Quidam significa (en latín) cualquiera. El hombre que camina en la multitud, el ser humano perdido en un mundo que no comprende, pero que lo maravilla. Y la visión que de él tiene una niña, Zoe, perdida en el mundo de su papá y su mamá, que están ensimismados en su vida de adultos y no se preocupan por las cosas importantes.
Así empieza "Quidam", un show creado en 1996 que el Cirque du Soleil trajo al país y que exhibe en la carpa que levantó en Vicente López, al norte de la Capital Federal. Un argumento elemental con una niña que, como la Alicia del país de las maravillas, va descubriendo que no hay límites para la imaginación, entre acróbatas (que se proponen superar las capacidades del cuerpo) y personajes que plantean desafíos de significado (filas de hombres blancos y sin boca, animalizados, personajes fantasmales colgados y una especie de diablo boxeador, entre otros).
Los acróbatas perfeccionaron las técnicas del artista callejero con que nació en 1982 este circo en Canadá. En la rueda alemana el gimnasta deleita al público con giros al borde de una caída que nunca se produce; en las acrobacias con seda una artista se deja caer desde 20 metros y queda colgando cabeza abajo para volver a trepar; en el espectáculo con manos la equilibrista hace destrezas sobre finas varillas mientras el suelo gira; en los malabares el especialista va subiendo su propia apuesta con cinco pelotas, un paraguas y un sombrero. "Parece un muñeco", dice un pequeño espectador al ver cómo vuela por el aire una gimnasta arrojada por dos grupos de forzudos. Luego, un hombre y una mujer que acaban de nacer muestran, como estatuas de suave y tenso movimiento, las posibilidades del equilibrio.
Este circo es un show total: la música combina sonidos del mundo, orientales, exóticos, ritmos árabes, aires de canzonettas italianas, aires de tango, sonidos de rock sinfónico y fuerza expresiva de tambores alternada con tristes melodías y voces melancólicas... Un mundo surrealista lleno de malabares, bailes aéreos y explosión visual, energía que no se detiene ni ante los aplausos de los 2.600 espectadores que entran en la carpa. El show de casi tres horas incluye un merchandising muy bien preparado (desde llaveros por $ 70 hasta máscaras por $ 300, con un organizado consumo en el intermedio de media hora -panchito y dos gaseosas por $26-).
En el medio están el mimo que oficia de clown y de maestro de ceremonias, y el payaso que se ocupa de los sketches más alucinantes -el del automovilista y el del director de cine- en los que maneja a los espectadores a su antojo y los invita a participar. Imposible no zambullirse hasta llorar de la risa.
Zoe busca al hombre que camina en la multitud para entregarle su sombrero. El hombre no tiene cabeza, no tiene rostro y da que pensar sobre el sentido de la vida. Pero hay otra multitud, la de los espectadores, que no está sola, y que es llevada por los artistas en un vertiginoso paseo por los sentidos.
Así empieza "Quidam", un show creado en 1996 que el Cirque du Soleil trajo al país y que exhibe en la carpa que levantó en Vicente López, al norte de la Capital Federal. Un argumento elemental con una niña que, como la Alicia del país de las maravillas, va descubriendo que no hay límites para la imaginación, entre acróbatas (que se proponen superar las capacidades del cuerpo) y personajes que plantean desafíos de significado (filas de hombres blancos y sin boca, animalizados, personajes fantasmales colgados y una especie de diablo boxeador, entre otros).
Los acróbatas perfeccionaron las técnicas del artista callejero con que nació en 1982 este circo en Canadá. En la rueda alemana el gimnasta deleita al público con giros al borde de una caída que nunca se produce; en las acrobacias con seda una artista se deja caer desde 20 metros y queda colgando cabeza abajo para volver a trepar; en el espectáculo con manos la equilibrista hace destrezas sobre finas varillas mientras el suelo gira; en los malabares el especialista va subiendo su propia apuesta con cinco pelotas, un paraguas y un sombrero. "Parece un muñeco", dice un pequeño espectador al ver cómo vuela por el aire una gimnasta arrojada por dos grupos de forzudos. Luego, un hombre y una mujer que acaban de nacer muestran, como estatuas de suave y tenso movimiento, las posibilidades del equilibrio.
Este circo es un show total: la música combina sonidos del mundo, orientales, exóticos, ritmos árabes, aires de canzonettas italianas, aires de tango, sonidos de rock sinfónico y fuerza expresiva de tambores alternada con tristes melodías y voces melancólicas... Un mundo surrealista lleno de malabares, bailes aéreos y explosión visual, energía que no se detiene ni ante los aplausos de los 2.600 espectadores que entran en la carpa. El show de casi tres horas incluye un merchandising muy bien preparado (desde llaveros por $ 70 hasta máscaras por $ 300, con un organizado consumo en el intermedio de media hora -panchito y dos gaseosas por $26-).
En el medio están el mimo que oficia de clown y de maestro de ceremonias, y el payaso que se ocupa de los sketches más alucinantes -el del automovilista y el del director de cine- en los que maneja a los espectadores a su antojo y los invita a participar. Imposible no zambullirse hasta llorar de la risa.
Zoe busca al hombre que camina en la multitud para entregarle su sombrero. El hombre no tiene cabeza, no tiene rostro y da que pensar sobre el sentido de la vida. Pero hay otra multitud, la de los espectadores, que no está sola, y que es llevada por los artistas en un vertiginoso paseo por los sentidos.