Los escenarios no son el ámbito exclusivo en el que florecen los furcios y las equivocaciones que derivan en jocosas situaciones. Los estudios de televisión y de radio, por ejemplo, atesoran divertidos ejemplos de este tipo de accidentes. Mientras trabajé como locutor y periodista televisivo, viví varias de estas situaciones: en una oportunidad debía presentar la nota a un concejal de apellido Juárez, pero articulé mal y toda la audiencia de TVPrensa escuchó claramente: "el concejual Járez...". Pronto fui opacado por un colega que, al anunciar el resultado de un partido local, tropezó con las eñes y dijo: "Amalia y Ñuñorco, uño a uño".

"Esta humilde melladita" (por "esta humilde medallita") es sólo uno de los millones de furcios que recogieron los micrófonos del radioteatro. Pero durante la transmisión (en vivo) de "Santos Vega" hubo una confusión interesante, favorecida por el hacinamiento que se producía alrededor del micrófono cuando eran varios los personajes que intervenían en una escena. En el libreto, uno de los parlamentos del protagonista aparecía seguido por una acotación (suelen escribirse entre paréntesis), que comenzaba con el nombre de su personaje. El actor, enfrascado en la interpretación, ignoró el paréntesis, unió el final de su réplica con el inicio de la indicación, y dijo: "...en las casas ... Santos Vega". Inmediatamente se calló, consciente del error; para zanjar el mal momento, improvisó:"...que soy yo, digo..."

Nunca actué en una obra infantil, pero colaboré entre bambalinas en varias; en una de ellas, en el Teatro del Centro, presencié una equivocación reiterada de una compañera actriz que debía preguntar "¿por qué estás tú aquí todavía?", pero repetía invariablemente " ¿Por qué estatús aquí todavía?". Hubo que trabajar mucho para desactivar este "furcio aprendido".

A veces, los problemas vienen desde afuera del escenario; también en el Teatro del Centro, hacíamos el thriller "Trampa para un hombre solo". En un momento debía sonar un teléfono e interrumpir una tensa conversación el la que el Inspector (Enrique Oscar Cambón) llevaba la voz cantante. Pero a pesar de que el asistente operó el mecanismo, el timbre nunca sonó. Cambón, que sobrellevaba admirablemente su hipoacusia con talento y tenacidad, asumió que era él el que no escuchaba la campanilla y atendió igual. Por las dudas, inventó un "estaba esperando que me llame", como para no sugerir que el inspector que encarnaba era, además, telépata.

Hay incidentes también en los ensayos. Cuando preparábamos "El sí de las niñas", el subsuelo del teatro Orestes Caviglia solía anegarse, y el agua se estancaba; en los meses de calor, los mosquitos encontraban un ámbito ideal y nos martirizaban en el escenario y en los camarines. En uno de los ensayos de la pieza, uno de los actores lanzó un parlamento ininteligible; para zafar del papelón ante los compañeros, ensayó esta disculpa: "perdón, pero me tragué un mosquito".

Y no puedo dejar de recordar este monumental furcio, que nunca falta cuando se relatan tremendos errores en escena. Un actor debía entrar y anunciar: "el Rey está enfermo", y la leyenda pretende que se trataba de su único parlamento; pero el hombre fue presa de los nervios escénicos y anunció con gravedad: "el Rey está muerto". El silencio que se produjo lo llamó a la realidad, y decidió enmendar el error con un invento. Pero no logró otra cosa que elevar su desliz a la categoría de catástrofe al aseverar con tono esperanzado: "pero ya está mucho mejor".