Por María Sáenz Quesada
Para LA GACETA - Buenos aires

En una mirada retrospectiva hacia los Bicentenarios que se conmemoran en Venezuela, Argentina, Colombia, Chile y México, llama la atención la importancia que tuvieron los viajeros científicos en el reconocimiento de las riquezas del continente y su aporte intelectual a la formación de las identidades nacionales. Ellos fueron en parte los responsables del clima de ideas que fructificó más tarde en la Emancipación.
Hacia 1800 el viajero científico que respondía a los ideales del racionalismo iluminista debía aplicarse a describir, analizar y medirlo todo, sin dar lugar a fantasías ni mitos. Pero al mismo tiempo, debido a la precariedad de las comunicaciones en territorios desconocidos para el hombre blanco, debía contar no sólo con recursos económicos y un físico a toda prueba sino con la fortaleza de espíritu indispensable para llevar adelante sus exploraciones.
El científico prusiano Alejandro de Humboldt reunía tales requisitos cuando en compañía del botánico francés Aimé Bonpland desembarcó en Venezuela en 1799, en el tramo inicial del Viaje a las regiones equinocciales que reveló a la Europa Ilustrada y a los propios americanos la naturaleza del continente. En su itinerario conoció y trató distintos tipos humanos: altos funcionarios españoles muy interesados en sus trabajos; frailes que le permitieron pernoctar en las misiones indígenas; criollos ricos que le contaron cuáles eran sus diferencias con la autoridad peninsular; indígenas que le explicaron la diferencia entre el sabor de la carne humana y el de la carne de unos monos muy apetecibles de la región porque había probado de ambas; guías mestizos que le enseñaron a sobrevivir en una naturaleza bella pero plagada de peligros.
Este espectáculo de la Naturaleza viva, en la que el hombre no es nada, tiene algo de paradójico y de opresivo. Aquí, en un territorio feraz, adornado de un verdor perenne, busca uno en vano la huella de la acción del hombre: se cree uno relegado a un mundo distinto de aquel en que nació, anotó Humboldt en el Diario que escribía a ratos, como podía, para registrar lo visto y aprendido en cada jornada.  
Después de sus viajes que concluyeron en 1804, Humboldt gozó de larga y pacífica vida en Europa. Su prestigio entre los patriotas americanos era inmenso. "El barón de Humboldt estará siempre con los días de América presente en el corazón de los grandes apreciadores de un grande hombre que con sus ojos la ha arrancado de la ignorancia y con su pluma la ha pintado tan bella como su propia naturaleza", le escribió Bolívar en 1821 cuando el venezolano presidía la República de Colombia.

Detectando una identidad
Otros naturalistas americanos que por esa misma época se aplicaron al redescubrimiento científico del continente fueron menos afortunados que el sabio alemán. Ese fue el caso del colombiano Francisco José de Caldas quien se especializó por su cuenta en astronomía y en botánica. Caldas conoció a Humboldt y a Bonpland cuando ambos llegaron al entonces territorio de Nueva Granada y aprendió con ellos el arte de herborizar. Después, catalogó miles de especies de la flora regional, hizo experimentos científicos con métodos propios y definió recorridos en montañas y en selvas.
Ya en el cargo de director del Observatorio Astronómico de Bogotá, editó una importante revista científica (1808) con el objetivo de investigar la existencia de nuevas plantas útiles para la industria, la alimentación y la medicina, fijar el curso de los ríos navegables, analizar los minerales y determinar las ventajas o desventajas de cada región para el comercio. Su intención era conocer mejor el territorio y sus recursos, despertar en la gente el interés por los ensayos científicos prácticos para el desarrollo del reino (y de paso evitar que Humboldt tuviera prioridad sobre los investigadores criollos). Esta labor fue interrumpida por la Revolución: Caldas se identificó con la causa de los patriotas, luchó y fue derrotado. Este precursor de la independencia murió en el patíbulo durante la Reconquista española (1816).
Quien más contribuyó al conocimiento de la naturaleza del actual territorio argentino, por esos mismos años, fue el marino aragonés Félix de Azara. Como Jefe de la comisión que demarcó los límites con Portugal entre 1781 y 1801, Azara reconoció la pampa bonaerense, el litoral, el Paraguay y el Uruguay, fundó pueblos, investigó la flora y la fauna y recomendó métodos racionales para la cría del ganado. No estaba en tierra americana por su gusto, pero supo acomodarse a las circunstancias y sacar el mejor provecho de ellas:
Encontrándome en un país inmenso, ignorando casi siempre lo que pasaba en Europa, desprovisto de libros y de conversaciones agradables e instructivas, no podía apenas ocuparme mas que de los objetos que me presentaba la Naturaleza. Me encontré pues casi forzado a observarla y veía a cada paso seres que fijaban mi atención porque me parecían nuevos, escribe con cierta melancolía.
Sus trabajos publicados tardíamente en Europa, resultaron materiales de primera mano para las clases ilustradas del Río de la Plata. Su amigo, Pedro Cerviño fue director de la Escuela de Náutica, fundada por Belgrano. Hipólito Vieytes, insertó textos de Azara en el Semanario de Agricultura; Mitre lo calificó como "el Humboldt moderno de esta parte de América". Por su parte uno de sus colaboradores en la fundación de pueblos en la Banda Oriental, José Gervasio de Artigas, ya como jefe de los Orientales intentaría llevar a la práctica las enseñanzas de su maestro español, en el Reglamento provisorio de tierras de 1815.
Recordar a estos viajeros científicos y su contribución al surgimiento de la conciencia de la identidad americana, me parece una buena manera de empezar a recorrer el camino hacia nuestros Bicentenarios.
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María Sáenz Quesada - Historiadora, ex secretaria de Cultura de la  ciudad de Buenos Aires, directora de la revista "Todo es historia".  Su último libro es "Las cuentas pendientes del Bicentenario".