Hacen dos siglos que los criollos de Buenos Aires resolvieron deponer al representante del rey de España en lo que hoy es nuestro país. Lo sustituyeron por una Junta, el primer gobierno propio que conocimos. El movimiento contó con la adhesión de todo el interior, y de ese modo, comenzó a delinearse lo que es actualmente la República Argentina.

Seis años más tarde, en Tucumán, aquel pronunciamiento recibiría su definición jurídica, al declararse la Independencia, tanto de España como de toda dominación extranjera.

Bastan tales datos para marcar la inmensa trascendencia de lo que ocurrió aquella lluviosa mañana de 1810, en la Plaza Mayor de la entonces capital del Virreinato. Sin duda, quienes gestaron y realizaron el movimiento no sospechaban lo arduos que serían los años por venir.

La decisión debió sostenerse con las armas. Meses después se iniciaba la guerra de la independencia, cuyos tremendos esfuerzos recaerían principalmente en nuestra región noroeste. Más tarde se sucedieron las contiendas civiles, el largo tramo de la dictadura y finalmente la organización nacional bajo una Constitución.

No terminaron allí las vicisitudes. La nación organizada seguiría atravesando épocas venturosas y también sombrías, hasta nuestra actualidad. Sin embargo, a pesar de todos los desencuentros y conflictos, existió siempre unanimidad en evocar jubilosamente el 25 de mayo. Se lo honró con fiestas y celebraciones absolutamente todos los años, desde 1811 en adelante, tanto en Buenos Aires como en las provincias, cualquiera fuese la situación del país en ese momento.

Eso marcaba una clara sensación, compartida por todos, sobre la inmortal trascendencia de la fecha y sobre el máximo valor que se otorgaba a sus consecuencias. Así también ocurre ahora. Lo podemos palpar en el clima de entusiasmo que exhibe la ciudadanía, presente y protagonista de todos los actos celebratorios.

Es que la conmemoración bicentenaria atesora una enorme carga de significados. Llama a evocar todos los sacrificios, las marchas y contramarchas que demandó a la República Argentina llegar a su presente. Cierto es que está repleto de problemas, como ocurre en cualquier nación de la tierra. Somos conscientes de que podemos anotar maravillosos logros junto a desoladoras carencias, durante esa extensa y trabajosa gestación del espíritu nacional.

Pero las grandes celebraciones deben servir para algo más que los altisonantes discursos. Una nación madura entiende que esas evocaciones constituyen siempre una convocatoria a la acción. Un impulso enderezado a ser dignos del legado de esfuerzos y sacrificios gigantescos de los constructores de la patria.

Un país es maduro cuando puede unirse con firmeza frente a objetivos comunes. Cuando muestra capacidad de inclusión, de diálogo, de tolerancia con las ideas, y cuando -apoyado en la mezcla de todo eso- es capaz de tomar decisiones sobre sus requerimientos más importantes, y de sostenerlas.

En el mundo moderno, las ideologías han tomado una trascendencia bastante relativa. Existe consenso de que los problemas de una nación van más allá de ellas.

Lo que urge es encontrar formas armoniosas de convivencia, como punto de partida para resolver cuestiones vitales: la pobreza, la educación, la seguridad, el cuidado del medio ambiente, el aprovechamiento integral de los recursos. En suma, el logro de una sociedad mejor y más justa en todo sentido.

Consideramos que enfocar la mirada y la intención, resueltamente, hacia esos elevados propósitos, será honrar debidamente los dos siglos de la patria.