Cuento
Aqui empieza nuestra historia
TOBIAS WOLFF
(Alfaguara - Buenos Aires)

Tobias Wolff, nacido en 1945, se inserta en la mejor tradición de la cuentística estadounidense a fuerza de talento, humanidad y pasión. Esta colección de relatos, en parte ya publicados en colecciones previas, conforma un conjunto que llega a ser mucho más que la simple suma de sus partes, al evidenciar, más allá de los excelentes cuentos que contiene, la capacidad del autor de encontrar la voz precisa para cada historia, sabiendo cuándo un narrador en primera persona hará más eficaz al relato, intuyendo cuándo el diálogo aligerará el espesor de la prosa y qué dirá cada personaje para hacer avanzar la historia o para definir su identidad o el conflicto en el que está inmerso.
La obra de Wolff ha sido ubicada por los críticos en la línea del minimalismo, con su primer "adelantado", Ernest Hemingway. Esta corriente se caracteriza por la economía de palabras y los toques descriptivos sin ornamentación, en superficie, pero para nada superficiales, ya que son las "puntas de iceberg", como decía Hemingway, de significados profundos. Wolff reconoce como su mentor -además de amigo- a Raymond Carver, y se emparienta con él dentro de lo que el crítico británico Bill Buford llamara "realismo sucio", al plantear una temática vinculada con aspectos descarnados de la realidad.
En su libro La vida de ese chico (1989) ficcionaliza la problemática relación que tuvo con su padrastro. Esa novela autobiográfica tiene una interesante contrapartida en The Duke of Deception (1979), de su hermano Geoffrey Wolff, quien vivió con el padre de ambos muchachos a partir del divorcio y tuvo éxito y fortuna. La relación entre ambos está ficcionalizada en El hermano rico, una pequeña obra maestra que integra su último libro y que tiene, muy al estilo Wolff, uno de esos finales abiertos que dejan al lector armando su propia conclusión y necesitando una pausa antes de entrar en la siguiente narración. Saborear, que le dicen.
El lado oscuro
Habiendo tenido que probar los límites oscuros de la experiencia humana durante cuatro años en Vietnam, no es de extrañar que la sensibilidad de Wolff, con su temprano despertar a la violencia, tenga una conciencia clara de la precariedad de la condición humana ante la maldad que la rodea, y que en sus relatos plantee la búsqueda de la salvación en las reservas de bondad que sin duda habitan el alma de algunas personas y en el poder misterioso de la imaginación y de su hija favorita, el arte. Así, en La casa de al lado, el protagonista-narrador exorciza las maldades de su vecino con su propia versión de una película que ha estado mirando por televisión junto a su esposa, y en Cazadores en la nieve un hombre herido de muerte anula el sufrimiento con la falsa convicción de que va en camino al hospital.
La metáfora y el símil no son puramente decorativos. Cuando la joven esposa de "Avería en el desierto" admira el sonido de la palabra "nunca" y la compara mentalmente con "Beethoven amenazando al cielo con un puño", no sólo se plantea la idea de un desafío al destino, sino que se alude al nivel cultural de un personaje que enfrenta una experiencia en un ambiente agreste y primitivo.
Los espacios en que se mueven los personajes de Wolff se definen con pinceladas precisas y breves: "Delante de él, a no más de cien metros, vio la autopista; no la propia calzada, sino una larga caravana de camiones que atravesaban el desierto, flotando en dirección oeste entre una neblina azul de escapes" (pág. 149). En la mejor tradición estadounidense, el camino, las autopistas, abundan. Lo urbano corresponde al pueblo pequeño, lo casi rural, y tenemos también una pequeña cuota de relatos de guerra, exilios de sangre en cuarteles remotos.    
La traducción de Mariano Antolín Rato, españolísima por cierto, se deja leer, en general, salvo por una casi irreconocible y totalmente fuera de foco primera estrofa del poema "Invictus", de William Ernest Henley (pág. 287).          © LA GACETA                                                                              
Eugenia Flores de Molinillo