Si se sacan cuentas, y se miran solamente las estadísticas oficiales sobre pobreza e indigencia en la Provincia (15,6 % y 4,6%, respectivamente), en Tucumán hay muchos "Manuel Cruz"; pasa que no todos tuvieron la suerte de que un medio de comunicación masivo como LA GACETA visibilizara su situación de vulnerabilidad. Podría decirse que, hasta ahora, a Manuel lo ha apadrinado el destino. Habrá que ver cómo él aprovecha este segundo aventón que le dio la vida; el primero fue a los 11 años, cuando un entonces cronista de LA GACETA lo descubrió recogiendo cartones con su mamá, la inquebrantable Ana; el segundo es ahora, a los 20, cuando, otra vez, su reaparición en las páginas del diario ha generado una masiva respuesta solidaria de la sociedad tucumana. Curiosa sociedad esta - universidades incluidas - que responde a los reclamos de los más vulnerables cuando la pobreza llega por debajo de la puerta como hecho consumado, con las noticias del diario de la mañana. Pero no seamos desagradecidos, y a celebrar la buena noticia: a Manuel le han llovido propuestas (del Estado, de las Universidades, del sector privado) para que pueda trabajar y seguir "una carrera". Un privilegio para un joven tucumano: poder elegir empleo, si se atiende a que es la franja de los 18 a los 26 años una de las más castigadas, a la hora de conseguir trabajo. Otro sector en desventaja a la hora de obtener un empleo es el de las mujeres, en el que está incluida la tesonera Ana, que sigue tirando del carro en busca del mejor cartón; los $600 que cobra por cuatro asignaciones universales por hijo apenas le alcanza para zafar de la indigencia. Pero no de la pobreza, porque, cualquiera sabe, para cubrir una canasta básica se necesitan $1.000.
Y si a Manuel el destino parece haberle dado un aventón, hay muchos otros que se han quedado en el camino; uno de ellos es Cristian Villagra, el treintañero del barrio Costanera que se suicidó esta semana después de una frustrada rehabilitación, tras una larga vida consumiendo paco. Como contracara de la historia de Manuel, la de Cristian también ha sido visibilizada a través de los medios; sólo que para él no hay una segunda oportunidad. Por estos días, las madres de jóvenes adictos del barrio Costanera se han puesto sus pañuelos negros como un grito desgarrado de guerra hacia quienes les matan - por comisión o por omisión, a sus hijos. Y en eso, no es la fatalidad, sino el Estado el responsable por esos crímenes, que responden, a no dudarlo, a la vulnerabilidad socioeconómica en la que han nacido y crecido tres generaciones, que no conocen -o apenas si lo hacen - la experiencia del trabajo.
Las propias madres del barrio Costanera aseguran que esa área es "zona liberada"; no entienden, sino, porqué hay tanta impunidad para la venta de paco en ese territorio.
Desde el Estado, la Legislatura ha reclamado la reglamentación de la ley 8.267 de prevención y asistencia de las adicciones, así como la creación de un Consejo Provincial que entienda sobre ese tema.
Pero, aún cuando las estadísticas oficiales muestren una merma en las cifras de pobreza y de indigencia, las estadísticas no logran opacar el estado de vulnerabilidad en que viven, según el Indec, el 15,6 % y el 4,6 % respectivamente de la población tucumana (aproximadamente 270.000 almas en el primer caso y cerca de 90.000 en el segundo).
Si el Estado no interviene operativamente, tratando de que todo el andamiaje social que ha creado en estos años confluya en la generación de empleo formal, todos esos "ciudadanos" seguirán condenados a ser lo que el polaco Bauman ha dado en definir con tanto dramatismo como parias, como vidas desperdiciadas.