Una escena que recuerdo particularmente por su belleza y significación pertenece al filme de Andrzej Wajda, “Danton”, a la cual, quizás, mi imaginación sumó lo suyo. Cuestión interesante cuando de arte se trata. La película cuenta el enfrentamiento político entre los dirigentes de la Revolución Francesa, Danton y Robespierre. Antiguos amigos, ambos líderes comienzan a luchar luego de la caída de la monarquía.
Danton, interpretado por Gerard Depardieu, es un hombre voluptuoso. Bebe, come, seduce, es un gran orador y no oculta su vanidad. Robespierre, encarnado por un excelente actor polaco, Wojciech Pszoniak, es lo opuesto. Sólo vive para la militancia, es abstemio, come lo esencial, no tiene relaciones, su única meta es la consolidación de sus objetivos politicos.
Robespierre manda a sus partidarios que incendien una imprenta de la fracción de Danton. Éste, que conoce a su amigo, lo invita a una cena privada para tantear el terreno. Sabe que Robespierre no bebe y que no es afecto a las grandes comilonas. Sin embargo hace preparar una mesa con manjares y buen vino.
Robespierre llega a la cita. Con extrema cortesía, Danton le pregunta por su mujer, por su familia, por cuestiones privadas. Robespierre responde también con cortesía. En un momento Danton sirve vino en una copa hasta el borde y se la acerca a Robespierre, pensando que éste -tensionado y convalesciente de una enfermedad- no podrá levantarla sin volcar parte de su contenido.
Robespierre hace un silencio, alza la copa con absoluta firmeza y bebe sin derramar una gota. Deja la copa y, desde lo profundo de sus fríos ojos claros, dice: “Bueno, ahora hablemos de política.”
¿Qué significó, para mí, esta escena? El desafío contado a través de una acción simbólica por la cual Robespierre puede, “jugando en cancha ajena” y con armas que no le son propias, derrotar a su enemigo político. Poco tiempo después, Robespierre le hará cortar la cabeza a Danton.
Para mí es un hermoso ejemplo de una acción metafórica, del paso del signo al símbolo. Esas escenas que quedan en el centro de la frente y que nos acompañan siempre. Suelo colocarla como ejemplo en mis cursos y seminarios. Nos demuestran la naturaleza polisémica del arte y su objetivo prioritario, que es herir al espectador de belleza.
Carlos Alsina, director teatral y dramaturgo.