta me parece bastante simple. El sistema de referencias del fútbol está tan codificado e involucra de manera tan eficaz a las emociones que contiene en sí mismo su propia épica, su propia tragedia y su propia comedia. No necesita tramas paralelas y deja poco espacio a la inventiva de autor. Esta es una de las razones por las que hay mejores cuentos que novelas de fútbol. Como el balompié llega ya narrado, sus misterios inéditos suelen ser breves. El novelista que no se conforma con ser un espejo, prefiere mirar en otras direcciones. En cambio, el cronista (interesado en volver a contar lo ya sucedido) encuentra ahí inagotable estímulo. Y es que el fútbol es, en sí mismo, asunto de palabra. Pocas actividades dependen tanto de lo que ya se sabe como el arte de reiterar las hazañas de la cancha".
* Juan Villoro (Buenos Aires, Planeta, 2006).
Juan Villoro nació en México DF en 1956. Es novelista, cuentista, ensayista y autor de libros para niños. Entre su amplia obra se destacan Los once de la tribu, La casa pierde (Premio Xavier Villarrutia), La noche navegable, Albercas, Efectos personales (Premio Mazatlán), El testigo (Premio Herralde), Safari accidental, De eso se trata, Funerales preventivos, Llamadas de Amsterdam y Dios es redondo (Premio Vázquez Montalbán). Ha sido profesor de literatura de la UNAM, de Yale y de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona; director del suplemento cultural del periódico La Jornada y cronista en los principales medios de lengua española en el mundo. En 2010 recibió el Premio Internacional de Periodismo Rey de España.