"Juego entre dos equipos de once jugadores cada uno, cuya finalidad es hacer entrar un balón por una portería conforme a reglas determinadas, de las que la más característica es que no puede ser tocado con las manos ni con los brazos", reza una de las definiciones tradicionales sobre el fútbol. El escritor alemán y premio Nobel de Literatura Günter Grass escribió: "Lentamente ascendió el balón en el cielo./ Entonces se vio que estaban llenas las tribunas./ Habían dejado solo al poeta bajo el arco,/ pero el árbitro pitó: Fuera de juego".
Otros, como Jorge Luis Borges, fueron ácidos y enfureció a los fanáticos cuando dijo: "el fútbol es popular porque la estupidez es popular". El escritor irlandés George Bernard Shaw lo había definido como "un deporte en el que dos equipos de once jugadores juegan con los pies con una pelota para un público que piensa con los pies. Hubo otros que vieron a algunos jugadores con la mirada poética: "Tiene el presentimiento, y va y se lanza/ más rápido que el propio pensamiento,/ driblea dos veces más, la bola danza/ feliz entre sus pies, ¡los pies del viento!/ En éxtasis, la multitud contrita,/ en un acto de muerte se alza y grita/ en unísono canto de esperanza./ Garrincha, el ángel, oye y asiente: ¡goooool!", escribió Vinicius de Moraes en su soneto de homenaje al brillante jugador brasileño.
"Pasión de multitudes" es quizás la definición que mejor le cabe al deporte del balompié que se ha extendido en todo el mundo hace ya mucho tiempo. El viernes dará comienzo en Sudáfrica la décimo novena edición de la Copa Mundial de Fútbol. Durante un mes una buena parte de los habitantes del planeta estará pendiente de lo que suceda en la nación africana, especialmente, aquellos cuyos seleccionados compiten. El fervor futbolero en nuestro país es tal que el Gobierno dispuso que los partidos que jugara el combinado argentino pudiesen verse en las escuelas y colegios para evitar el ausentismo.
Más allá de los resultados deportivos que pueda obtener el equipo nacional -el segundo más caro de todos los que participan-, el Mundial, que se realiza cada cuatro años, tiene la virtud de unir a la gente, por lo menos, durante noventa minutos tras un deseo común. Los amigos suelen juntarse en un bar e incluso los comensales que no lo son pueden llegar a dialogar entre sí. Las familias también comparten el entusiasmo mundialista. Durante 30 días, en las oficinas públicas, en las universidades, en los colegios, en las escuelas, en los geriátricos, en los ómnibus, en los taxis, en los hospitales, en las colas para pagar impuestos, en las carnicerías y verdulerías, en los intervalos de lo ensayos de orquesta y de las mesas de exámenes se hablará seguramente de fútbol.
Es un momento ideal para recuperar valores esenciales olvidados como la amistad, la amabilidad y el diálogo entre semejantes, que se ha ido perdiendo en una sociedad cada vez más individualista y egoísta. Si el equipo nacional arranca con el pie derecho y logra avanzar en la competencia, posiblemente una sensación de bienestar se apoderará de la mayoría de los argentinos. El objetivo deportivo es ganar la copa, pero si ello no sucediera, la vida seguirá su curso natural porque se trata sólo de una justa deportiva donde no está en juego la nacionalidad ni la patria ni la dignidad.
El Mundial de Fútbol moviliza los corazones, agita polémicas, acerca a la gente, incluso a las personas -incluidas las damas- a las que habitualmente no les interesa este deporte. Cada cuatro años, este fenómeno nos demuestra que los argentinos, tras un deseo deportivo que nos toque colectivamente el corazoncito, somos capaces de unirnos. Deberíamos aprender de ello y poner en práctica diariamente esta actitud.